Hace meses compré un marco para tapar la caja eléctrica de la entrada de mi casa. Tiene espacio para tres fotografías, pero todavía está vacío. No porque no tenga fotos, sino porque tengo demasiadas. Guardo miles de imágenes en el móvil. Miles. Tantas que sé que jamás volveré a verlas todas y, por eso, soy incapaz de elegir tres para colocar en el maldito marco.PublicidadFormo parte de una generación situada justo en la frontera. Tenemos fotos analógicas de nuestra infancia y adolescencia, reliquias de cuando disparar un carrete requería paciencia y dinero, pero podríamos encontrar una imagen de casi cualquier día de nuestra vida adulta. A nuestro alrededor, el cambio se ha vuelto radical: de mi primo, que todavía no ha cumplido dos años, tenemos fotos de cada día de su vida, de cada puré, de cada siesta, de cada paso titubeante. Él sí que lo va a tener complicado cuando tenga que decidir qué fotos quiere colgar en la caja eléctrica de su casa.Recuerdo que, de niña, uno de mis planes favoritos era abrir con amama la caja de zapatos donde guardaba las fotos familiares. Las mirábamos despacio. Yo preguntaba quién era quién. Ella miraba las fotos y me contaba historias. A veces descubríamos que algunos nombres ya se habían olvidado, pero todas aquellas fotos escondían algo que había que recordar. Algunas servían para desenterrar una anécdota que llevaba años dormida bajo el polvo del día a día, pero, la mayoría de las veces, funcionaban como el disparador analógico para recordar las historias de siempre, esas que configuran la mitología de una familia.Lo curioso es que muchas de aquellas fotografías no tenían nada de extraordinario. Había retratos desenfocados por el pulso tembloroso de un tío, comidas familiares con platos a medio terminar, excursiones a lugares borrosos que hoy nadie sabría situar en un mapa. Sin embargo, todas parecían justificar su existencia por el simple hecho de estar allí. Cada una conservaba una historia, una pequeña victoria contra el olvido. Nunca tuve la sensación de estar mirando una acumulación caótica de imágenes sin sentido. Estaba mirando una vida narrada, estructurada a través de fragmentos escogidos.No. Aquella caja de zapatos no contenía toda una vida, sino una versión minuciosamente editada. Había huecos deliberados, años enteros apenas documentados, crisis que se decidieron no fotografiar y personas efímeras que aparecían una sola vez y desaparecían para siempre. Pero, precisamente por esa imperfección y por esos silencios, la caja contaba una historia coherente. Cada foto había sobrevivido a una estricta selección natural. En aquel entonces, fotografiar implicaba elegir de antemano qué merecía ser recordado. Tenía un coste, un peso y una dimensión material que hoy hemos perdido por completo. Las fotos de mi amama ocupaban espacio físico. Había que revelarlas, pagar por ellas, guardarlas en álbumes o cajas. Acumulaban esquinas dobladas, manchas de café, dedicatorias escritas a bolígrafo por detrás que revelaban fechas y estados de ánimo. Existían en el mundo físico y, de alguna manera, esa resistencia material obligaba a decidir qué fragmentos de la realidad merecía la pena conservar y cuáles debían ser arrojados a la basura.PublicidadAhora hacemos tantas fotos que hemos dejado de elegir. Ya no guardamos unas pocas imágenes de los momentos importantes; almacenamos imágenes de casi todos los momentos. La diferencia no es menor: la caja de zapatos de mi amama era un relato y las miles de fotografías que guardo en el móvil se parecen más a un archivo. La memoria humana funciona seleccionando. Si intentamos conservarlo todo, ¿terminaremos por no saber distinguir qué fue verdaderamente importante? Si todos los días son fotografiados como si fueran extraordinarios, lo extraordinario pierde su capacidad para distinguirse. No sé si la memoria es frágil, pero sé que necesita límites.A veces pienso que ni siquiera hacemos fotografías para recordar momentos. Las hacemos porque podemos y porque el gesto se ha vuelto gratuito. Fotografiamos la comida, el paisaje, una factura, un cartel, el lugar donde hemos aparcado el coche. Muchas de esas imágenes cumplen una función durante unos minutos y después quedan enterradas para siempre entre miles de archivos más.Conservamos más imágenes que nunca, pero muchas quedarán atrapadas en móviles rotos, nubes que dejaremos de pagar o formatos que nadie abrirá dentro de unas décadas. Nosotras abríamos una caja con cien fotos, pero las próximas generaciones heredarán discos duros con cien miles de archivos. ¿Quién va a revisar todo eso? ¿Qué se conservará? Guardar es simplemente almacenar, pero conservar implica volver sobre ello, revisarlo, transmitirlo.PublicidadQuizá la gran paradoja es que nunca había sido tan fácil guardar recuerdos y nunca había resultado tan difícil elegir cuáles importan. Quizá el problema no es que tenga demasiadas fotos sino que nunca he tenido que decidir cuáles me importan. Durante años he ido acumulando imágenes con la tranquilidad de quien cree que ya elegirá más adelante. El marco de la entrada lleva meses recordándome que ese momento ha llegado y, por eso, sigue vacío.