Si A hubiese sospechado que iba a encontrarse con B a la altura de la caseta 298, es muy probable que hubiera renunciado a la Feria. Lo mismo cabe pensar de B, aunque en este caso por temor no solo a encontrarse con A, sino también con C, con quien A mantenía una relación de naturaleza estable, mucho más estable de la que mantenía con B antes de que A decidiese, contra todo pronóstico, acostarse con C, lo que alteró de manera irreversible el equilibrio sentimental A-B. Pero el temor iba mucho más allá en B, no en vano intuía, por comentarios de amigos comunes, que un pequeño D podría estar en camino, paso lógico después de la adopción de E, diminuto cánido de carácter bullicioso.PublicidadLa inquietud, por tanto, era mayor en B que en A. Quizá por ello fue A quien tomó la iniciativa y saludó a B con gesto incierto, provocando en este un breve sobresalto que le llevó a responder un ¡A! que aspiraba al entusiasmo, pero que sonó rígido y desconfiado. A preguntó qué tal, B respondió muy bien (mentira), hablaron de esto y de aquello y juntos recorrieron el trayecto que va de la 298 a la 336, donde una muchedumbre les interrumpió el paso frente a la caseta en la que firmaba el poeta F, de sensibilidad progresista, cuyos versos le parecían a B un remedo de cacofonías y pseudoingenios al servicio de un sentimentalismo vacuo, deliberadamente desatado.B compartió con A sus opiniones sobre F, que eran muchas y todas negativas. A, que ya conocía la animadversión de B para con los poetas cacofónicos, le pidió un poco de contención. No hay necesidad de ensañarse así, dijo A, a lo que B replicó que el único que se ensañaba aquí era F con la poesía. A objetó que no sabía que la poesía necesitara de su protección. B repuso que ignoraba que los poetas cacofónicos requirieran la suya. El intercambio colmó la paciencia de A, y B, con miras a destensar, valoró sacar a colación asuntos de la más estricta actualidad, tales como la inminente visita papal o el caprichoso reclutamiento carnal de Bad Bunny en su casita del cañaveral. Es más, llevado por la fantasía, B imaginó un improbable cameo pontificio junto al puertorriqueño, con un León XIV desatado, meneando el bullarengue entre cuerpos mayestáticos, entregado a la lascivia, exudando siglos de represión y padrenuestros.Nadie necesita tus juicios sumarísimos sobre absolutamente todo, B, dijo por fin A, retomando el origen de la disputa. Déjalo estar, A, dijo B. Intenta relajarte y disfrutar de la Feria, ¿no es eso lo que te enseña C, a relajarte?, deslizó B en clara alusión no sólo a la actividad profesional de C –maestro yogui–, sino también al ya referido encuentro carnal A-C que supuso el desmoronamiento definitivo de la frágil entente A-B. El cisma estaba servido. La mirada de A se cargó de ira. B intuyó la posibilidad de una galleta prospectiva. Fue entonces cuando se escuchó un ¡A! –este sí confiado y resuelto– al otro lado del paseo, a la altura de la caseta 146, donde los libros infantiles e ilustrados.Era C.Su voz sonó providencial, al menos para A. No así para B, que le sonó a incienso, jabón artesanal y nabos de huerta ecológica. A se despidió de B y le abrazó como quien abraza a un enfermo. B observó a C a lo lejos, sus bombachos caqui y su mano derecha extendida sujetando a E, que, ajeno por completo al dolor de B, a los versos desatados de F y a la feliz concurrencia A-C, le husmeaba el ano a un Husky siberiano.Publicidaddramatis personaeA ellaB élC maestro yoguiD bebéE pequeño cánidoF poeta socialdemócrata
Desencuentro en la Feria
Si A hubiese sospechado que iba a encontrarse con B a la altura de la caseta 298, es muy probable que hubiera renunciado a la Feria.













