Pasamos gran parte de la vida entre paredes. Dormimos, trabajamos, reímos, discutimos, queremos, enfermamos, descansamos y envejecemos dentro de espacios que, aunque a menudo pasen desapercibidos, condicionan profundamente nuestra manera de sentirnos. Kike Clavería lo ha visto una y otra vez a lo largo de su trayectoria —con más de 400 reformas realizadas y más de 350 proyectos de viviendas de obra nueva—: la luz, el orden, la ventilación o los objetos que acumulamos no son detalles menores, sino estímulos constantes que impactan en nuestro sistema nervioso, en nuestros hábitos y, en última instancia, en nuestra calidad de vida y nuestra manera de envejecer.Arquitecto especializado en diseño consciente de espacios y estudioso del feng shui, Clavería lleva casi dos décadas observando cómo el hogar influye en la energía, el descanso y el bienestar de quienes lo habitan. Precisamente, en su libro El poder de crear tu hogar (Aguilar) plantea que nuestra casa no es solo el lugar donde vivimos, sino una herramienta cotidiana de autocuidado. Y es que, en una época en la que hablamos de longevidad, suplementación, descanso o ejercicio físico, pasamos por alto lo más básico: el lugar en el que vivimos.¿Puede un dormitorio mal resuelto robarnos energía? ¿Puede el desorden agotarnos sin que sepamos por qué? ¿Puede un entorno mal equilibrado influir en cómo pensamos o sentimos? Para este arquitecto, formado también en feng shui con una maestra de la Universidad de I Ching y Feng Shui de Taiwán, la respuesta es claramente que sí. Su propuesta integra arquitectura, bienestar y armonía del entorno para invitarnos a mirar el hogar como un espejo de cómo vivimos y cómo es un espacio capaz de ayudarnos a vivir mejor.¿Hasta qué punto influye nuestro hogar en cómo envejecemos?Muchísimo. Pasamos cerca del 90% del tiempo en espacios construidos y gran parte de ese tiempo sucede en nuestra propia casa. Si vivimos tantas horas dentro de un entorno, este no puede ser neutro. Influye en cómo descansamos, en nuestra energía, en nuestro estado emocional y en cómo transitamos el paso del tiempo.¿Realmente nuestra casa y el entorno donde pasamos más tiempo influyen tanto?Sí. El cerebro recibe información continuamente, aunque no seamos conscientes de ello. Lo que vemos, olemos, tocamos o percibimos activa nuestro sistema nervioso y genera emociones. Esas emociones provocan pensamientos, los pensamientos llevan a acciones y las acciones repetidas se convierten en hábitos. Y nuestra vida, al final, está hecha en gran medida de hábitos.En longevidad hablamos mucho de hábitos. ¿Puede un espacio mal diseñado sabotear incluso a alguien que se cuida?Claro. Una persona puede comer bien, hacer ejercicio, dormir sus horas, pero si vive en un entorno desordenado, sin calma o difícil de habitar, eso también pasa factura. Igual que cuidamos lo que comemos, deberíamos cuidar el espacio donde vivimos. Es una forma de amor propio. No basta con atender al cuerpo si el entorno donde ese cuerpo vive va en nuestra contra.Entonces, ¿qué nos provoca nuestra casa cada día sin que nos demos cuenta?Una casa nos habla constantemente: puede transmitirnos calma, claridad, seguridad, descanso. O justo lo contrario: saturación, cansancio, irritabilidad, bloqueo. No es solo estética y decoración. Un espacio ordenado, amable y bien resuelto nos acerca a una vida más saludable; uno cargado o incómodo nos aleja de ella.Exactamente, ¿cuál es la relación entre el espacio, nuestras emociones y la salud a largo plazo?Todo está conectado. El espacio genera una emoción, esa emoción condiciona un pensamiento y ese pensamiento influye en nuestra conducta. Cuando eso se repite día tras día, acaba moldeando la manera en que vivimos. Por eso el hogar no es un simple decorado: participa en nuestro bienestar físico, mental y emocional, y por tanto en nuestra salud a largo plazo.¿Eso quiere decir que una casa puede llegar a enfermarnos?No diría que una casa provoque una enfermedad concreta, pero sí puede generar condiciones que deterioran la salud: más estrés, más irritabilidad, más cansancio, peor descanso. Y todo eso, sostenido en el tiempo, puede desembocar en problemas serios de salud. El espacio no actúa solo, pero forma parte de esa cadena que, poco a poco, nos lleva a estar peor.¿Cómo podemos saber si una casa nos está restando energía?Hay varias señales. Una muy clara es levantarte cansado pese a haber dormido suficiente. Otra es esa sensación de pesadez, de falta de claridad, de que todo cuesta más de lo normal. También pueden aparecer conflictos frecuentes o una irritabilidad que no terminas de explicarte. A veces no relacionamos el malestar con el espacio donde vivimos, pero el hogar influye mucho más de lo que creemos.Cuando una persona se despierta agotada, ¿el problema suele estar en el dormitorio?Generalmente sí, porque es el lugar donde descansamos y donde el cuerpo tiene que recuperarse. Pero también puede haber un problema más global en la casa. El desorden, por ejemplo, genera fatiga visual y fatiga mental. Aunque no lo notemos conscientemente, un espacio saturado obliga al cerebro a procesar demasiada información y eso termina agotando.¿Qué errores ve más a menudo en los hogares de hoy?Sobre todo, dos. El primero sería la falta de consciencia: muchas personas no se dan cuenta de hasta qué punto su casa les afecta. Y el segundo, la saturación. Me encuentro casas con demasiados muebles, demasiados objetos, demasiadas cosas para el espacio disponible. Y eso genera agobio, estrés, baja energía y una sensación constante de carga mental.¿Por qué hay casas en las que uno entra y se siente bien, y otras que generan rechazo inmediato?Al entrar en una vivienda, la entrada ya nos da muchísima información. Nada más abrir la puerta, el cuerpo percibe si ese espacio está cuidado, despejado y en orden, o si está saturado y bloqueado. Yo siempre digo que la entrada es fundamental porque es por donde entra la energía de la casa. Si ahí, todo está abarrotado, la casa genera rechazo y un cierto malestar.¿En qué deberíamos fijarnos para saber si una entrada está bien?En tres cosas muy sencillas: que la puerta esté en buen estado, que abra sin esfuerzo y que la entrada esté despejada. Una puerta que chirría o una entrada llena de obstáculos ya nos está diciendo que algo no fluye como debería.¿Qué papel juegan la luz y la ventilación en la salud de una casa?Fundamental. La luz natural es vital para nuestro cerebro, para la energía y para el bienestar general. Y la ventilación también, porque renueva el aire y el ambiente del espacio. Las casas muy oscuras o mal ventiladas suelen apagar a quien vive en ellas. Se nota en la energía, en el estado de ánimo y hasta en la creatividad.¿Cómo puede compensarse una vivienda con poca luz natural?Con iluminación artificial, como la luz cálida, y con colores claros en las paredes que ayuden a ampliar y suavizar el espacio. En habitaciones donde pasamos mucho tiempo no conviene abusar de colores demasiado intensos, porque activan o empequeñecen visualmente. Si una casa ya tiene poca luz, necesita precisamente lo contrario: claridad, calma y ligereza visual.En su libro El poder de crear tu hogar habla de la regla 3-30-300. ¿Qué significa?Es una regla sencilla para valorar si el entorno de una vivienda favorece el bienestar y en algo que deberíamos fijarnos si tuviésemos en mente comprar una vivienda. El 3 significa ver al menos tres árboles desde alguna ventana. El 30, que el barrio o el entorno próximo tenga alrededor de un 30% de cobertura arbórea. Y el 300, que la vivienda esté a menos de 300 metros de una zona verde. Esa conexión con la naturaleza mejora el bienestar físico y mental.¿Y si vivimos en un piso urbano que no cumple esa regla?Siempre podemos acercar la naturaleza al interior. Las plantas ayudan mucho, especialmente en el salón o en zonas donde pasamos tiempo y nuestro cerebro puede percibirlas. No sustituyen un gran parque, ni una calle con árboles, pero sí nos reconectan de alguna manera con algo que necesitamos. Somos naturaleza, aunque a veces vivamos de espaldas a ella.Mucha gente asocia el feng shui con algo esotérico, ¿qué es en realidad para usted?Es una forma de equilibrar el espacio para que ese espacio te cuide mejor. No tiene que ver ni con una religión ni con una decoración concreta. No es minimalismo ni una superstición basada en la colocación de objetos mágicos. Tiene más que ver con formas, distribución, orientaciones y con cómo todo eso afecta a nuestro bienestar físico, mental y emocional.¿Qué tiene en común el feng shui con la neuroarquitectura?Buscan algo parecido: entender cómo afectan los espacios al ser humano. La neuroarquitectura lo estudia desde la neurociencia y el feng shui lo ha hecho durante siglos desde la observación y la experiencia. Son lenguajes distintos, pero comparten una intuición central: que el lugar en el que vivimos modifica nuestro estado interno, nuestro comportamiento y nuestra forma de relacionarnos con el entorno.¿Qué dice de nosotros nuestro espacio?Dice mucho. Nuestro hogar habla de nuestro orden interno, de nuestros apegos, de nuestros miedos, de cómo nos tratamos y del lugar que le damos a la calma o al caos. Hay un diálogo continuo entre nosotros y el espacio: lo que sentimos se proyecta hacia fuera, y lo que tenemos fuera entra en nosotros. No están separados.Entonces, ¿ordenar la casa puede ser también una forma de ordenarse por dentro?Sí, completamente. Cuando ordenamos, nos aclaramos. Cuando despejamos, nos aligeramos. Muchas veces, sin pensarlo demasiado, cuando necesitamos sentirnos mejor o concentrarnos más, empezamos a ordenar. No es casual. Un espacio limpio y ordenado ayuda a la mente a estar más clara. No lo resuelve todo, pero sí puede ser un apoyo real para estar mejor.¿Qué cambios sencillos recomendaría a alguien que quiera empezar hoy mismo a reordenar y modificar su hogar?Tres reglas de oro: desapego, orden y limpieza. Desapegarse de las cosas no es tirar por tirar, sino quedarse solo con lo que realmente aporta. El orden despeja la mente y la limpieza transforma la energía del espacio. Son cosas básicas, de puro sentido común, pero cuando se aplican de verdad cambian cualquier hogar.Si tuviera que resumir cómo debería ser una casa que nos ayude a vivir más y mejor, ¿qué diría?Que debe ser una casa que te cuide, no que te desgaste. Un espacio despejado, cuidado, luminoso, ventilado y amable con el cuerpo y con la mente. No hace falta que sea grande ni perfecta. Hace falta que juegue a tu favor. Que te permita descansar, pensar con claridad y sentirte en paz. Porque transformar tu casa puede ser, también, una forma de transformarte a ti mismo.Evelyn López