El próximo 8 de junio, las Cortes Generales vivirán una jornada inédita e histórica: la intervención del papa León XIV ante la sede de la soberanía popular y altas autoridades del Estado.
Es Caperucita rindiendo honores al lobo. El Parlamento, reverenciando a una figura que rechaza abiertamente leyes democráticas consolidadas en el propio Parlamento, como las del matrimonio igualitario, la eutanasia o el aborto, a las que califica como “pecados”, “aberraciones” o “crímenes abominables”.
Es el mundo al revés. El autócrata jefe de un Estado teocrático que no respeta derechos humanos, incluidos los de naturaleza política (y muy especialmente los de las mujeres, que son excluidas), da un repaso moral a los representantes de un Estado de derecho cuyos principales déficits democráticos se deben, precisamente, a la subordinación de parte de su soberanía a los intereses del Vaticano.
El viaje papal supondrá para el erario un coste estimado en unos 10 millones de euros (5 de gastos directos y 5 de detrimento de ingresos por la declaración de Excepcional Interés Público)
Resulta una paradoja sombría. Un hombre que basa su poder en creencias irracionales y anticientíficas, y que lidera una de las organizaciones con una historia criminal más tenebrosa, responsable o encubridora de tantos abusos mentales y físicos sobre la infancia, nos imparte lecciones sobre ética científica, paz y bondad.













