La transición energética necesita minerales. Muchos minerales. La electrificación del transporte, el despliegue de las energías renovables y el uso de baterías recargables han situado al litio en el centro de una carrera global por asegurar el suministro de materias primas críticas. Lo que durante décadas fue un recurso relativamente marginal se ha transformado en un elemento de gran importancia en la nueva economía baja en carbono. Pero su ascenso también ha puesto el foco en una realidad incómoda: el coste ambiental y social de la transición verde.El litio se ha convertido en el reflejo de una compleja paradoja. Se necesitan ingentes cantidades de agua para extraerlo —según algunas estimaciones, hacen falta hasta dos millones de litros de agua para producir una tonelada de litio —y, sin embargo, gran parte del suministro mundial procede del llamado Triángulo del Litio (Argentina, Bolivia y Chile), donde el mineral se extrae de salmueras subterráneas en algunas de las regiones más áridas del planeta. En lugares como el desierto de Atacama, por ejemplo, la extracción mediante evaporación ha suscitado preocupación por su posible impacto sobre acuíferos y humedales altoandinos, ecosistemas esenciales para la biodiversidad local y hábitat de especies como los flamencos, además de fuente de sustento para comunidades que dependen de unos recursos hídricos especialmente escasosEuropa tampoco escapa a estas tensiones. En España, el proyecto de litio de San José de Valdeflórez, en Cáceres —uno de los principales proyectos europeos de este mineral— ha generado una fuerte oposición social por su proximidad a la ciudad y el posible impacto sobre el entorno, aunque la iniciativa ha evolucionado hacia una explotación subterránea y prevé incorporar tecnologías para reducir emisiones. En Portugal, el proyecto de Covas do Barroso, situado en la región de Barroso, reconocida por la FAO por su sistema agroganadero tradicional, ha provocado movilizaciones vecinales y de ambientalistas, pese a que el Gobierno portugués lo considera estratégico para la economía nacional.De momento, la paradoja es ineludible. “En la actualidad estamos inmersos en un cambio paradigmático de tecnologías ya que se tiene que sustituir la tecnología basada en quemar combustibles fósiles (hidrocarburos y carbón)”, dice Ester Boixereu, geóloga e investigadora del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC). La cuestión, añade, es que esa transformación necesita materiales. El vehículo eléctrico requiere baterías ligeras y recargables y, hasta ahora, las tecnologías basadas en ion litio son las que han demostrado una mayor viabilidad industrial y comercial. “Para conseguir el litio suficiente para fabricar esta nueva flota de vehículos hay que extraerlo del subsuelo”, resume. En todo caso, destaca el avance que, al menos en Europa, la minería ha hecho en los últimos años en relación con la sostenibilidad ambiental. “Pero sobre todo hay que tener en cuenta que, a largo plazo, los beneficios globales de la sustitución de los hidrocarburos por las tecnologías renovables son incuestionables”, sostiene Boixereu.Geopolítica e innovaciónLa dependencia de estos minerales ha trasladado la discusión del ámbito climático al geopolítico. China domina buena parte de la cadena de valor global de las baterías, desde el refinado y procesado de materiales hasta la fabricación final. Europa, que aspira a convertirse en el primer continente climáticamente neutro, busca reducir esa dependencia mediante iniciativas como el Reglamento Europeo de Materias Primas Fundamentales (Critical Raw Materials Act), que impulsa proyectos considerados estratégicos para garantizar el suministro. Pero la autonomía estratégica plantea la pregunta de si Europa está dispuesta a asumir en su territorio los costes asociados a la extracción de los minerales que necesita.“Resulta contradictorio hablar de autonomía estratégica y no querer obtener minerales en nuestros países”, señala Pedro Fresco, director general de la Asociación Valenciana de Empresas del Sector de la Energía (Avaesen). A su juicio, el problema no es la minería en sí, sino cómo se hace. “Tenemos regulaciones ambientales estrictas que garantizarían que se hace con los menores impactos posibles”, tranquiliza el experto, a la vez que recuerda que el rechazo social no afecta únicamente al litio. También alcanza a renovables, líneas eléctricas, infraestructuras hidráulicas o plantas de residuos. “Queremos disfrutar de sus ventajas, pero no tenerlas cerca”, subraya Fresco. Aunque el conflicto no pueda eliminarse por completo, sí puede mitigarse gestionando la producción de litio con “transparencia, participación y beneficios compartidos” para los territorios donde se realice la extracción.Pero el litio presenta otro desafío. Aunque su reciclaje es técnicamente viable, “hoy por hoy no suele realizarse en España, sino que se exportan los residuos que contienen litio”, apunta Fresco. “Además, pasarán décadas hasta que exista un volumen suficiente de residuos y una infraestructura de reciclaje capaz de cubrir una parte significativa de la demanda, por lo que, por ahora, no podemos obviar la cuestión de la minería”, añade. Sin embargo, destaca que aparecen alternativas en el horizonte como las baterías de sodio. “Estas permiten prescindir completamente del litio y de otros metales críticos como el cobalto o el níquel”, explica Óscar Miguel Crespo, director adjunto de CIDETEC Energy Storage, un centro especializado en tecnologías de almacenamiento energético y baterías avanzadas con sede en San Sebastián y que trabaja precisamente en esta línea. El sodio presenta una ventaja evidente, destaca Crespo: es abundante y no está considerado una materia prima crítica. Sin embargo, la tecnología todavía presenta limitaciones y su desarrollo sigue siendo incipiente. “En el momento actual algunos grandes fabricantes ya están anunciando una inminente comercialización de esta tecnología, si bien, en términos generales, todavía se encuentra en desarrollo”, reconoce. Además, su menor densidad energética dificulta que pueda reemplazar al litio de forma generalizada, aunque sí podría ganar espacio en sistemas de almacenamiento estacionario o pequeños vehículos urbanos. “Contribuirá a disminuir la dependencia del litio, pero sin desplazarlo de manera generalizada”, concluye.Pasaportes para las pilasEuropa quiere saber de dónde procede el litio que alimenta sus baterías y cuál ha sido el impacto ambiental de su extracción y fabricación. Para ello, la UE pondrá en marcha a partir de 2027 el Pasaporte Digital de Baterías —aunque solo para algunas categorías—, una herramienta que incorporará información, mediante un código QR, sobre el origen de los materiales, el porcentaje reciclado y la huella ambiental asociada a cada batería.El objetivo es introducir trazabilidad en una cadena de suministro marcada por fuertes dependencias geográficas y estándares ambientales desiguales. Para Ester Boixereu, investigadora del IGME-CSIC, la medida puede reforzar la competitividad europea. “No se puede sostener que productos fabricados bajo legislaciones ambientales o laborales mucho más permisivas compitan en precio con los europeos”, reclama. Sin embargo, algunos expertos piden cautela. “Puede convertirse en una ventaja competitiva o en mera burocracia”, advierte Pedro Fresco, director general de Avaesen. Su impacto, sostiene, dependerá de su correcta aplicación.