Poco después de la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, elogió a los nuevos gobernantes del país. Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de Maduro que asumió el poder tras su detención y traslado a Estados Unidos, estaba “haciendo un gran trabajo”, afirmó Trump, y añadió que “el petróleo está empezando a fluir, y grandes cantidades de dinero, que no se veían desde hace muchos años, pronto ayudarán enormemente al pueblo de Venezuela”. A juzgar por las declaraciones de Trump, Venezuela debería estar en pleno apogeo. Y, según el indicador favorito de Trump, lo está: la producción de petróleo ha aumentado, aunque modestamente, de 908.000 barriles diarios a finales de 2025 a 1,03 millones en abril. Dado que Estados Unidos efectivamente supervisa los ingresos petroleros del país, el crudo venezolano —que antes se vendía con fuertes descuentos como consecuencia de las sanciones estadounidenses— ahora se cotiza a un precio mucho más cercano a los índices de referencia internacionales, inusualmente altos gracias a la guerra con Irán. En teoría, Venezuela debería estar inundada de dólares, pero ¿es así? Los datos macroeconómicos cuentan una historia radicalmente diferente a la narrativa triunfalista que proviene de Caracas y de Washington. Desde la destitución de Maduro, el tipo de cambio oficial se ha depreciado en más de un 70%. Durante el mismo período, el precio del dólar en el mercado paralelo ha subido de 585 bolívares a más de 730 —lo que supone una prima del 32% por encima de la tasa oficial—.