Donald Trump es un hombre dado a abusar del adjetivo histórico. Pero, en el 2020, cuando empleó ese término para referirse al pacto suscrito entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin para normalizar sus relaciones, nadie podía acusarle de caer en la hipérbole.
Desde el tratado de paz jordano-israelí de 1994, no se había alcanzado un logro diplomático de este calado: dos países árabes reconociendo al Estado israelí.
Aquella fue la primera piedra de los acuerdos de Abraham, la iniciativa con la que el presidente estadounidense quería construir “un nuevo Oriente Medio” en el que reinara la estabilidad. Un proyecto que constituyó uno los grandes hitos en política exterior del primer mandato de Trump, y al que ahora el magnate busca dar un nuevo impulso.
Para sorpresa de todos, el republicano está intentando vincular los acuerdos de Abraham a las negociaciones de paz con Irán. Quiere que, como parte de los esfuerzos para poner fin a la guerra, más países musulmanes –entre ellos, Arabia Saudí, Qatar, Turquía y Pakistán– establezcan lazos con Israel. “Debería ser obligatorio”, afirmó el pasado lunes en un mensaje en Truth Social. “Creo que esos países nos lo deben”, insistió dos días después.












