A menos de un mes del invierno, las lagunas bonaerenses empiezan a mostrar un cambio marcado en el comportamiento del pejerrey. Las llevadas dejan de ser francas, los piques se vuelven suaves y el pescado suele soltar la carnada ante la menor resistencia. Para el pescador deportivo, eso significa una sucesión de falsas expectativas y clavadas que nunca llegan. En ese contexto, reaparece una técnica clásica que sigue demostrando efectividad temporada tras temporada: la línea tramposa, un aparejo pensado para que el pez tome confianza y no perciba tensión al momento de comer.

Cómo funciona la línea tramposa

La llamada “trampa” consiste en utilizar una pequeña boya que será la encargada de hundirse cuando el pejerrey tome la carnada. El secreto está en que el pez prácticamente no siente resistencia mientras se desplaza con el cebo en la boca. Recién cuando mueve la boya principal, el pescador recibe la señal clara del pique. En la práctica, esto permite que el pejerrey “trague” mejor el anzuelo antes de advertir cualquier tensión, aumentando considerablemente las posibilidades de una clavada efectiva.

Una de las configuraciones más utilizadas coloca la trampa directamente sobre la línea madre. En este caso, en lugar de rotores o esmerillones tradicionales, se instala una pequeña boya tipo yoyo fijada entre nudos firmes. La boya principal —que puede ser redonda, palito o chupetona, según el gusto del pescador— corre libremente entre esa boya chica y un nudo corredizo ubicado a unos 20 cm.