Corría el verano de 2020 cuando me contactó un colaborador de José Miguel Contreras para organizar un encuentro. Quería presentarme a su compañero porque consideraba que los enfoques de mis informaciones sobre sus maniobras en Radiotelevisión Española –como proveedor– eran injustas. El encuentro fue agradable, sin reproches ni sobresaltos, con exposición de anécdotas, de vida y obra; y de proyectos para el futuro inmediato. Hay quien no es capaz de resistir una conversación de este tipo sin azotar a la contraparte con una sinceridad innecesaria. Esa gente es poco inteligente y tosca. Los buenos modales, la cara sonriente y las respuestas asertivas son parte del uniforme de trabajo —por su parte y por la mía— y los reproches son señal de imbecilidad cuando toca dialogar. Contreras (Madrid, 1958) es alguien capaz de persuadir en una conversación, especialmente a los neófitos o a los que están dispuestos a dejarse convencer porque esperan algo de él. Es alguien con labia y con una evidente capacidad para moverse en dos de los terrenos más farragosos de la España contemporánea, como son el de la política y el de la producción audiovisual. Es un personaje que tiene algo de barojiano, de listillo y persuasivo, con cierta habilidad para la conspiración y la creación de alianzas inesperadas. Quienes le conocen son conscientes de los incontables esfuerzos que ha dedicado durante su vida profesional a todo aquello relacionado con la mejora estatus, bien a través de la forja de relaciones con el poder político; o bien mediante la pugna por puestos que otorgaban cierta influencia: desde el de catedrático universitario hasta el de director editorial de un grupo de medios. Me contó que uno de sus hermanos residía en Estados Unidos y le enviaba cintas de vídeo con los programas más populares de la televisión de aquel país. Así descubrió que las series que se emitían al otro lado del Atlántico disponían de una estructura narrativa muy diferente a la de los productores españoles. Allí había tramas que duraban una temporada y personajes que ganaban y perdían relevancia al inicio y al final de cada una. ¡Eureka! Fue así como moldearon la exitosa Médico de familia, que realizó junto con sus socios de Globomedia y que hizo a sus productores ganar un buen dinero. Se hicieron de oro. Miguel Barroso y José Miguel Contreras conformaron Los Migueles, un dúo desigual, pero de mucho peso, con la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero a Moncloa. Es imposible entender el cambio de tono que se aplicó a España en aquellos años –el PSOE se alejó del felipismo-- sin detenerse a analizar la transformación mediática que se apadrinó desde el Palacio de la Moncloa, con Barroso como Secretario de Estado de Comunicación y Contreras, al mando de su principal proyecto televisivo: la creación de LaSexta. Existe una ley no escrita en este país empobrecido: Contreras siempre gana Pocos años después, a principios de la década de 2010, Antena 3 compró este canal dentro del proceso de consolidación del sector. La gestión del equipo directivo de Contreras había sido arriesgada. Tanto, que en el momento de su venta adeudaba algunas decenas de millones de euros. Su influencia política se redujo de forma drástica después de esta operación y de la salida de Rodríguez Zapatero de Moncloa. Pese a todo, no fueron malos tiempos. En 2015, Mediapro compró la participación de los cinco socios de Globomedia —uno de sus grandes competidores en la producción audiovisual en España— y a todos ellos les correspondió una cuantiosa suma. Existe una ley no escrita en este país empobrecido: Contreras siempre gana. Sobre el libro y el autor: El 31 de mayo de 2018, José Luis Ábalos subió a la tribuna del Congreso para defender la moción de censura del PSOE y citó una frase de la sentencia del caso Gürtel: el PP había diseñado "un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional mediante la manipulación de la contratación pública". Su compromiso y el de Pedro Sánchez era adecentar la vida pública española. Han pasado ocho años. ¿Lo han conseguido? Rotundamente no. Desde su llegada al poder, Sánchez ha tejido una tela de araña que atrapa a militantes, medios de comunicación, jueces, fiscales y empresarios. Las operaciones sobre Indra, Telefónica, RTVE, Prisa o la Agencia EFE no son accidentes de gobierno: acreditan un método invasivo, sistemático y poco tolerante con la discrepancia. Por el camino han surgido casos de corrupción que alcanzan a algunos de sus ministros, a su mujer y a su hermano. No es mala suerte. Es la lógica inevitable de un poder que confunde lo público con lo propio. Este libro, titulado Extraños compañeros de trama: Corrupción, nepotismo, dinero y puñales en la Corte sanchista (Deusto, 2026) y escrito por Rubén Arranz, periodista de El Confidencial, es el mapa de esa red. Y un recordatorio de que la corrupción que más daña no siempre tiene nombre en el sumario. Arranz (Valladolid, 1985) está especializado en medios de comunicación y en el análisis de las conexiones entre los poderes periodístico, económico y político. En sus casi 20 años de trayectoria periodística, ha trabajado en la Agencia EFE, Vozpópuli y El Independiente. En 2022, publicó su primera novela, Perro come perro (Círculo de Tiza). Lejos de jubilarse o dedicar sus días a las tertulias televisivas tras la venta de Globomedia, en 2018 montó una empresa audiovisual junto a algunos socios. La llamó LACOproductora y a partir de ahí comenzó a maquinar para hacer crecer el negocio. No hicieron falta grandes estudios de mercado: en junio de ese año, triunfó la moción de censura de Pedro Sánchez y comenzó el proceso de toma de control de RTVE, donde el PSOE logró situar –con el apoyo del bloque de investidura– a Rosa María Mateo como administradora única y rodearla de periodistas afines, como Fran Llorente, quien había sido jefe de informativos durante la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero en Moncloa. Un antiguo directivo de la televisión pública me telefoneó unos meses después de aquel verano de cambios para confesarme su sorpresa por algo que acababa de vivir. –Te llamo porque me acabo de quedar de piedra.