Estamos viviendo una creciente medicalización del bienestar. Muchas veces se instala la idea de que cansancio, estrés, falta de energía o mal dormir necesariamente responden a “déficits” de vitaminas o minerales, cuando en realidad no todo cansancio es un déficit vitamínico y, de hecho, excepcionalmente lo es. Esto lleva a que las personas procedan a realizarse una enorme cantidad de análisis y tomar suplementos, muchas veces sin evidencia clara de que aporten beneficios. Más análisis no necesariamente significa más salud. Por supuesto, existen personas con déficits reales o condiciones específicas donde medir y suplementar tiene sentido clínico. El problema aparece cuando esto se transforma en un screening indiscriminado de laboratorios o en una lógica de “optimización” permanente del cuerpo, donde casi cualquiera termina encontrando algún valor “bajo” o “subóptimo” que genera preocupación, convirtiendo a personas sanas en pacientes. No todo lo que promete optimizar la salud tiene evidencia de impacto clínico real"

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