Hay momentos donde el fútbol deja de ser simplemente un deporte y pasa a convertirse en un reflejo exacto —y a veces muy preocupante— del mundo en el que vivimos. Hoy nos encontramos ante dos hechos simultáneos que, cada uno a su manera, exponen una degradación alarmante: por un lado, la exclusión económica total del hincha común; por el otro, el brote de una violencia civilizada que asusta. A solo 12 días de que arranque el Mundial de Fútbol, la prestigiosa publicación británica The Economist puso sobre la mesa un cuadro revelador. Es una radiografía de la evolución del precio de las entradas desde el año 1994 hasta este 2026 inclusive. Y los datos, les aseguro, son demoledores. Mundial 2026: el Gobierno minimiza el impacto en las reservas pese al “efecto Messi”

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Del acceso popular al filtro de la riqueza en el Mundial 2026 Si uno analiza la perspectiva histórica que propone el informe, siempre ha habido aumentos tenues en las localidades. Hubo, es cierto, un pequeño salto entre el Mundial de Estados Unidos 1994 y el de Corea-Japón 2002. Después, la verdad es que entre 2002 y Qatar 2022 se registraron muy pocos cambios, manteniéndose una relativa estabilidad. Sin embargo, el verdadero disparate ocurre ahora. El salto que hay entre el mundial anterior, el de 2022, y este que estamos por iniciar en 2026 es descomunal: los precios prácticamente se han cuadruplicado. Pasamos de una entrada promedio barata de 500 dólares a una entrada promedio barata de 2.000 dólares. Una entrada vale hoy, en promedio, 2.000 dólares. Este es un dato más que sugestivo. Lo que nos está mostrando esta realidad es que el Mundial quedó estrictamente ajustado para gente que pueda efectivamente pagar semejante cantidad de dinero por un partido de fútbol. Se terminó el folclore global; ahora es un evento exclusivo para las élites financieras. Reacción incivilizada en París Pero la locura no es solo económica, también es social. Este fin de semana se jugó la final de la Champions League. Ganó por penales el Paris Saint-Germain, una noticia que, por supuesto, celebro en lo deportivo. Pero lo que vino después fue un espanto. El asunto terminó en la ciudad de París con un saldo escalofriante: 300 heridos, 780 detenidos, un muerto y entre 70 y 80 policías lastimados. Todo esto como consecuencia de una reacción de la gente rarísima, extremadamente incivilizada y, de algún modo, algo politizada también. Estamos perdiendo los límites. Entre los torneos corporativos impagables y las calles convertidas en campos de batalla, el fútbol nos está enviando una alerta que va mucho más allá de una pelota rodando.