Metro de Madrid. Un día cualquiera. Pasajeros en silencio mirando cada uno su móvil. De pronto, una voz:“¡El mundo está en caos, en desorden, está en necesidad, y lo único que necesita es… JESÚS!”. Xavier Cervera / ArchivoEs un hombre joven, de pie en un extremo del vagón. Nadie reacciona.Más fuerte: “¡Necesitas a Jesús! ¡Dios te ama!”.Una segunda voz: “¡Dios ama a cada una de las personas que estamos aquí!”. Es otro joven, situado un poco más allá.Ambos a coro: “¡Él es grande, Él es maravilloso, Él es extraordinario! ¡Dios te ama, Dios te ama, DIOS TE AMA!”.Tercera voz, de pronto, secamente: “¿A mí qué me importa si me ama?”.Silencio incrédulo. El que ha hablado es un pasajero sentado. La gente le mira prudentemente, de reojo.Los predicadores suben el volumen: “¡Necesitas a Jesús! ¡Dios te bendiga!”. “¡No voy a callar!”, replica el pasajero. Se levanta. Es un hombre de unos cincuenta años. Se encara con ellos: “¡No voy a callar! ¡No quiero tu verborrea!”. Los otros dos, a grito pelado: “¡YO TE AMO, YO TE AMO…!”.Me sorprendió leer a una mujer que recordaba lo mucho que disfrutó, llegando a Madrid en los ochenta, la animación del metro“Si me amas, ¡no me molestes!”, bufa el pasajero malhumorado. Y aquí termina el vídeo. Que se ha hecho viral, naturalmente.De los muchos temas de reflexión que sugiere esa escena pintoresca, yo me quedo con uno: el silencio. Yo he celebrado la aprobación de normas contra el ruido callejero, la existencia de “vagones silencio”. Pero me sorprendió, hace poco, leer a una mujer que recordaba en Instagram lo mucho que disfrutó, llegando a Madrid desde un pueblo en los ochenta, la animación del metro, el contacto entre desconocidos. Ahora todo es silencio, lamentaba: indiferencia y pantallas.Un artículo de mi admirado colega Antoni Puigverd en estas páginas (“Islas sin archipiélago”, 11/V/2026) completó la reflexión. Señalaba que la izquierda actual, “altiva y universitaria”, ya no confraterniza en ateneos, casas del pueblo, asociaciones de vecinos. Y ese calor emocional que dejó de lado lo ofrecen ahora las comunidades evangélicas.Podemos poner en duda que sea desinteresado, o auténtico, un “amor” que nos intentan empapuzar a gritos en el espacio público. Pero lo que está claro es que si ese espacio, el de todos –y no me refiero solo al metro–, lo vaciamos, como lo estamos vaciando, de conversaciones y pensamiento compartido, de emociones y de fraternidad, alguien lo va a llenar, con lo que sea.
Vagón silencio, por Laura Freixas
Metro de Madrid. Un día cualquiera. Pasajeros en silencio mirando cada uno su móvil. De pronto, una voz: “¡El mundo está en caos, en desorden, está en necesidad, y lo único que necesita es… JESÚS!”. Es un hombre joven, de pie en un extremo del vagón. Nadie reacciona. Más fuerte:...









