PARIS.- Este sábado 30 de mayo, París ha perdido a uno de sus mayores encantadores. Julio Le Parc, pionero del arte cinético y óptico, falleció a los 97 años en la ciudad que fue su hogar durante más de seis décadas. Nacido en 1928 en Palmira, Argentina, eligió la capital francesa en 1958, transformando su exilio en una reinvención artística radical. París no fue solo su lugar de residencia: fue su laboratorio, su patio de recreo y su campo de batalla para una revolución estética y social.Su fallecimiento, tras un declive progresivo de su salud, marca el fin de una era para el arte contemporáneo. Sin embargo, su legado permanecerá vivo, vibrante y casi tangible en las calles, los museos y los talleres de la ciudad. Porque Le Parc no solo vivió en París: iluminó sus sombras, desestabilizó las certezas y reinventó la manera en que miramos el mundo.Cuando ardió Notre Dame, Julio Le Parc le escribió un poema a su querida catedralJulio Le Parc desembarcó en París en 1958, a los 30 años, con una beca del gobierno francés en el bolsillo y una sed de modernidad insaciable. Huía de una Argentina sumida en la inestabilidad política (Perón había sido derrocado dos años antes), pero, sobre todo, buscaba la vanguardia. En Buenos Aires, ya había sido marcado por dos eventos fundacionales: el descubrimiento, en 1955, de la exposición de Victor Vasarely en el Museo Nacional de Bellas Artes, y la lectura de los escritos de Piet Mondrian, cuyas teorías sobre la abstracción y la deconstrucción de la forma resonaban con sus propias investigaciones.París le permitió reencontrarse con Vasarely, pero también con Denise René, la mítica galerista que, desde su galería en la rue La Boétie, defendía el arte abstracto y cinético. Fue ella quien, en 1955, organizó la exposición Le Mouvement, acto fundacional del arte cinético. Le Parc llegó demasiado tarde para participar, pero absorbió su espíritu: el arte debe moverse, interactuar y sorprender.Fue en París que Le Parc abandonó la pintura tradicional. Se acabaron para el los lienzos estáticos y las obras maestras intocables. El talentoso artista se volcó hacia la luz, el movimiento, el color puro y, sobre todo, hacia el espectador. Para él, la obra de arte no era un objeto para contemplar pasivamente, sino una experiencia para vivir.Su primer taller parisino fue un laboratorio de experimentación: trabajó con modulaciones de color y juegos de transparencias con Plexiglás, exploró la visión periférica, invitando a la mirada a perderse en ilusiones ópticas, creó sus primeras obras cinéticas, donde elementos móviles (láminas, hilos, discos) captan la luz y la transforman en espectáculo.En 1960 cofundó el GRAV junto a artistas argentinos y franceses, entre ellos François Morellet, Horacio García Rossi, Francisco Sobrino, Joël Stein e Yvaral. Ese colectivo, a menudo apodado “los nietos de Denise René” por el crítico Pierre Restany, iba a romper todos los códigos del arte moderno.Su manifiesto, “Assez de mystifications” (Basta de mistificaciones, 1963), fue un auténtico terremoto: “Queremos una desmitificación del arte. La obra debe ser accesible para todos, no solo para las élites. El espectador ya no es un simple observador, sino un participante activo”, aseguraban.El GRAV ocupó los espacios parisinos con una audacia sin precedentes: en 1963 lanzaron Labyrinthe, una estructura colectiva de metal y espejos, que se presentó en el Museo de Bellas Artes de Vannes y luego en la Bienal de París, en 1965, el grupo participó en The Responsive Eye, en el MoMA de Nueva York, pero fue en París donde su trabajo encuentra a su público natural; en 1966, Le Parc ganó el Gran Premio Internacional de Pintura en la Bienal de Venecia, una consagración que consolidó su estatus como figura clave del arte cinético.Su enfoque democrático y subversivo causó revuelo. Tanto que en mayo de 1968 fue expulsado de Francia por su participación en el Atelier populaire des Beaux-Arts, donde imprimía carteles revolucionarios junto a estudiantes y obreros en huelga. Su expulsión solo duró cinco meses ya que, gracias a las protestas de artistas e intelectuales, pudo regresar a París para retomar su lucha: el arte como herramienta de liberación.En 2013, el Palais de Tokyo le dedicó una retrospectiva monumental de 2.000 m², su primera gran exposición monográfica en Francia en 40 años. Le Parc tenía entonces 84 años. La exposición fue un éxito de crítica y público. Jean de Loisy, entonces director del Palais de Tokyo, declaró entonces: “Hace unos años, visitando una exposición en Washington, me di cuenta de que este artista no había sido visto en un gran museo francés en cuarenta años, a pesar de que los conservadores extranjeros lo consideran una figura fundamental del arte francés”.Aunque Le Parc rechazó una exposición en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de París en 1972 (por considerarla demasiado institucional), sus obras son hoy inseparables de las colecciones del Centro Pompidou. En 2013, el museo presentó Une galerie dans l’aventure de l’art abstrait, 1944-1978, donde sus trabajos convivían con los de Vasarely, Soto y Morellet.Para la Noche Blanca de París, en 2013, Le Parc intervino el Obelisco de la Plaza de la ConcordiaGentileza Yamil Le ParcEn octubre de 2012, Le Parc obsequió a París una obra maestra: para la Nuit Blanche, iluminó el Obelisco de la Place de la Concorde con una danza de luz hipnótica. Sinuosas estelas luminosas envolvieron el monumento, transformando la plaza en un teatro óptico gigante.Esa misma noche, presentó Lumière en vibration en el Espace Beaugrenelle, confirmando su estatus de maestro del arte público.Tras años en distintos talleres de París, Le Parc se instaló en Cachan, en el sur de la periferia parisina. Ese lugar, poco conocido por el gran público, se convirtió en su santuario creativo. Su taller, ampliado y renovado para sus 80 años, alberga obras monumentales, maquetas y archivos valiosos. Allí recibe a sus hijos (entre ellos Yamil Le Parc, quien se convertiría en su colaborador y comisario de exposiciones), a sus nietos y a artistas en residencia. Allí concibió sus últimas grandes instalaciones, como Sphère rouge mobile (seis metros de diámetro, presentada en Art Basel en 2011).En Cachan, Le Parc llevó una vida sencilla y discreta, lejos de la vida social de la élite. Allí crió a sus tres hijos (Juan, Yamil y Gabriel) junto a su esposa, Martha Le Parc (también artista, fallecida en marzo de 2025). No obstante, a pesar de haberse establecido en Francia, mantuvo un vínculo visceral con Argentina, adonde regresaba regularmente y donde fundó el Centro Cultural Julio Le Parc en Mendoza.Pero Julio Le Parc no solo marcó los museos parisinos, también transformó el espacio público de la capital en un campo de experimentación artística. Sus obras también forman parte de las colecciones permanentes de los museos más importantes de París, como en Centro Pompidou, el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de París o la Fundación Cartier.Su trabajo y su militancia inspiró a generaciones de artistas, desde Paco Rabanne (quien confesó haberse inspirado en sus investigaciones para sus creaciones metálicas en los años 60) hasta los artistas digitales de hoy.“Si un espectador se da cuenta de que las obras expuestas lo tienen en cuenta, de que le ofrecen algo, quizá podrá decir después: ¿por qué en otros lugares no recibo esto?”, solía decir el inmenso artista.Homenajes póstumosCon su desaparición, París pierde a uno de sus últimos grandes revolucionarios artísticos del siglo XX. Y los homenajes no se han hecho esperar: la Tate Modern de Londres, que tenía previsto dedicarle una gran retrospectiva a partir del 11 de junio de 2026, ha anunciado que mantendrá la exposición en su honor; el Palais de Tokyo y el Centro Pompidou están planeando homenajes póstumos y, tal vez, la alcaldía de París podría volver a iluminar el Obelisco en su memoria.En este mundo convulsionado, sus ideas —el arte como experiencia, la participación del espectador, la democratización de la cultura— resuenan hoy más que nunca en un planeta donde el arte interactivo e inmersivo es el rey. “No quiero que mis obras sean objetos de lujo para coleccionistas ricos. Quiero que lleguen a la gente, que les hagan pensar, que les hagan moverse”, decía."La rebelión de la línea": exposición conjunta de Le Parc y Pablo Reinoso en París, en 2023Gentileza Alberto CarballidoEl artista argentino Pablo Reinoso señaló hoy “el inmenso legado, acuñado a lo largo de casi un siglo de vida y trabajo” que deja Le Parc. Decía a LA NACION en la despedida que su amistad lo llenó de alegrías y de enseñanzas. “En lo cotidiano era imposible hablar con Julio sin ponerse a jugar, a hacer esos chistes típicamente argentinos donde la ironía y la astucia están en emboscada del descuido del que no los entiende. Había que ser rápido para no caer en sus trampas. Hasta en los momentos más complejos que atravesó con problemas de falta de oxígeno, lo que salía de su voz cada vez más apagada era un chiste”, recuerda. Y continúa: “En mi jardín secreto están aquellas veces donde nos íbamos a dibujar árboles en los parques. También sé del profundo respeto y cariño que ha tenido por mi obra, lo que para mí ha sido un honor profundo. Hace unos años hicimos una pequeña exposición juntos, donde él propuso que nuestras ondulaciones se encuentren. Todos esperábamos este desenlace, pero de tanto verlo ir zafando de la parca me había acostumbrado a que nunca ocurriera”, cerró con un “optimismo siempre”, frase que adoptó del legendario artista.Julio Le Parc vivió París como nadie. Descifró sus luces, desafió a las instituciones y volvió a encantar sus calles. Su París no era el de las postales, sino el de las experimentaciones, las revueltas y los encuentros improbables: entre un exiliado argentino y una galerista visionaria, entre un taller en Cachan y las salas del Palais de Tokyo.Esta semana, mientras la ciudad llore su partida, su espíritu seguirá presente. En el destello de un obelisco, en el movimiento de una lámina metálica, en la sonrisa de un espectador asombrado ante una obra que parezca cobrar vida, Le Parc nunca dejará París.Arte y CulturaParís
París pierde al mago de la luz: Julio Le Parc reinventó la manera de mirar al mundo
La capital de Francia no fue solo su lugar de residencia: fue su laboratorio, su patio de recreo y su campo de batalla para una revolución estética y social











