Un calambre muscular suele aparecer siempre por sorpresa. Y lo hace de manera molesta, con una contracción involuntaria sin previo aviso, ya sea en mitad de la noche o durante el día mientras realizamos cualquier acción cotidiana. Son muy comunes y ocurren cuando los músculos se contraen de forma involuntaria y no pueden relajarse.

Cuando ‘atacan’ pueden paralizarnos por completo, desde interrumpir nuestro sueño hasta obligarnos a parar si estamos realizando algún tipo de actividad. Se calcula que los calambres afectan aproximadamente a un 37% de la población, con una especial predilección por las extremidades inferiores, sobre todo gemelos, pies y muslos, por este orden.

Pero, ¿cómo sabemos que es en realidad un calambre? Como explica Daniel Utrilla, fisioterapeuta, “lo podemos diferenciar por sintomatología, es decir, provoca un dolor intenso que puede llegar a impedir realizar cualquier tarea pero que dura solo de unos segundos hasta unos minutos y suelen estar asociados a distintos momentos del día”.

A diferencia de los calambres, ni las contracturas ni las agujetas nos impiden poder realizar tareas o actividades, aunque duelen y pueden durar horas. Por tanto, un calambre se caracteriza porque queda limitado a un músculo, su inicio es súbito, es breve y provoca dolor intenso.