La primera vez que escuché que había una serie en Prime Video llamada Cochinas pensé en la Cerdita Peggy. Allá cada uno con sus referentes intelectuales. La puse, la serie. Sin Cerdita Peggy, pero con un gran cartel de inicio que anunciaba que la historia contenía desnudez. “Si la visión del cuerpo humano o la intimidad le resulta perturbadora, considere abandonar el visionado”. El enunciado avisa del contenido de la serie y, al final, no tanto por la literalidad de lo excitable, sino porque son ocho capítulos que nos van quitando capas y capas de sentimientos de culpa. Hasta dejar los prejuicios en cueros.Una ficción que se desarrolla en los noventa, en Valladolid y en un videoclub en decadencia que intenta reinventar una mujer, Nines, tras un accidente que sufre su marido. Un videoclub vallisoletano de neón, polvo y cortina roja hacia el deseo. Ese deseo que Nines sentía como deber de satisfacción matrimonial más que como celebración compartida. Ella, retrata aquella generación criada en la España en la que el placer era tabú. Aquella sociedad que hizo creer que el sufrimiento sería premiado con un futuro idílico que nunca llegaba. Una cultura de la contención de aguantar que solo terminaba traduciéndose en la sensación de años perdidos.Hoy, las redes sociales están renovando maneras de opresión. También en los cánones físicos. Siempre jóvenes, siempre fibrados, siempre bronceados. Los chicos, también. O nadie tendrá likes. Hemos ejercido la igualdad al revés, que reflexionaba Carmen Martín Gaite hace cuarenta años: "Para este viaje no hacían falta estas alforjas". Desde la inspiración en ese ayer reciente, cuando todavía no existía la IA y nos aburríamos rebobinando la película antes de devolverla al videoclub, Cochinas ejerce su revolución en el ahora. Lo consigue desde la artesanía del oficio de las grandes currantes de la interpretación. Curtidas en tantas vidas. Cuánta sabiduría desde la vocación cultural cómo forma de conocer para comprender, cómo manera de elegir vivir siendo en vez de vivir estando. Malena Alterio, Celia Morán, Raquel Pérez, Celia de Molina, Esperanza de la Encarnación, Aina Picarolo… No entran en ningún molde y, a la vez, entran en cada molde que se propongan. Y a nosotros nos ayudan a conectar con otros mundos que están en este y que, al rato de ver unos cuantos capítulos, acabas percatándote de que son la causa de nuestras consecuencias. Así Cochinas termina transformándose en una sencilla que no simple catarsis de emociones. Carlos del Hoyo e Irene Bahoyo han ideado un arco narrativo que muestra lo que no se solía contar bien. Tal vez porque se olvidaba la diversidad de la calle que no siempre se muestra en unas series tejidas a retales de “perfiles” y “cuotas” de personajes tan prefabricados que, en ocasiones, hacían honor a la palabra ficción. Más todavía en el enfoque de la sexualidad, moldeada desde el ojo de hombre heterosexual. Cuando Nines veía la tele de joven, la mayoría de las mujeres guionistas eran relegadas a los programas infantiles. Con suerte. Mismos tiempos en los que se creó la Cerdita Peggy, que nunca permitía que la callaran los que la trataban con condescendencia. Ahora sí, de repente, capto ciertos vínculos entre referentes inesperados...