A fines del siglo XIX y a modo de premonición, Nietzsche afirmó que el “superhombre” del futuro sería el humano mejor asistido por la tecnología. Hoy esa anticipación parece cumplirse y quizás de un modo funesto. La inteligencia artificial ya organiza los hábitos cotidianos, la memoria, las relaciones afectivas y también el discurso público, la política, la guerra. Hay quienes afirman que reemplazará el trabajo humano, mientras a nivel global crecen la desigualdad y la deshumanización. Frente a esto y a 135 años de la formulación de la justicia social como principio ordenador de la vida en común, León XIV presentó su primera encíclica Magnifica humanitas. Aquí la inteligencia artificial aparece como el nombre técnico de la disputa más antigua de todas: quién decide la forma de la vida común. La pregunta es quién la gobierna y, fundamentalmente, desde qué intereses. Si en Laudato si’ Francisco había denunciado el paradigma tecnocrático, es decir, esa racionalidad que convierte la creación en objeto disponible y la persona en material de cálculo. León XIV toma esa herencia y la traslada al núcleo del presente: ¿se puede desarmar esta lógica aparentemente implacable de datos, algoritmos y automatización que trajo la IA?
Reconstruir Jerusalén en medio de Babel
¿Se puede desarmar esta lógica aparentemente implacable de datos, algoritmos y automatización que trajo la IA?












