En las viejas escuelas nos escandalizábamos cuando alguien copiaba sin citar la fuente. Y dentro de las instituciones educativas, la asignación de tareas o actividades es un aspecto central para confirmar los aprendizajes, practicar destrezas o reflexionar. Pero las cosas cambiaron. Las sociedades crearon una cultura donde lo que importa es el resultado y no el proceso. Las familias y aprendices están pendientes de la calificación y muy poco valoran el proceso de adquirir destrezas. A esa actitud pragmática se suma el deseo de lo inmediato. Que el título ojalá se descargue al dar un clic y se reciba desde la comodidad del sillón. Debido a ese contexto, el mercado ofrece opciones y afuera de las universidades se establecen negocios que elaboran trabajos, maquetas, carteles, tareas, proyectos, todo mientras el usuario pueda pagarlo.Lastimosamente, tampoco el cuerpo docente se libra. Para ser profesor en el nivel de educación superior, entre los requisitos están el título de maestría y la publicación de artículos científicos. Y el mercado pronto respondió: hoy, en diez meses se obtiene un título de magíster. En pocas sesiones presenciales será doctor, y quizá se cree una opción más corta que la de magíster. Respecto de los artículos científicos, las redes sociales ofrecen publicación en Scopus en tiempo récord y a cambio de dinero.También, el mercado ofrece control de plagio y calificación a las universidades. Respecto del plagio, los programas como Turnitin o Compilatio detectan si el texto tiene coincidencia con otra fuente y el dictamen de plagio se obtiene luego que una entidad determina que en efecto fue un acto de robo de propiedad intelectual. Pero las realidades se actualizan y hoy varias instituciones toleran un porcentaje de escrito con inteligencia artificial. Las universidades son calificadas por acreditadoras, la más prestigiosa es el Ranking de Shanghái, si desea saber cuáles son las mejores busque ahí. Así, las habilidades están desplazadas por mecanismos digitales. Y sus consecuencias son el surgimiento de nuevas habilidades y la pérdida de otras. Por ejemplo, hoy es necesario comprender la forma de elaborar un prompt (orden en la inteligencia artificial). Pero con tanta ayuda digital ya no se recuerda ni el número telefónico de los más cercanos; para llegar a un lugar, se usa el GPS; para resumir un texto, se usan diversas aplicaciones y, si no se quiere leer, se da clic en la opción “escuchar el texto”. De ahí que a las nuevas generaciones les parezca tedioso escribir, leer, resumir, elaborar un cuadro sinóptico, porque todo lo puede hacer un dispositivo. Hoy los trabajos estudiantiles son espectaculares, y la maravilla termina cuando preguntamos: ¿qué dice la tarea que elaboraste? Entonces, los ojos sorprendidos dan paso a la desilusión, a la deuda epistémica. En conclusión, hay una delegación cognitiva, que es dejar de ejercer nuestras funciones mentales. ¿Qué nos deparará el futuro?Por lo tanto, urge que individuos, familias y sociedades discutan los nuevos marcos que deben regir el proceso educativo. Para que, sin delegar el futuro, aprovechemos este momento emocionante en que varias ayudas digitales surgen para apoyarnos a pensar en cosas importantes. (O)