En los últimos meses, gran parte del mundo sintió los estragos del clima extremo, con olas de calor históricas y patrones de lluvia inusuales. Detrás de muchas de estas anomalías se encuentra un poderoso fenómeno que es mucho más que una irregularidad pasajera: una compleja interacción entre el océano y la atmósfera capaz de dictar el clima de todo el planeta. Se trata del fenómeno de “El Niño”, cuyas versiones extremas hoy preocupan a la comunidad científica internacional.

Las fluctuaciones climáticas asociadas a este fenómeno ocurrieron de forma natural durante miles de años. Los primeros registros formales de estas variaciones de temperatura fueron documentados en 1892 por el capitán peruano Camilo Carrillo, quien detectó una corriente marina cálida en las costas de Perú.

Habitualmente, las aguas del Pacífico frente a Sudamérica son frías, alrededor de 4 °C, y ricas en nutrientes gracias a la corriente de Humboldt. Sin embargo, los pescadores peruanos notaron que, ocasionalmente y cerca de la época de Navidad, las aguas se volvían inusualmente cálidas. Por su coincidencia con la festividad que celebra el nacimiento del niño Jesús, bautizaron esta corriente anómala como “El Niño”.

Décadas más tarde, los científicos nombraron “La Niña” al fenómeno contrario, caracterizado por un enfriamiento anormal de estas aguas.