Cuando nos visita alguien importante, muy importante, o renombrado, se produce un éxtasis parecido al de los habitantes de aquel pueblo de la genial película de Berlanga, Bienvenido, Mister Marshall. También, se suspende todo juicio y análisis para dar prioridad a la visita en sí misma, dejando de lado lo que esta puede significar. Eso parece estar ocurriendo estos días en Madrid, Barcelona, Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife con el viaje papal. Salvo los creyentes en la religión católica, practicantes o no, y participantes de todo lo que se mueve por papanatismo, nunca mejor dicho, el resto de la población, que es mucha, asiste cauterizada a un espectáculo de masas con mucho sacrificio. Hasta las televisiones públicas de todo signo y condición, se ponen de acuerdo para unificar retransmisiones y señales. Qué ocasión. Pero hay muchas incomodidades. Por ejemplo, en Madrid se va a poner, se está poniendo patas arriba casi toda la movilidad urbana en eso que se llama la 'almendra central' de la ciudad. Nadie rechista. Los temerosos del caos se parapetan o huyen. Durante siete días. Los participantes asumen con resignación, cristiana, claro, las incomodidades. El resto calla. Sin discutir la transcendencia de la visita para aquel que pueda observarla, no deja de sorprender la pasividad acrítica que nos aflige. Se suspenden casi todas las polémicas en pos de no se sabe muy bien qué bienes prometidos. Será la capacidad salvífica milenaria de la iglesia católica. Será. Será el aturdimiento de las individualidades repercutidas en masa.Los siete días papales son la primera entrega de un mes de junio que se nos promete crucial, casi apocalíptico. Prácticamente al pie de las escalerillas del avión que retorne al Papa a donde vuelva, se dará paso a los mundiales de fútbol, al otro lado de nuestro Atlántico, pero da igual: todo está perfectamente sincronizado para que millones de personas se pasen casi cuarenta días pegadas a lo que sea en forma de pantalla.Dicen que el retorno, económico y de imagen, para los lugares sede de todas estas cosas, es tremendo. Me gustaría saber cómo se mide eso porque siempre el balance es bueno, quizás porque casi nunca se hace bien la suma de lo que cuestan las fiestas y de quién o quiénes acaban pagándolas.Sin resignación de ningún tipo, con la paciencia habitual, sea bienvenido el Papa: igual es útil para la pacificación de nuestras conciencias y para elevarnos cinco minutos más allá de todo esto.
El Papa estuvo aquí
En Madrid se va a poner, se está poniendo patas arriba casi toda la movilidad urbana en eso que se llama la 'almendra central' de la ciudad. Nadie rechista.













