En un discurso de 1965 para justificar la guerra de Vietnam, el entonces presidente de Estados Unidos Lyndon B. Johnson dijo que el objetivo era garantizar que “cada país pueda forjar su propio destino” porque solo en un mundo así podría Estados Unidos asegurar su propia libertad. Pero también admitió que “tales eran las debilidades del hombre que la fuerza a menudo debe preceder a la razón, y el derroche de la guerra a las obras de la paz”.
La misma justificación elegante a la que han recurrido sucesivamente los redactores de discursos presidenciales estadounidenses, aludiendo a la misión moral del país en tiempos de guerra. Llenos de tan nobles intenciones, y con la seguridad que da una ilimitada superioridad militar, los presidentes de EEUU han cedido una y otra vez a la tentación de iniciar guerras para luego verse atrapados, desconcertados, y finalmente derrotados por ser incapaces de vencer a rivales que, supuestamente inferiores, no supieron calibrar bien.
Parecía seguro que ese nunca sería el destino de Donald Trump, que se oponía implacablemente a las guerras interminables aparentemente desconectadas del día a día de sus simpatizantes. Trump nunca pensaría en el poder militar como un sinónimo de victoria. Sin embargo, los borradores de posibles acuerdos de paz que están circulando profundizan en la percepción de que la “pequeña excursión en Irán” de Trump ha derivado hacia una derrota. Casi independientemente del acuerdo final que se firme (y lo más probable es que ese acuerdo implique regresar al statu quo inmediatamente anterior a la guerra), parece una guerra mal concebida, mal planificada, plagada de objetivos confusos y suposiciones erróneas.












