OpiniónUn equipo bajo el control de un fondo de inversión jamás será competitivo en un contexto en el que a sus rivales sí los motiva la gloria.29.05.2026 17:35 Actualizado: 29.05.2026 17:35 La más reciente crisis deportiva de Millonarios refleja algo más que malas decisiones.Es la consecuencia de la consolidación de un modelo de gestión basado exclusivamente en el afán de lucro. Caso similar al de equipos como Manchester United de Inglaterra, Valencia de España y Milan de Italia.Esta historia comienza en 1946 con la fundación del Club Deportivo Los Millonarios, entidad sin ánimo de lucro. En sus inicios y hasta 2011, cuando la antigua razón social entra en fase definitiva de liquidación, el club bogotano no era un negocio (al menos formalmente). Lo financiero estaba subordinado a lo social y deportivo. Y esto es clave.Cuando en 2011 la marca y la ficha —el derecho a hacer parte de los torneos de la Dimayor— pasan a manos de una sociedad anónima, Azul y Blanco, se da el primer gran cambio. Pero el más trascendental ocurre tres años después, cuando un fondo de inversión, Amber Capital, representado en Colombia por Blas de Lezo Inversiones S.L., asume el control luego de convertirse en accionista mayoritario. Es aquí cuando tiene lugar una ruptura profunda y cuyas consecuencias más severas solo hoy salen a flote, diez años después.Antes, un poco de historia y contexto: desde la llegada del profesionalismo en 1948, los equipos colombianos fueron en su mayoría propiedad de personas acaudaladas y con un nivel importante de reconocimiento. Hasta bien entrado este siglo, que es cuando se consolidan los canales y contactos que van a permitir la exportación de jóvenes talentos a otros mercados, eran entidades sin ánimo de lucro con las que sus propietarios buscaban alegrías personales, reconocimiento social, validación de su entorno y cierto capital político. Una constante que con matices importantes se mantiene hasta hoy. Detalle no menor: Junior, Tolima, América, Santa Fe y Nacional funcionan hoy bajo modelos en los que las ganancias y la gloria deportiva pesan igual como incentivo.Pero antes hay que observar otro cambio, relacionado con los actores del espectáculo. También desde el comienzo del profesionalismo, los niños que comenzaban a amasar la ilusión de ser estrellas tenían en mente, sobre todo, alcanzar fama y reconocimiento. ¿Enriquecerse gracias a su talento? Seguro que también, pero esta motivación se codeaba con las otras mencionadas o estaba incluso subordinada. Venía por añadidura.Hoy, en tiempos de exhibicionismo en redes, de exaltación de la trayectoria individual como valor supremo de nuestra sociedad, esto cambió. Una ambición respetable y comprensible, pero no por ello exenta de ser cuestionada, entra en escena y los jóvenes comienzan a pensar primero en asegurarse su futuro y el de varias generaciones más que en graduarse de ídolos. Es el caso de Jhon Jader Durán, cuando decide abandonar el Aston Villa, donde era figura, por una oferta multimillonaria del Al-Nassr de Arabia Saudita.Y cuando confluye esta realidad con una cultura organizacional en la que también el afán de lucro es absoluta prioridad, se llega a la crisis que hoy vive Millonarios. Comienza a perder espacio la mística que en fútbol se llama también jerarquía. La ambición es ante todo económica; la de gloria y éxito deportivo pierde terreno y amenaza con convertirse en un pasivo con impacto en las cuentas que anualmente revisan en Europa.Porque una de las fuentes de ingresos con mayor potencial de crecimiento que tiene Millonarios son las transferencias. Abonos, patrocinios y mercadeo, los restantes rubros importantes, tienen un techo. Esta no. Y si hoy hay interesados en invertir en clubes colombianos para obtener ganancias es por el enorme potencial que tiene el negocio de vender jugadores. Es atractivo por la materia prima y porque los clubes son en su mayoría de papel, no cuentan con infraestructura —con dos o tres excepciones— y en esa medida su operación no exige mayores erogaciones. Al contrario de otras latitudes donde el pulimento de un talento inicia a muy temprana edad y exige inversión en la formación integral de la persona (educación, nutrición, fundamentos para el juego), en Colombia la cosa suele limitarse a buscar talentos adolescentes en la periferia —sobre todo regiones pacífica y caribe—, traerlos a las ciudades, acompañarlos tímidamente en su formación por unos pocos años mientras viven las llamadas casas hogar en condiciones austeras y, tan pronto muestran condiciones, de una vez ponerlos en la vitrina. Es decir, a debutar en primera. Y entonces a rezar para que venga una seguidilla de buenos partidos que seduzcan a un club foráneo que ofrezca un puñado de dólares por sus derechos.Y cuando esto confluye con una institución volcada a producir rendimientos es que llegamos a un escenario como el que hoy sufre Millonarios.¿Que jugadores y directivos quieren títulos? Obvio. Seguro. Pero hay que entender que bajo esta lógica la necesidad de plata eclipsa casi por completo el afán de una gloria sujeta siempre al azar propio de la competición deportiva.Y es que Amber compró a Millonarios no para tener una razón para vivir ni para tener una fuente de brillo para sus opacas tardes de domingo, sino porque es un fondo de capital cuyo fin único en esta tierra es multiplicar el dinero. Y, al mismo tiempo, los juveniles cuya venta permite esta multiplicación cargan casi todos con una historia familiar de enormes, colosales carencias que los lleva, con toda la razón, a decir sí a todo cuando surge la primera oferta concreta de transferencia. Sumemos que están también completamente encandelillados —como hoy lo estamos todos— por los espejismos de éxito individual que se proyectan en Instagram. ¿Qué pasa entonces? En la búsqueda de talentos y en la formación de nuevos valores se privilegian los biotipos que, se sabe, tienen buen mercado afuera. También a la hora de contratar a los ya formados en otros clubes, pero que suponen una oportunidad de negocio. Y ejemplos hay decenas en los últimos meses.En suma: hay prisa, hay afán. Además, Amber y su dueño están entre quienes juegan con prudencia en los mercados. O al menos en Millonarios, como en Lens y Zaragoza —recién descendido a tercera—, no es donde van a apostar duro y a arriesgar. Aquí el leitmotiv es la tinta negra en los balances, bastante más que el dorado de las estrellas. O plata o gloria, hay que escoger.FEDERICO ARANGO(Lea todas las columnas de EL TIEMPO, aquí) Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. 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O plata o gloria, hay que escoger
Un equipo bajo el control de un fondo de inversión jamás será competitivo en un contexto en el que a sus rivales sí los motiva la gloria.
















