La sucesión de alertas epidemiológicas ha terminado por normalizar lo que hasta la fecha considerábamos excepcional. Hemos vivido cómo brotes de enfermedades infectocontagiosas, los más recientes de hantavirus o ébola, ocupaban los titulares durante unos días para después diluirse, aunque la advertencia que contienen siga ahí. Existe la percepción errónea de que estas patologías son propias de otros países geográficamente lejanos y no del nuestro, pero debemos tener en cuenta que con relativa frecuencia se atienden en nuestro país casos de enfermedades de este tipo como la fiebre del Nilo, el Chikungunya o la infección por el virus Zika. Todas estas alertas son síntomas de un cambio mucho más profundo. Debemos aceptar que las enfermedades emergentes han dejado de ser episodios excepcionales para convertirse en una amenaza real. La pandemia por COVID-19 no fue un accidente aislado, sino el gran aviso de un nuevo paradigma sanitario.

Durante años, muchos sistemas de salud se han diseñado pensando fundamentalmente en el envejecimiento poblacional, las enfermedades crónicas y la mejora progresiva de la esperanza de vida. La idea de una crisis infecciosa global capaz de paralizar países enteros parecía pertenecer más al terreno de la ficción que a la realidad cotidiana. Hasta que todo cambió.