Los griegos tenían una palabra para describir la desmesura de quien cree que los límites ya no se aplican a su persona: hybris. Es el defecto que condenó a muchos héroes y reyes de las tragedias clásicas, como Edipo, Agamenón y Creonte. Ya lo hemos utilizado hace unos años para Cristina Fernández de Kirchner cuando presidía el país, por lo mismo que le toca ahora a Milei: un juez ascendido a camarista en su distrito que luego el Poder Ejecutivo no firma su designación, aunque haya sido aprobado su pliego por el Senado. En el caso de Cristina Kirchner, se trató del juez Juan Manuel Yalj y en el de Milei la aprobación ayer en el Senado del pliego de María Verónica Michelli volvió a poner sobre la mesa una situación análoga: qué ocurre cuando el poder político comienza a comportarse como si las restricciones institucionales fueran un obstáculo y no una condición de la democracia. La derrota parlamentaria de Milei expuso las fracturas internas del oficialismo, la creciente autonomía de sus aliados ante el deterioro de su programa y la resistencia de instituciones que se niegan a alinearse automáticamente con la Casa Rosada.

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