China volvió a sorprender al mundo entero el año pasado. Cuando Donald Trump disparó los aranceles a sus productos hasta el 145%, las empresas chinas consiguieron encontrar otros mercados y aumentar sus exportaciones hasta un nuevo máximo histórico. Toda una demostración de poderío económico que, sumado a otros factores, llevó a Estados Unidos a impulsar una tregua comercial. En una situación tan compleja de guerra comercial, las empresas chinas consiguieron ganar cuota de mercado en el resto del mundo. Esto es, desplazaron a productores locales y a otros exportadores. China mostró una capacidad inesperada para competir internacionalmente. Al contrario de lo que se pensaba a principios de siglo, que China iría perdiendo competitividad a medida que se desarrollaba, la realidad es que todavía conserva una gran competitividad. Un estudio de la OCDE revela que el secreto de la competitividad de China se asienta, en gran medida, sobre sus subvenciones a empresas. Nada menos que un 60% del aumento de la cuota de mercado que ha conseguido China se debe a las ayudas públicas a su tejido productivo. Un dumping que provoca que el gigante asiático sea imbatible. La OCDE ha analizado las subvenciones que reciben las grandes empresas que forman parte de los 15 principales sectores industriales a lo largo de las dos últimas décadas. La conclusión es que las subvenciones son un poderoso arma para ganar cuota de mercado. A nivel global, el 22% de la cuota de mercado ganada por las empresas fue consecuencia de las subvenciones públicas ofrecidas por sus gobiernos. Sin embargo, esta cifra escala hasta el 60% en el caso de las empresas chinas. El motivo es que Pekín da muchas más subvenciones a sus empresas que el resto de capitales mundiales. En concreto, estas ayudas son entre tres y ocho veces superiores a las del resto de países. Esto permite a las empresas Chinas bajar sus precios de exportación y entrar en otros mercados a un precio al que los productores locales no pueden llegar. Pero también les permite invertir en condiciones inmejorables, lo que ha ayudado a muchas empresas a ponerse en la vanguardia mundial del conocimiento y la producción. El vehículo eléctrico o la inteligencia artificial son dos buenos ejemplos. La principal palanca de subvención que emplea China son los préstamos en condiciones favorables. De hecho, un alto porcentaje de los préstamos que reciben las grandes empresas industriales pagan un tipo de interés inferior al del propio soberano. Una situación insólita en el mundo que se explica porque muchos de los bancos chinos son públicos, de modo que su oferta de crédito no se rige por criterios de mercado, sino por prioridades políticas. El control chino China ha conseguido quedarse sectores casi completos. Una situación que ahora le permite ejercer el control de los precios sin que los países importadores tengan margen para buscar proveedores alternativos. Esta gran dependencia económica explica, por ejemplo, que Estados Unidos no haya podido vencer a China en su guerra comercial. La dependencia de tierras raras y de algunas manufacturas críticas empujaron a Trump a firmar la tregua comercial. El caso más extremo de control chino es el solar (placas y células). Hace dos décadas, China apenas poseía el 15% de la cuota de mercado. Actualmente controla cerca del 90%. Pekín marcó este sector como estratégico dada su posición central en la revolución energética. Finalmente ha conseguido su objetivo: cualquier país que quiera apostar por las renovables tiene que pasar por comprarle a China. Durante casi dos décadas, Pekín concedió diferentes tipos de subvenciones a sus empresas solares equivalentes a entre el 2% y el 4% de los ingresos de estas empresas, el doble que el resto de países del mundo. El estudio de la OCDE revela que las subvenciones que reciben las empresas están en máximos históricos a nivel global. En términos relativos a los ingresos, sólo en la crisis financiera fueron más altas, pero la explicación no está en la magnitud de las ayudas, sino en el desplome de los ingresos empresariales. Las subvenciones actuales alcanzan el 1,3% de los ingresos empresariales globales. Es casi el doble que antes de la pandemia. Un cambio que refleja que los distintos países están optando por apoyar a su tejido productivo. El camino marcado por China se extiende ahora por el mundo. Los gobiernos han entendido que para competir en igualdad de condiciones a nivel global, su industria necesita un impulso. La mayor parte de las subvenciones a nivel global se otorgan en forma de beneficios fiscales en el impuesto sobre sociedades. Por ejemplo, estableciendo ayudas a sectores concretos o fomentando la inversión. A nivel global, los países dan a las empresas beneficios fiscales equivalentes al 0,5% de su facturación. Las ayudas directas y los créditos en condiciones ventajosas equivalen, cada uno de ellos, al 0,4% de los ingresos. En suma, las subvenciones totales ascienden al 1,3% de la facturación. Opinión Sin embargo, hay grandes diferencias entre territorios. En China, las ayudas escalan hasta el 2,5% de la facturación, el doble que la media mundial. Por el contrario, en Europa, las subvenciones empresariales apenas alcanzan el 0,3% de la facturación. Esto es, las ayudas en China son siete veces superiores. Una diferencia que dificulta gravemente que las empresas europeas puedan competir a nivel internacional. China volvió a sorprender al mundo entero el año pasado. Cuando Donald Trump disparó los aranceles a sus productos hasta el 145%, las empresas chinas consiguieron encontrar otros mercados y aumentar sus exportaciones hasta un nuevo máximo histórico. Toda una demostración de poderío económico que, sumado a otros factores, llevó a Estados Unidos a impulsar una tregua comercial.