Carlos Alberto Solari, el Indio, murió portando una contradicción que nunca quiso resolver: el artista que durante décadas predicó la distancia con el poder terminó siendo uno de los emblemas culturales más disputados —y más explícitamente asumidos— del kirchnerismo. Esa tensión, entre la autonomía que reivindicaba para su obra y los abrazos que fue dando con los años a la coalición peronista que todavía comanda Cristina Fernández de Kirchner, define su perfil político con más nitidez que cualquier declaración suya sobre el arte o la muerte.
Solari siempre se resistió a la etiqueta del artista militante. Lo repitió en decenas de entrevistas, con variantes pero con una idea fija: cuando un músico milita, su obra se convierte en panfleto, y eso no le hace bien a nadie. Era una postura que convivía, sin embargo, con una simpatía cada vez menos disimulada hacia el peronismo kirchnerista.
Durante los años dorados del gobierno de Cristina, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado acompañaron ese ciclo político con una presencia discreta pero elocuente. En un recital previo al solo de guitarra del emblemático "Jijiji", Solari llegó a exclamar desde el escenario el nombre del programa de propaganda oficial "6,7,8", un gesto que sus fans kirchneristas leyeron como una señal inequívoca y que sus críticos señalaron como el momento en que el mito se había sacado la careta de la apolítica. Era la primera vez en su carrera que hacía público, desde un escenario, su respaldo a un gobierno.











