Durante el ascenso al refugio José Ribas, a más de 4.800 metros de altura en el Cotopaxi, viví uno de esos momentos que se quedan grabados. En la base del volcán me topé con un lobo andino. Y en medio del esfuerzo físico y mental que implica subir una montaña, esa imagen me llevó de inmediato a una vieja idea que sigue teniendo fuerza: todos llevamos dentro dos lobos, y la gran pregunta es a cuál decidimos alimentar.Podemos alimentar al lobo del miedo o al de la valentía. Al de la queja o al del protagonismo. Al de la resignación o al del crecimiento. En el fondo, muchas veces la vida se juega ahí: en la decisión interior de fortalecer aquello que nos impulsa a avanzar. Esa decisión se toma todos los días, en cada pensamiento, en cada conversación y en cada acción.Esa escena también me hizo recordar un cambio importante en la psicología contemporánea. Durante décadas, gran parte de esta disciplina se concentró en comprender las disfunciones de la conducta humana. Pero a partir de los años noventa, con autores como Martin Seligman, surgió con más fuerza una mirada distinta: la psicología positiva, enfocada en estudiar aquello que fortalece al ser humano y le permite crecer.Este giro marcó un antes y un después. La psicología dejó de centrarse exclusivamente en lo que falla para incorporar también aquello que funciona: el optimismo, la resiliencia, el propósito y la capacidad de construir una vida con sentido. Esa mirada se trasladó también al mundo empresarial y al desarrollo personal, impulsando un ecosistema de coaches, mentores y terapeutas que buscan ayudar a otros a pensar y decidir mejor.Esto abre una reflexión para quienes escribimos o influimos con nuestras palabras, para quienes ejercemos liderazgo. También ahí hay una elección. Podemos insistir en el problema, amplificar la queja o profundizar el desencanto. O podemos abrir posibilidades, proponer caminos y aportar criterios que ayuden a avanzar.No se trata de negar la realidad, sino de decidir desde qué lugar nos posicionamos frente a ella. Si nuestras palabras se convierten en un eco de lo que no funciona o en una herramienta para construir algo mejor.Hace algunos años, en uno de mis viajes a Miami, me encontré con una revista de un gran amigo, Roberto Argüello, llamada Vida y Éxito. Su nombre resume bien esta apuesta: escribir sobre lo que conduce al éxito y sobre lo que nos hace más humanos.Hoy, en el Ecuador, necesitamos hacernos una pregunta de fondo: ¿a qué lobo estamos alimentando como sociedad? ¿Al de la división, el pesimismo y el desencanto? ¿O al de la construcción, la responsabilidad y la esperanza?Al final, todos estamos alimentando algo con lo que pensamos, decimos y escribimos. La pregunta sigue siendo la misma: ¿a cuál lobo estamos alimentando? Y más importante aún, ¿estamos ayudando a otros a alimentar el correcto? (O)