La subida del precio de los vuelos provocada por la situación política en Oriente Medio y la inestable coyuntura internacional han reabierto un viejo debate entre los viajeros y viajeras españoles: ¿es realmente necesario cruzar medio planeta para vivir un viaje memorable?En una coyuntura en la que el turismo de cercanía vuelve a ganar protagonismo, muchos amantes de los viajes están redescubriendo un país que, pese a su tamaño, concentra una diversidad paisajística difícil de encontrar en otros lugares de Europa. A las puertas del verano de 2026, España, según datos de Turespaña (Ministerio de Industria y Turismo) es uno de los países mejor valorados por el turismo extranjero (9,3 de media) y ha llegado el momento de reivindicar nuestra riqueza y lanzarnos a conocerla. España es capaz de evocar, en cada una de sus provincias, escenarios que recuerdan a Turquía, California, Islandia o la Provenza. Lugares que sorprenden por su belleza y singularidad, pero que resultan desconocidos incluso para quienes viven a pocos kilómetros. Datos del INE apuntan a que el 87% de los españoles y españolas que eligieron viajar en 2025 lo hicieron en España, y se debe en buena parte a estos motivos: enorme diversidad paisajística del país, el deseo de experiencias más auténticas, la consolidación del turismo de proximidad y la comodidad de viajar sin coger aviones. De hecho, la sensación de “estar en otro país” sin pasar por un aeropuerto se ha convertido en un pequeño lujo contemporáneo. Y en cada viaje, a poca distancia de un casco histórico, de una maravilla natural o de las autovías que nos conducen a nuestros destinos, siempre habrá un Parador donde pasar la noche y descansar.En este recorrido por diez destinos que parecen sacados de otros continentes, podremos dormir en un monumento, desayunar con vistas excepcionales y disfrutar, en pocos minutos, de un paisaje totalmente exótico sin salir de España. Una forma de viajar que combina aventura, descubrimiento, comodidad sin el presupuesto que supone pasar por el aeropuerto.Cabañeros, la sabana manchegaCabañeros es uno de los grandes santuarios naturales de la península ibérica. Su extensa raña, una llanura herbosa salpicada de encinas, recuerda inevitablemente a los paisajes de la sabana africana. El momento más bello que ofrece Cabañeros es el amanecer, cuando manadas de ciervos cruzan el horizonte y rapaces como el águila imperial y el buitre negro sobrevuelan el parque. Por eso, no es casual que muchos lo conozcan como el “Serengueti castellano”, ya que aquí, junto a las Tablas de Daimiel, se conserva uno de los ecosistemas mediterráneos mejor protegidos de Europa.Lo que hoy es un refugio para especies tan emblemáticas como el lince ibérico estuvo a punto, en los años ochenta, de convertirse en un campo de tiro militar, un giro que habría supuesto el final de uno de los ecosistemas mediterráneos mejor conservados de Europa. Su protección permitió que este paisaje sobreviviera y que hoy pueda disfrutarse con calma, especialmente en verano, cuando las altas temperaturas del día invitan a madrugar o a esperar al atardecer para ver más actividad animal.Las visitas guiadas en 4x4 parten a primera hora y permiten acceder a zonas restringidas para observar la fauna autóctona con la ayuda de guías especializados. Es la mejor forma de acceder a charcas, pastos y rincones donde los ciervos, gamos y jabalíes campan a sus anchas ante el deleite de nuestros ojos. Y para quienes prefieren caminar, el parque mantiene senderos señalizados y miradores que ofrecen una lectura más pausada del territorio.Después, tras una jornada de safari castellano, lo que pide el cuerpo es descanso. Y precisamente, a menos de una hora, el Parador de Almagro, instalado en un convento del siglo XVI, ofrece un cambio de registro total: patios silenciosos, claustros de fresca sombra y una piscina que se agradece después de una jornada de rutas guiadas o expedición fotográfica. Para reponer fuerzas, la cocina del Parador, recupera recetas manchegas que encajan con el entorno, como el pisto, el asadillo, y las siempre imprescindibles berenjenas de Almagro. Homenaje castellano con un inevitable guiño africano.No es Petra, es BurgosEl siguiente destino nos traslada a la provincia de Burgos para regalarnos una estampa que no puede evitar las comparaciones con la Jordania más monumental. Estamos en Gumiel de Izán, muy cerca de Aranda de Duero, una villa de origen medieval, cuyo casco histórico está declarado Conjunto Histórico-Artístico, a orillas del río Gromejón y marcada por siglos de tránsito, agricultura y arquitectura tradicional. El pasado romano de sus puentes de San Pedro y San Antonio recuerda la importancia estratégica del enclave, pero es la imponente iglesia de Santa María la que acapara todas las miradas.El templo, levantado entre los siglos XV y XVI y visitado por más de 7.000 personas en 2025, se ha convertido en un reclamo inesperado por su parecido —salvando las distancias— con la enigmática Petra. El escritor Carlos Serrano, periodista en National Geographic Historia, definió la fachada de la iglesia de Santa María como “la obra más cercana al Barroco clasicista que pretendía emular la armonía y belleza de los antiguos edificios romanos”. La fachada de la iglesia de Santa María se inspira en los cánones clásicos como los que dan lugar al Tesoro de Petra, edificado mil años antes que la iglesia burgalesa, y cuyas columnas corintias, frontón partido y el color ocre de su piedra despiertan ecos de ciudades perdidas en el desierto. Pero aquí no hay arena roja ni vuelos intercontinentales, solo la Ribera del Duero y un patrimonio que sorprende por su potencia estética y su autenticidad.A pocos minutos de este escenario digno de las películas de Lawrence de Arabia, el viaje continúa en el Parador de Lerma. Este imponente edificio fue levantado por orden del todopoderoso duque de Lerma, valido de Felipe III, que convirtió la villa en uno de los centros políticos más influyentes de la corte. Como anécdota, el Parador de Lerma cuenta con cuatro torres cuando, en la época, sólo los palacios del rey de España podían hacerlo, un detalle que demuestra el poder del duque de Lerma en la corte del siglo XVII.Por las estancias del Parador de Lerma han pasado reyes, reinas, embajadores y literatos del Siglo de Oro, y hoy en día, el edificio conserva esa solemnidad tranquila que solo otorgan los siglos. El patio central porticado es uno de los más bellos del Barroco español, al igual que la galería superior, desde la que se domina la inmensa Plaza Mayor, una de las más grandes de España. En su interior se conserva una interesante colección de arte sacro y mobiliario histórico, y su restaurante rinde homenaje a la cocina burgalesa con lechazo asado, morcilla de la zona y vinos de la Ribera que adquieren un nuevo sabor cuando se degustan en el Parador.La escapada se completa con una visita a alguna de las bodegas históricas de la comarca, muchas de ellas excavadas bajo el propio casco urbano de Lerma. Un plan perfecto para quienes buscan historia, paisaje y buena mesa sin necesidad de cruzar fronteras.Un salto de agua que podría estar en IslandiaCon 222 metros de desnivel, el nacimiento del río Nervión se erige como la mayor caída de agua de la península y una de las más espectaculares de Europa. En los días de deshielo o tras lluvias intensas, la cascada despliega una cortina de agua que recuerda a las grandes caídas islandesas, como Haifoss, con un tajo vertical que se abre paso entre acantilados y hayedos atlánticos. Es, sin duda, uno de esos lugares donde la geología y el clima se alinean para ofrecer un espectáculo único y engendrar uno de los paisajes más sobrecogedores del norte peninsular.Muy cerca, a poco más de media hora, el Parador de Argomaniz, ubicado en un palacio renacentista del siglo XVII, ofrece una panorámica privilegiada de la llanada alavesa. Su restaurante, situado en un antiguo granero de madera, es una parada natural para adentrarse en la cocina vasca tras conocer la cascada del Nervión. Y si el día acompaña, el plan puede continuar en el embalse de Ullíbarri-Gamboa, con varias zonas habilitadas para el baño y un ambiente de verano tranquilo y relajado. Y por eso, la jornada merece terminar en la terraza del Parador al caer la tarde. Para que la calma siga imperando.¿La Provenza? En Guadalajara también huele a lavandaCada verano, cuando julio asoma, Brihuega se transforma. Sus campos de lavanda, más de mil hectáreas que ondulan entre colinas y caminos rurales, se han convertido en uno de los paisajes más fotografiados del estío español. La floración, breve e intensa, atrae a miles de visitantes que buscan esa estampa casi provenzal, con el aroma dulce de la lavanda, el zumbido constante de las abejas y la luz cálida del atardecer envolviéndolo todo. Durante unos días, el paisaje parece trasladar al viajero a la Provenza, aunque basta con sentarse a la mesa y reencontrarse con los sabores de la zona para recordar que estamos en España. Los huevos de corral, las migas, el cabrito o los quesos de la Alcarria nos permitirán volver a echar el ancla en nuestro territorio.¿Y qué cocina nos aguarda tras los campos de lavanda? A solo media hora de las flores y el zumbido de las abejas, el Parador de Sigüenza, instalado en un castillo del siglo XII, ofrece el escenario perfecto. Sus murallas, su patio de armas, sus acogedoras habitaciones… Todas ellas completan una escapada que mezcla naturaleza, patrimonio y buena mesa. Además, en verano, su terraza se convierte en un escenario privilegiado para cenar al fresco y rememorar ese día en los campos morados de la Provenza alcarreña.Gigantes rojos en Cantabria: las secuoyas del Monte CabezónLas secuoyas son una especie autóctona de California, pero hace mucho tiempo que se popularizaron más allá de tierras norteamericanas. En Cantabria crece, desde los años cuarenta, uno de los bosques más singulares de Europa: el de Cabezón de la Sal, declarado Monumento Natural y formado por 848 ejemplares capaces de superar los 40 metros de altura. El origen del bosque de secuoyas es tan llamativo como el propio paisaje. Fue plantado como parte de un proyecto estatal que buscaba especies madereras de crecimiento rápido, aunque nunca llegó a explotarse. El resultado, décadas después, es un escenario inesperado, donde caminar entre troncos rojizos y experimentar esa sensación de pequeñez y asombro que se vive en los grandes parques estadounidenses.Un sendero habilitado con pasarelas de madera permite recorrer el bosque con calma, y una ruta circular de apenas dos kilómetros invita a detenerse en los claros, escuchar el silencio y observar cómo la luz se filtra entre las copas. Es un paseo sencillo, accesible y agradecido en cualquier momento del día, aunque a primera hora la humedad del bosque y el olor a resina crean una atmósfera especialmente envolvente.Esa misma serenidad continúa a solo unos minutos en los Paradores de Santillana del Mar: el Parador de Santillana Altamira, que reabrirá al público el 11 de junio, tras un largo periodo de reforma, y el Parador de Santillana Gil Blas, también renovado recientemente. Dos casonas montañesas tradicionales ubicadas prácticamente una al lado de la otra, en pleno casco histórico. Sus terrazas y su arquitectura de piedra funcionan como un refugio natural tras la visita al bosque, y el restaurante del Parador de Gil Blas añade un aliciente más con platos que reivindican la mejor cocina cántabra. En verano, además, la escapada puede completarse con un baño en alguna de las playas cercanas, como la cala de Santa Justa, o con un paseo vespertino por las calles empedradas de Santillana, cuando la lluvia da descanso y el olor a hierba mojada inunda la villa cántabra.Las montañas de arena rojaConsideradas como un tesoro arqueológico y monumento natural, Las Médulas, la mayor mina de oro a cielo abierto del Imperio romano, despliega un paisaje de crestas rojizas y laderas escarpadas que en pleno Bierzo recuerda, en ciertos ángulos, a los valles turcos de Capadocia. Pero la belleza de las Médulas es propia y genuina, y no necesita comparaciones para saber apreciarla. Declaradas Patrimonio de la Humanidad, este enclave tapizado de encinas, castaños y robles combina historia, geología y senderismo en un mismo escenario. La senda de las Valiñas, el Mirador de Orellán o los túneles excavados por la antigua técnica minera romana de la “ruina montium”, que causaba derrumbes a través de la fuerza del agua, permiten comprender cómo los ingenieros del Imperio Romano transformaron por completo la montaña para extraer el metal más codiciado de su tiempo.A unos 25 kilómetros, el Parador de Villafranca del Bierzo ofrece un contrapunto contemporáneo a la monumentalidad del paisaje. Su arquitectura moderna, integrada en la tradición berciana, y sus dos piscinas, una interior y otra exterior, se agradecen especialmente después de recorrer los miradores y senderos de Las Médulas. La gastronomía local completa la jornada: botillo, castañas, embutidos y vinos del Bierzo que aquí encuentran un marco perfecto para cerrar un día que mezcla historia, naturaleza y sabor.Jardines que hablan francésLos jardines del Palacio Real de La Granja fueron diseñados por orden del rey Felipe V a principios del siglo XVIII siguiendo el modelo del Palacio de Marly, en cuyos jardines se relajaba Luis XIV, alejado de las luces y cortesanos de Versalles. La moda francesa acababa de entrar en España de la mano de los primeros Borbones, y muy pronto, el estilo de los jardines de La Granja se convirtió en el canon a seguir por la aristocracia. Considerados hoy uno de los conjuntos barrocos más importantes de Europa, sus fuentes monumentales, sus avenidas geométricas y el juego de perspectivas que ofrecen setos y esculturas remiten al esplendor cortesano francés, pero con un carácter propio marcado por la sierra y la luz castellana. Cuando las fuentes entran en funcionamiento, el efecto teatral es aún mayor. Un recordatorio del poder simbólico que la monarquía borbónica quiso imprimir en este enclave.A pocos metros, el Parador de La Granja ocupa el edificio de la antigua Casa de los Infantes, levantado por el rey Carlos III para sus hijos, y cuya elegancia y sobriedad ilustradas encajan a la perfección con el entorno. Su spa, sus patios interiores, como refugio fresco, y sus galerías luminosas permiten prolongar esa atmósfera versallesca sin abandonar el casco urbano. Pero no todo aquí es palaciego: la cercanía con los pinares de Valsaín, una de las mayores masas forestales de España, abre la puerta a rutas como la que conduce al Cerro del Puerco o paseos más relajados junto al río Eresma, donde el paisaje cambia por completo. Un plan redondo que combina mañanas de caminata y tardes de paseo por jardines a la francesa con la sierra del Guadarrama como telón de fondo.Un verano entre frescos y dunasLa iglesia de San Nicolás, en pleno centro de Valencia, es uno de los templos barrocos más impresionantes de España. Sus más de 2.000 metros cuadrados de frescos restaurados, que cubren bóvedas, nervios y columnas, han llevado a muchos a compararla con la Capilla Sixtina. La bóveda, obra de Dionís Vidal, narra la vida de San Nicolás con un despliegue cromático que sorprende incluso a quienes no son aficionados al arte sacro. Además, la restauración, culminada hace apenas unos años, ha devuelto al templo una intensidad visual que lo ha convertido en una de las visitas imprescindibles de la ciudad.A veinte minutos hacia el sur, el enclave donde se alza el Parador de El Saler ofrece un cambio radical de paisaje entre dunas, pinos, la Albufera y el Mediterráneo. Su piscina exterior y el acceso directo a la playa lo convierten en un alojamiento ideal para desconectar este verano lejos del bullicio de Valencia. El restaurante, especializado en arroces, también funciona como un mirador contemporáneo al Mar Mediterráneo cuyo restaurante ofrece platos del recetario levantino tradicional para completar la jornada: de los arroces melosos a los secos, pasando por pescados de lonja y productos de la huerta. Una combinación perfecta para un día que comenzó bajo frescos barrocos y termina frente a las olas.Un cañón inesperado en Toledo: las Barrancas de BurujónA media hora de Toledo, las Barrancas de Burujón forman un paisaje de cortados arcillosos erosionados por el viento y las aguas del Tajo que se precipitan sobre el embalse de Castrejón, y cuyas cimas superan los cien metros de altura. Estos rojizos acantilados suponen un santuario de aves como el halcón peregrino y el buitre leonado y recuerdan, a pequeña escala, a los cañones del suroeste estadounidense. Y para comprobarlo, sólo tendremos que asomarnos al mirador del Cambrón, una de las panorámicas más sorprendentes y curiosas de Castilla-La Mancha. Después de conocer el Cañón del Colorado manchego, el viaje vuelve a adquirir regusto castellano cuando nos acercamos a Toledo, a solo media hora de las Barrancas de Burujón. Al atardecer, la terraza del Parador de Toledo se convierte en el mejor palco posible sobre los tejados de la ciudad, con las torres de la catedral y los chapiteles del Alcázar recortados el horizonte. Estamos en un confortable alojamiento de inspiración mudéjar, perfecto para el descanso tras la caminata por la Arizona toledana e imprescindible para degustar lo mejor de la cocina manchega, sus migas del pastor, el atascaburras, el cordero asado o un pisto que adquiere un nuevo sabor en pleno casco histórico de Toledo. Una combinación de sensaciones que demuestra que no hace falta cruzar el Atlántico para disfrutar de paisajes de otro mundo y una gastronomía milenaria.Roques de la Vila, la muralla china de HuescaJunto al pueblo abandonado de Finestres, encontramos una de las rarezas geológicas más llamativas del Prepirineo, consecuencia del movimiento de dos placas tectónicas que levantaron una doble muralla de piedra de 15 kilómetros atravesada únicamente por las aguas del río Noguera Ribagorzana. La visión de las Roques de la Vila evoca, a muy menor escala, la colosal fortificación china que tardó más de mil años en levantarse. Aquí, sin embargo, fue la Tierra y no el ser humano quien realizó una obra maestra, y para disfrutarla sólo hace falta llegar a ella en kayak, en barco, en bici o simplemente andando. Nada de aeropuertos ni grandes desplazamientos internacionales para disfrutar de una de las maravillas que la naturaleza ha labrado en España.A poco más de una hora, y la visita realmente lo merece, encontrarás el mejor campamento base para el descanso: el Parador de Bielsa. El hotel se ubica en un antiguo refugio de montaña que domina el valle de Pineta y transmite una belleza alpina que sólo pueden ofrecer los Pirineos. Su terraza, rodeada de praderas siempre verdes, es un lugar perfecto para reponer fuerzas y continuar disfrutando de la naturaleza porque el Parque Nacional de Ordesa queda, a un paso, literalmente.
De la "Petra burgalesa" al "Serengueti castellano": destinos que evocan otros países para un verano sin avión
Con los vuelos al alza, el turismo de proximidad gana fuerza entre quienes buscan naturaleza, patrimonio y alojamientos cargados de historia.











