La expansión de la inteligencia artificial está cambiando la lógica de la economía digital. Lo que durante años se entendió como un negocio basado casi solo en software se ha convertido en una carrera por levantar centros de datos, comprar chips avanzados y asegurar energía suficiente para sostener una demanda cada vez mayor. El economista Pablo Gil ha resumido esta transformación con una idea clave: “Cuanto más crece la inteligencia artificial, más centros de datos necesitan, más chips necesitan, más electricidad necesitan y más infraestructura necesitan”. Su análisis apunta a un cambio de fondo: la IA ya no depende únicamente de modelos digitales, sino de una base física enorme y muy costosa. Detrás de cada consulta a herramientas como ChatGPT o Gemini hay servidores, redes, procesadores especializados y un consumo eléctrico de gran magnitud. Por eso, la nueva etapa de la inteligencia artificial se parece cada vez más a una carrera industrial. La tecnología sigue siendo digital en su uso, pero su crecimiento exige hormigón, cobre, fibra óptica, agua y energía. El caso de OpenAI refleja bien esta tensión. Según la información aportada, la compañía multiplicó sus ingresos por 20 en dos años y facturó 7.300 millones de dólares en 2024, pero también registró pérdidas de 5.000 millones por los elevados costes de computación, chips e infraestructura. Además, estimaciones de Deutsche Bank apuntan a que podría acumular pérdidas de 143.000 millones de dólares antes de alcanzar la rentabilidad, previsiblemente hacia 2030. La magnitud del gasto previsto por las grandes tecnológicas confirma el alcance de esta revolución. En 2025, las Big Tech invirtieron conjuntamente unos 448.000 millones de dólares en infraestructura. Para 2026, las previsiones elevan la cifra hasta niveles inéditos: Amazon podría gastar 200.000 millones, mientras que Microsoft y Alphabet rondarían los 190.000 millones cada una, y Meta alcanzaría hasta 145.000 millones. En conjunto, estas compañías podrían acercarse a los 725.000 millones de dólares en gasto de infraestructura en un solo año. La cuestión para los inversores ya no es solo si la inteligencia artificial transformará la economía, sino a qué precio merece la pena invertir. Como en otras grandes revoluciones tecnológicas, puede haber empresas extraordinarias, valoraciones excesivas y modelos que solo demostrarán su solidez cuando el mercado deje de financiar pérdidas ilimitadas. La expansión de la inteligencia artificial está cambiando la lógica de la economía digital. Lo que durante años se entendió como un negocio basado casi solo en software se ha convertido en una carrera por levantar centros de datos, comprar chips avanzados y asegurar energía suficiente para sostener una demanda cada vez mayor.
Pablo Gil, experto en inversiones: "Cuanto más crece la inteligencia artificial, más centros de datos, más chips, más electricidad y más infraestructura necesitan"
Pablo Gil advierte de que el avance de la inteligencia artificial está obligando a las grandes tecnológicas a invertir cifras históricas














