OpiniónLa elección del próximo 21 de junio no debe reducirse a emociones pasajeras. Está en juego la sociedad que queremos para las próximas generaciones.31.05.2026 23:01 Actualizado: 31.05.2026 23:01 La jornada electoral de ayer dejó lecciones que vale la pena destacar: Colombia sigue siendo una democracia más sólida de lo que muchos creen.A pesar de los temores que se percibían en distintos sectores de la ciudadanía, tanto en las zonas urbanas como en las rurales, los colombianos acudieron a las urnas y el país avanzó un paso más en el ejercicio pacífico de decidir su destino. Lamentablemente, los actores armados ejercieron intimidación en algunos lugares, como lo advirtió la MOE con tanta anticipación.En medio de una campaña marcada por la polarización, el miedo y los abusos permanentes desde el poder, quedó una noticia positiva: pese a los ataques del jefe de Estado contra las instituciones electorales, la Registraduría demostró nuevamente que contamos con garantías suficientes para que la voluntad popular se exprese de manera transparente, democrática y ordenada. Esa confianza institucional es un patrimonio que debemos proteger y corresponde a las instituciones actuar de inmediato para despejar cualquier duda y rechazar de plano las afirmaciones de Gustavo Petro e Iván Cepeda para desconocer los resultados.Lo preocupante es que el discurso del odio haya logrado instalar un clima de confrontación que terminó enfrentando incluso a quienes comparten valores fundamentales como el respeto al Estado de derecho, la defensa de las libertades y el fortalecimiento de la democracia.Las dos opciones que hoy permanecen en la competencia representan visiones profundamente distintas del futuro nacional: una apuesta por corregir errores, acelerar reformas, fortalecer las instituciones y ampliar las oportunidades dentro de una democracia imperfecta, pero perfectible. La otra propone una ruptura profunda con el modelo que ha regido al país durante décadas, bajo la premisa de que todo lo anterior ha fracasado y de que la solución consiste en concentrar el poder en el Estado para lograr la anhelada transformación social.La historia enseña que las democracias se erosionan gradualmente cuando se debilitan los contrapesos, se deslegitima a quienes piensan distinto, la justicia pierde independencia, la prensa es intimidada y quien está al frente del poder político pretende convertirse en la única voz legítima de la sociedad, como ha sucedido durante estos cuatro años.La elección del próximo 21 de junio no debe reducirse a emociones pasajeras. Está en juego la sociedad que queremos para las próximas generaciones: una sociedad donde las libertades individuales, la iniciativa privada, la seguridad, el emprendimiento, la lucha contra el narcotráfico, la presencia internacional activa y la creación de riqueza convivan con una genuina preocupación por la equidad y la inclusión.O, por el contrario, una sociedad donde quienes dirijan el Estado asuman un papel más dominante, limitando espacios a las instituciones, amenazando la independencia de poderes y manejando, con la misma opacidad que en este gobierno, los recursos públicos para consolidar su modelo de sociedad, profundizando el desmonte de la Constitución que permitió a millones de personas progresar en derechos e ingresar a la clase media durante los últimos treinta años.La democracia no se limita al acto de votar; también exige pedagogía ciudadana y un sentido de responsabilidad frente a la historia para fortalecer las instituciones, la confianza en Colombia, combatir la corrupción, reducir la pobreza y cerrar las brechas sociales que tanto duelen.La mayoría de los colombianos quiere vivir en libertad, en paz y con oportunidades. Confío en que la razón se impondrá sobre el miedo y el resentimiento, reconociendo lo que hemos construido durante más de dos siglos, sin renunciar a la obligación moral de corregir lo que ha funcionado mal y hacer visibles a todos en esta sociedad.Otra vez, el país perdió la oportunidad de tener a una mujer preparada al frente del Estado para darle a Colombia la posibilidad de que un liderazgo firme, honesto e incluyente, como el que ofrecía Paloma, nos mostrara cuánto merecemos y podemos evolucionar como sociedad.Hoy nada está consumado y, como dije varias veces, ante la nueva realidad, apoyaré sin dudas a Abelardo de la Espriella porque jamás condenaría a nuestra Colombia, por acción u omisión, a la opción del neocomunismo que ofrece el otro candidato.MARTA LUCÍA RAMÍREZ Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. 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