Cuando la abuela, la tía abuela o el padre de Maysoun Douas fallecieron, su familia no pudo despedirlos como hubiesen querido. No se les negó porque quisieran decir adiós de una forma exótica o desconocida. Fue porque eran musulmanes. “Y no por discriminación, sino por dejadez institucional”, aclara ella. Apenas hay 42 cementerios que contemplen su rito funerario en 27 provincias, insuficientes para los más de 2,3 millones de musulmanes que viven hoy en España. Cinco comunidades autónomas ni siquiera disponen de un camposanto habilitado: Galicia, Cantabria, Asturias, Extremadura y Castilla-La Mancha, según los datos de la Unión de Comunidades Islámicas de España y Entierro Digno, que preside esta mujer granadina.La inhumación en el islam tiene sus particularidades. Exige contacto directo con la tierra, lavar el cuerpo (ghusl), descansar sobre el costado derecho y orientarse hacia La Meca. No admite un nicho o incineración. Aquí se encuentra el primer escollo: la ley española —de origen franquista (1974)— obliga a que el cuerpo esté en un féretro. Se determinó así por motivos sanitarios. “52 años después se garantiza la higiene”, dice Javier Moreno, experto funerario.Despedirse acorde a las creencias religiosas del finado es un derecho constitucional. “Los poderes públicos están obligados a cumplirlo y a adecuar los espacios funerarios según la diversidad de creencias”, argumenta Óscar Salguero, profesor de Antropología Social en la UCM y miembro del Grupo de Análisis sobre Islam en Europa. El problema es la falta de espacio, según el último informe de libertad religiosa en España del Ministerio de Presidencia. Muchos de los cementerios habilitados no disponen de más sitio para entierros islámicos. “Cuando fallece un musulmán en España, su familia tiene que buscar un hueco. Algunos ayuntamientos exigen incluso empadronamiento”, explica Moreno. “A mi tía abuela la tuvimos que llevar a Valencia. Ella vivía en Madrid desde los 17 años y falleció con más de 80”, explica Douas. De la tumba de su familiar la separan 350 kilómetros.Si los allegados no quieren peregrinar en busca de sitio en los cementerios españoles, pueden contratar una funeraria que se encargue de repatriar el cadáver. Como no hay garantías de camposanto, ofrecen volver al país de origen. De eso trata la serie Tierra natal, emitida en Netflix. Una familia con raíces marroquíes regenta un negocio de repatriación de cadáveres musulmanes en Bélgica. “Tenía 12 años y, de repente, mi madre estaba enterrada a 3.000 kilómetros de mí”, relata Ismael, el protagonista. A través de la comedia, la serie plantea contradicciones. “¿Cómo vas a repatriar a alguien que su país de origen ya es España? ¿Y si te conviertes al islam siendo español?”, añade Salguero. “No tienen donde caerse muertos, literalmente”, expone Salguero. “A veces se introduce tierra en el féretro, otros abren una parte del nicho para el contacto con el suelo… Pero no deja de ser un apaño”, cuenta Moreno.Los cementerios musulmanes existen en España desde hace más de 1.000 años. “Muchos se cubrieron para resignificar el espacio público”, recuerda Salguero. A finales del siglo XVII se construyó el cementerio Sidi Embarek en Ceuta. La ciudad autónoma es una excepción en este sepelio por la cantidad de musulmanes que mueren ahogados buscando migrar a la Península y que deben ser enterrados ahí. Durante la guerra, Franco ordenó camposantos musulmanes para los mercenarios norteafricanos que lucharon junto al bando sublevado. Hoy, hallar un lugar para el último adiós es una odisea.