Con el paso del tiempo y las vicisitudes del mundo tech de Silicon Valley, cada día entendemos mejor las razones del éxito de la galaxia neorreaccionaria (NRx). Lo que define a esta galaxia es el enorme atrevimiento de imaginar el futuro desde la aceleración que está produciendo la tecnología. Se trata de bloggeros e ingenieros en computación (Curtis Yarvin), de oligarcas billonarios (Peter Thiel, Marc Andreesen) y de un filósofo (Nick Land) que escriben lo que se les pasa por la cabeza, sin experimentar ningún tipo de restricción: los soportes utilizados, claro está, no son revistas científicas con control de pares, tampoco libros publicados en editoriales importantes, sino más bien textos y manifiestos auto-editados, con intervenciones periódicas en blogs personales que pueden llegar a ser muy populares. El resultado es una inusitada imaginación política y futurista, en la que convergen una fascinación por la Edad Media, el universo fantasioso de J.R.R. Tolkien, la denostación del progresismo y de todo tipo de izquierdas, el desprecio por los liberales y el rechazo a la democracia en nombre de la libertad. La influencia política que esta galaxia neorreaccionaria está adquiriendo en las altas esferas de Washington es innegable, y de modo más indirecto en diversos gobiernos del mundo, especialmente en América Latina, últimamente en Argentina y Chile. No es una casualidad si Peter Thiel se está instalando en la Argentina de Javier Milei, y se reúne sin estridencia con el presidente de Chile José Antonio Kast. Pero también se encuentra involucrada una influencia más intelectual: no porque mucha gente lea a estos intelectuales públicos neorreaccionarios, sino porque muchos se encuentran expuestos a sus ideas mediante el uso de las redes sociales e internet. Hay dos golpes de Estado que explican la creciente influencia de este mundo tan extraño y agresivo, altamente infeccioso. En el origen del éxito neorreaccionario se encuentra lo que Marietjee Schaake llamó un golpe de Estado tecnológico, en su libro The Tech Coup: How to Save Democracy From Silicon Valley. En ese libro, Schaake argumenta sobre el enorme poder que las grandes empresas tecnológicas han estado desarrollando mediante la acumulación de datos y el establecimiento de contratos con los Estados de los principales países desarrollados, últimamente en el sector defensa (por ejemplo por parte de Palantir, la empresa de Peter Thiel). La capacidad extractiva de datos personales y su puesta en forma mediante programas de vigilancia han despertado el interés de los Estados, cuyos contratos le permiten a estas empresas entrar en la operación estatal, controlarla y, de ese modo, colonizar a los Estados desde dentro. Esto explica las enormes batallas que estas empresas están librando para impedir que los Estados introduzcan regulaciones en el uso de la tecnología, muy especialmente en materia de Inteligencia Artificial. La tesis de esta especialista, que hoy es directora de política internacional del Centro de Política Cibernética de la Universidad de Stanford tras haberse familiarizado con estas batallas cuando ejerció como diputada del Parlamento Europeo, es fascinante: su libro está repleto de situaciones que le tocaron personalmente vivir, en donde cada una de ellas era un episodio más en el crecimiento exponencial de la potencia de estas grandes empresas tecnológicas. Así las cosas, este golpe de Estado tecnológico es un golpe invisible, que no se da en un único momento sino que procede mediante pequeños golpes sucesivos, capturando cada vez más poder político y económico. Pero hay un segundo golpe de Estado involucrado, que yo llamo un golpe de Estado simbólico. El control de los soportes de información le ha permitido al movimiento neorreaccionario dominar en buena medida la conversación social, introduciendo temas en los que pensar, así como formas de pensar. La crítica acérrima de Yarvin a la “Catedral” (ese entramado de instituciones universitarias y de periódicos que definieron lo políticamente correcto, lo “progresista”, desde Harvard hasta el New York Times), forma parte de este golpe de Estado simbólico. Una vez asentado el golpe, entonces se vuelve posible pensar y publicar sin reglas ni restricciones, haciendo de la indisciplina virtud y del pensamiento disciplinario el gran mal a derrotar. Eso es lo que explica que estos intelectuales públicos de nuevo tipo se permitan todo tipo de libertades, citando a filósofos e historiadores (rara vez a sociólogos, y muy de vez en cuando a cientistas políticos) en la más completa indiferencia por la pertinencia. Estas son las dos grandes condiciones de posibilidad y éxito del movimiento neorreaccionario: no se trata de un movimiento enteramente homogéneo (por ejemplo en materia de transhumanismo hay muchas divergencias), pero existen consensos esenciales sobre qué detestar y hacia donde acelerar a cualquier precio. De allí la importancia de la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, que es un verdadero tratado sobre la condición humana, pero también una severa alerta ante la Inteligencia Artificial. De lo que se trata en esta magnífica encíclica es de “desarmar” a la IA, lo que “significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida”. Pero tan importante como la encíclica fue la presencia de Christopher Olah, uno de los fundadores de Anthropic, en el momento en que el papa la daba a conocer. Esto nos habla de varias luchas que se están librando en varios frente al interior del mundo de la tech: el frente legal en el que se acaban de enfrentar Sam Altman de Open AI y Elon Musk, y el frente simbólico en el que Olah, junto al papa León XIV, se muestran favorables a las regulaciones sobre la inteligencia artificial (en contra de Palantir y de Peter Thiel). ¿Cómo no ver que estas regulaciones constituyen un freno a la corriente aceleracionista que predomina en el mundo NRx? Habrá que observar con mucho detenimiento lo que ocurre en el mundo de Silicon Valley. La política no puede ser una simple espectadora de la principal irrupción tecnológica de nuestra era.