La ley de la gravedad. Faltaban dos días para que el mundo cambiara por completo. En la Ciudad de Córdoba corrió la voz entre allegados. Un cuerpo había caído del piso doce de un edificio ubicado en la calle Obispo Trejo, en el barrio de los estudiantes que cursaban sus carreras durante el día y por la noche hacían un bullicio que no dejaba conciliar el sueño en paz. Jorge Baron Biza se había arrojado por la ventana de su departamento el domingo 9 de septiembre de 2001. El martes siguiente, el famoso 11 de septiembre, quedaría grabado en la memoria televisiva de todas las personas como el inicio de una larga era atada a la pantalla. La caída de las Twin Towers de Nueva York abrió el siglo XXI. Para ese momento, Jorge ya era un escritor consagrado de 59 años. No solamente lo avalaban los más de mil artículos periodísticos que había publicado en los diversos medios gráficos de Buenos Aires y Córdoba, las ciudades de donde venían sus linajes familiares, sino porque una novela suya lo había llevado al lugar con el que sueñan los que escriben de verdad: la mesa de determinados lectores. El desierto y su semilla, publicada en 1998 por la editorial Simurg, había llamado la atención de lectores como Daniel Link, Christian Ferrer, Sylvia Saítta y María Moreno, entre varios más. De estirpe autobiográfica, la novela en cuestión remitía a la novela familiar. Jorge Baron Biza era el segundo hijo de Raúl Barón Biza, un escritor maldito considerado el Sade argentino, militante del radicalismo y heredero de una fortuna que supo dilapidar en vida. El padre tuvo una primera esposa, la actriz y aviadora Myriam Stefford, fallecida en un extraño accidente aéreo.