Los Juegos Olímpicos de Barcelona, celebrados en 1992, fueron el resultado de un gran esfuerzo colectivo. En él tuvieron un papel destacado dis­tintas administraciones, colectivos profesionales (arquitectos, abogados, economistas, etcétera), deportistas y voluntarios, todos ellos acompañados y respaldados por una sociedad que vivía ilusionada aquellos tiempos de grandes expectativas. Pero si hubiera que mencionar dos nombres propios decisivos en los albores de dicha operación, esos serían, con toda justicia, los de Narcís Serra y Juan Antonio Samaranch.

La inesperada alianza entre estos dos políticos, uno socialista y el otro procedente de la administración franquista, resultó decisiva. Serra había accedido a la alcaldía de Barcelona en abril de 1979, y traía in mente la idea de acometer una gran transformación de la ciudad, no a largo plazo, sino cuanto más pronto mejor, mediante la organización de un acontecimiento excepcional que movilizara las importantes inversiones necesarias para ello. Samaranch, tras abandonar la presidencia de la Diputación de Barcelona en 1977, para saltar a Moscú como embajador de España en la URSS, empezó a acariciar la idea de alcanzar un estatus de mandatario global como presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) , cargo que al fin logró en julio del 1980 y mantuvo dos decenios.