Un señor de mediana edad anuncia, en mitad de una celebración, que apenas ha prosperado en la vida. La confidencia, que nadie ha pedido, asoma desafinada en el curso del encuentro y no suscita el mayor interés. La indiferencia del grupo hace que el señor de mediana edad se reserve una segunda reflexión, que en realidad no pretendía ser más que una prolongación de la anterior, y que abunda en el hecho de que, habiendo sido incapaz de prosperar, esto no le había impedido alegrarse de los triunfos ajenos. Y piensa entonces en todos los brindis que ha hecho: brindis por ascensos, oposiciones y pisos nuevos; brindis por divorcios, ecografías y coches eléctricos. Todo eso piensa el señor de mediana edad, en cuyo regazo, por cierto, ha sido depositado un recién nacido, motivo de celebración, que se mueve ingrávido y concita toda su atención. Es entonces cuando le asalta la duda. Acostumbrado a poner en valor el merecimiento de un ascenso, la estabilidad de un empleo o la distribución de un apartamento, qué se dice cuando es un hijo lo que llega. Y como no tiene ni idea, improvisa: "Este niño ha sido indudablemente bien concebido". Un comentario a todas luces aleatorio, profundamente inane y de una trivialidad que desarma, lo que para los presentes no deja de ser la constatación de por qué el señor de mediana edad no ha prosperado en la vida, y que él, en realidad, ha pronunciado para evitar hacer consideraciones estéticas acerca del muchacho, algo que considera de mal gusto y que además podría comprometer su relación con los padres, dado que el niño es bastante feo, tanto es así que le recuerda a una suerte de gremlin despeluchado de cabeza oblonga. Pero si dejara a un lado lo estético, piensa, y valorase exclusivamente su funcionalidad, la cosa no mejora. Pues le consta al señor de mediana edad, dada su cercanía con los progenitores, que en realidad forma parte de un proyecto de familia que hace aguas, concebido para darse una segunda oportunidad, como una patada hacia adelante sentimental, un a ver qué pasa con lo nuestro.La madre le retira el niño con gesto seco, como si intuyera lo que piensa.