Thais Lozano|León (EFE).- Aquel 29 de mayo de 1966 era domingo de Pentecostés y los fieles que asistían a una misa en la Catedral de León se vieron sorprendidos por un incendio que obligó a desalojar el templo y a tomar decisiones urgentes, como la de dejar arder la cubierta para evitar la ruina de las bóvedas por sobrecarga de agua, una medida osada que, sin embargo, acabó salvando la estructura.
De esa forma de actuar en el incendio de la Catedral de León se extrajeron conclusiones técnicas para la lucha contra el fuego en monumentos históricos, como la recomendación de utilizar espuma en lugar de agua para evitar daños estructurales.
Imagen de archivo tomada después del incendio . EFE
Quien tomó la decisión, tal día como hoy hace sesenta años, fue Andrés Seoane, cantero, escultor y delegado de Bellas Artes de León. Su consejo de controlar las llamas en altura, sin apenas agua, impidiendo que pasasen al interior y afectasen a los laterales evitó el colapso del templo, uno de los máximos exponentes del gótico español.
Lo recuerda, en una entrevista con EFE, su hijo José Andrés Seoane, técnico en restauración monumental, que entonces tenía dieciocho años y ya había aprendido el oficio de su padre, al igual que sus cuatro hermanos.







