Durante años, Estados Unidos ha actuado como un matón de discoteca. Si China no puede acceder a los chips más avanzados, si Huawei queda fuera del mercado occidental, si ASML deja de vender sus máquinas de litografía a China y Nvidia cierra el grifo de sus GPU para inteligencia artificial, entonces Pekín acabará inevitablemente arrodillado ante Silicon Valley. Esa ha sido la teoría de Biden continuada por Trump. En realidad, el sueño de unos Estados Unidos que creen que aún continúan en el vértice del supremacismo.PublicidadPero la realidad está resultando bastante incómoda para Estados Unidos.Cinco años después del endurecimiento de bloqueos, vetos y listas negras, China sigue compitiendo y el monopolio tecnológico occidental no ha conseguido sus objetivos. Y lo más irónico de todo es que parte del espectacular impulso innovador chino que estamos contemplando ha nacido precisamente gracias a la presión estadounidense.Huawei incluso ha tenido el detalle de dar las gracias públicamente.Sí, literalmente.En el Simposio Internacional IEEE celebrado en Shanghái, Xu Zhijun, presidente rotatorio de Huawei, ha aparecido en escena para agradecer a Estados Unidos sus sanciones. Según ha explicado, si Washington no hubiera intentado asfixiar tecnológicamente a China, probablemente la industria china no habría acelerado tanto su independencia. No es exactamente el resultado que imaginaban en Washington.La estrategia norteamericana lleva años basada en impedir que China acceda a los chips más avanzados para frenar su desarrollo en inteligencia artificial, telecomunicaciones y computación avanzada. El problema es que esa estrategia asumía que la innovación sólo ocurre cuando norteamérica te vende la tecnología adecuada.Y resulta que no.Cuando Estados Unidos ha prohibido a Nvidia exportar sus mejores GPU a China, el objetivo era dejar a las empresas chinas fuera de la carrera de la IA. Cuando ha presionado a Países Bajos para impedir que ASML venda sus máquinas ultravioleta extrema a compañías chinas, la intención era bloquear la fabricación de chips avanzados. Cuando Huawei ha sido expulsada de Android, de los mercados occidentales y de múltiples cadenas de suministro, la idea era condenarla a la irrelevancia.PublicidadLo curioso es que Huawei sigue ahí. Y proponiendo rutas tecnológicas alternativas que empiezan a preocupar seriamente a Occidente.La más llamativa es la llamada “Ley de Escalado Tau”, una especie de herejía tecnológica frente al dogma tradicional de la Ley de Moore. Su propuesta consiste en reducir la latencia y el tiempo de desplazamiento de las señales dentro de los chips, optimizando el “cableado” interno (acercando la densidad de los mismos a los de 3 nm y 1,4 nm). Es una solución compleja, pero sobre todo es una demostración de que las sanciones, lejos de detener la innovación china, la han redoblado.El ascenso de DeepSeek se ha convertido en otro de esos incómodos recordatorios de que la carrera global por la inteligencia artificial ya no gira exclusivamente alrededor de Silicon Valley. Mientras Estados Unidos endurece las restricciones y trata de blindar su ventaja tecnológica, la empresa china ha logrado desarrollar modelos de IA más avanzados compitiendo en rendimiento con los gigantes occidentales, pero con costes significativamente más bajos y una apuesta clara por el código abierto.La historia reciente nos está ofreciendo multitud de ejemplos incómodos para Washington. ¿Bloqueo a China en la estación espacial internacional? China ha construido su propia estación espacial. ¿Restricciones en el sistema de navegación GPS? Ha creado BeiDou como alternativa más eficiente. ¿Veto tecnológico sobre Huawei? La compañía ha desarrollado su propio sistema HarmonyOS y ha comenzado la producción en serie de sus propios chips Kirin.PublicidadY ésta es la gran paradoja de toda esta guerra tecnológica.Estados Unidos ha pretendido mantener a China dependiente de la tecnología occidental, pero las restricciones lo que han terminado incentivando es exactamente lo contrario. Pekín ya no necesita ni quiere integrarse en el ecosistema estadounidense. Defiende un sistema en código abierto donde todos los países del Sur Global no se vean obligados a escoger entre un tecnosistema u otro. Depender tecnológicamente de Estados Unidos equivale a vivir permanentemente bajo su amenaza geopolítica.Las propias empresas estadounidenses lo han notado. Jensen Huang, CEO de Nvidia, llevaba tiempo advirtiendo de que expulsar a las compañías norteamericanas del mercado chino podía convertirse en un suicidio estratégico. China no iba a desaparecer del mapa tecnológico y simplemente construiría alternativas propias. Y cuando Trump ha autorizado la venta de los chips H2OO de Nvidia a China (la versión mejorada de los H2O), ya nadie en este país los necesita ni los compra.Esta historia va de un relato supremacista en decadencia frente a un país jóven en pleno ascenso. El relato del “supremacismo tecnológico” norteamericano con el que durante décadas las grandes corporaciones estadounidenses han actuado como si liderar la innovación fuese un derecho natural e irreversible y como si el resto del planeta estuviera condenado a seguirlas eternamente desde varios metros atrás. Y frente a este supremacismo, el relato del trabajo de un país entero y unido, socialista, con investigación e inversión, reorganizando su industria bajo la lógica de una autosuficiencia estratégica y alcanzando nuevos hitos en semiconductores, en IA, en telecomunicaciones, en satélites, en software y en computación avanzada en un tiempo récord desconocido hasta ahora.La evolución del comercio chino de semiconductores (los chips) refleja perfectamente el cambio estratégico del país. Durante años, China ha dependido masivamente de la importación de chips, llegando a gastar más dinero en semiconductores extranjeros que en petróleo. En 2020, el país importaba semiconductores por cerca de 378.000 millones de dólares anuales (frente a los 176.000 millones de dólares en petróleo) y a Biden se le encendió la luz, si dejamos de venderselos bloqueamos su economía. Para 2025, las exportaciones chinas de semiconductores ya rondaban los 47.620 millones de dólares, convirtiendo al país en uno de los mayores exportadores mundiales del sector.En la visita de Donald Trump de estos días a China, Xi Jinping ha mencionado la llamada “trampa de Tucídides”, la teoría según la cual una potencia dominante entra en conflicto con otra emergente cuando siente amenazado su liderazgo. El mensaje de Xi era claro, Estados Unidos y China deben evitar repetir el patrón histórico que ha llevado a guerras entre potencias rivales. La respuesta de Trump, sin embargo, ha sido mucho menos filosófica y mucho más impactante, contestó que el verdadero problema había sido la mala gestión de Joe Biden y las élites estadounidenses que habían permitido el declive (sic).