Hoy estamos obligados a reconocer que la esclavitud no ha desaparecido de nuestra realidad; ha cambiado de forma, de lenguaje y de mecanismos de control, pero sigue existiendo entre nosotros.

Por Mario Luis Fuentes.

El concepto de esclavitud pareciera propio de épocas pasadas y superadas: se asocia normalmente con las plantaciones coloniales, con los mercados trasatlánticos de seres humanos, con los sistemas jurídicos que permitían la crueldad de la propiedad de una persona sobre otra. Sin embargo, hoy estamos obligados a reconocer que la esclavitud no ha desaparecido de nuestra realidad; ha cambiado de forma, de lenguaje y de mecanismos de control, pero sigue existiendo entre nosotros.

La investigación periodística reciente de Marcela Turati y el equipo de Quinto Elemento Lab nos debe llevar al reconocimiento de que en nuestro país, más allá de las políticas públicas y de los marcos legales, la esclavitud sigue siendo una herida abierta.

Lo que estas historias revelan es una larga cadena de delitos y desnudan la operación de un sistema de explotación humana que se alimenta de la desigualdad estructural. Los grupos criminales no captan personas al azar. Buscan a quienes habitan los márgenes de la sociedad: quienes tienen hambre, quienes carecen de empleo digno, quienes enfrentan exclusión educativa, quienes viven en comunidades indígenas abandonadas por el Estado o quienes migran en busca de una oportunidad para sobrevivir.