Los vecinos de las plantas bajas de la ciudad son responsables de que Barcelona se haya convertido este 2026 en la primera capital europea del comercio local. La distinción –creada en el 2023 por el Parlamento Europeo a raíz precisamente de una petición de una entidad de comerciantes local, Barcelona Comerç– reconoce su contribución más allá de la economía local, ensalzando su papel como agentes de cohesión social y de identidad cultural. Y aparte de las iniciativas políticas y la proyección internacional en que se traducirá la capitalidad, es una oportunidad para sacar pecho de un tejido comercial único, que insufla vida a los barrios y que, de tan cotidiano y dado por sentado, no siempre recibe el reconocimiento que merece.La proximidad y la identidad comercial han convertido Barcelona en la capital europea del comercio local en este 2026Aunque el conjunto de negocios de la ciudad es responsable de la distinción, cierto es que hay un grupo de locales que lleva años haciendo barrio y resistiendo a todo tipo de tormentas, viendo crecer el tejido comercial del que Barcelona presume ahora. Para preservarlos y promoverlos, el Ayuntamiento creó tiempo atrás un registro de establecimientos emblemáticos, seleccionados en función del valor histórico de su mobiliario, la decoración, los suelos o la cartelería. Bajo esos criterios, 209 negocios forman parte del catálogo hasta la fecha –160 de los cuales están en Ciutat Vella y el Eixample–, que ahora el Consistorio trabaja en ampliar, amparado por la nueva ley catalana de comercio, que abre la puerta a ir más allá del patrimonio material a la hora de proteger una tienda. El cambio debería reconocer a locales con una actividad singular e histórica que hasta ahora no lograban superar el corte. A la espera de ello, lo que sigue es una ruta deliberadamente descentralizada, que abarca distintos oficios y pone en valor la mirada de quienes mejor conocen y defienden las virtudes que estos negocios aportan. Los botiguers.Uno de los rinconces de la Ganiveteria Roca, en la plaza del PiXavier Cervera / ArchivoSucede a menudo que muchas de estas tiendas pasan desapercibidas para el gran público por estar especializadas, pero son auténticas referencias en su sector. Es el caso de la Boileau, un oasis cultural en el número 287 de la calle Provença que es, además, la editorial musical más antigua de España en activo. La fundó en 1913 el italiano Alessio Boileau, que había llegado a Barcelona para trabajar como grabador y que, en 1904, se instaló en un taller ubicado en el mismo lugar que hoy ocupa la tienda. En aquella época, a fuerza de agujas y martillos, realizaba el grabado de las planchas y podía dedicar un día entero a una sola, de modo que una partitura de 60 páginas llegaba a requerir hasta dos meses de trabajo. Regentada por la nieta del fundador, Yolanda Guasch, explican sus clientes que el verdadero hilo musical de la Boileau es esa paz que uno encuentra nada más entrar.La terraza del Quimet d'HortaQuimet d'HortaPor lo contrario, la banda sonora de la Ganiveteria Roca es la máquina de afilar. Este comercio lleva en la plaza del Pi desde 1916, aunque fue fundado en 1911 por Ramon Roca, y se ha convertido en la referencia de la ciudad en herramientas de corte. Lluís Torrente, gerente del negocio y tercera generación de la familia, explica el rótulo que preside el escaparate, Solingen-París-Barcelona: tres ciudades que son referentes mundiales del oficio. Cuando entra el cliente se encuentra de frente con el mostrador, o lo que es lo mismo, con un dependiente. “Es la manera que tenemos de ofrecer el trato más personalizado posible”, dice Torrente, que insiste en el esfuerzo constante por encontrar el mejor material. Si tuviera que quedarse con un único objeto de los que aquí se venden, elegiría una tijera: “Refleja el uso genérico de todas las casas, todo el mundo tiene al menos una”, asegura.El Quimet d’Horta celebrará el próximo año un siglo de vida como centro neurálgico del barrioEl trajín del Quimet d’Horta (plaza Eivissa, 10) lleva décadas marcando el ritmo del barrio. Joaquim Carlús, el Quimet que da nombre al local, lo fundó en 1927, lo que significa que el año que viene se avecina celebración. Desde el 2002 lleva el timón Josep Lluís Jalmar, hijo del anterior propietario, que a su vez trabajó para el fundador. El interior no ha cambiado demasiado, y el toldo color crema que protege la terraza –pegada a la pared del local y no plantada al medio de la acera– es uno de los elementos más reconocibles. Hay un sentimiento de comer bien que este establecimiento ofrece de modo excelente: si cabe destacar algo de la carta, las ciabattas y la variedad de tortillas gozan de un gran consenso. El barrio ha mutado mucho a lo largo de este siglo, pero la vida sigue (casi) igual en el Quimet d’Horta, toda una institución.Miquel García fotografiado la semana pasada en su tiendaAndreu EstebanLa fachada de la Graneria Sala, en Travessera de GràciaAndreu EstebanTampoco ha cambiado demasiado la Graneria Sala (Travessera de Gràcia, 137), abierta en 1885 por Isidre Sala, que había llegado de Cervera a Barcelona para buscarse la vida con un negocio de frutos secos, legumbres y grano para pájaros. Miquel Garcia, propietario actual con más de cuatro décadas en el negocio, confirma que uno de los productos estrella es la mongeta del ganxet . “La gente lo prefiere a un bistec”, dice, añadiendo desde luego que “de esa calidad no se encuentra en otro sitio”. La mayoría de los clientes sigue comprando a ojo, pero reconoce que esa costumbre se está perdiendo entre los jóvenes. Mientras conversamos, uno se acerca con un paquete de té verde para preguntar para qué sirve. “Será posible...”, murmura el titular. También hay almendra tostada de primera y un olor muy particular –el de la escaiola para pájaros– que Miquel, acaso por la costumbre, dice que ya no percibe: “Cuando vuelvo de las vacaciones, sí”.Fundada en 1891, La Sibèria fue la primera peletería de BarcelonaJoan Mateu Parra / ShootingLa Sibèria tuvo como clientes a personajes como Pablo Picasso, Salvador Dalí o Joan MiróJoan Mateu Parra / ShootingLa peletería La Sibèria (rambla Catalunya, 15), fundada en 1891, fue la primera peletería de Barcelona, y entre sus clientes históricos figuran Picasso, Dalí y Miró, por no entrar en más detalles. Marc Espar Figueras, uno de los propietarios actuales, apunta que la piel “vuelve a estar de moda”. Si hace unos años el perfil de cliente más activo venía de América, ahora es principalmente de Oriente Próximo. Hay una tendencia que se ha asentado: mucha gente acude con pieles heredadas –hablamos de abrigos de la abuela– para reconvertirlas en algo que puedan ponerse sin que parezca que se hayan disfrazado de época.La centenaria joyería Roé, en Sants, ya conoce su cuarta generaciónEn la misma arteria y a solo seis calles por encima, otro emblemático. Francesc Mauri Ciuró, pastelero de Manresa, empezó con un pequeño local en Hostafrancs y más tarde, junto a dos socios, fundó el mítico Núria, en las Ramblas. Vendió su parte y en 1929, con su mujer, tomó lo que entonces era un colmado, en la rambla de Catalunya con la calle Provença, y lo convirtió en el actual Mauri, donde introdujo la pastelería. Las maderas siguen intactas. Aquí no es raro ver por las calles colindantes, especialmente los domingos al mediodía, a familias enteras paseando ricamente con el roscón y el diario bajo el brazo. Este señorial establecimiento, que hoy está en manos de la cuarta generación, ofrece menú del día y dispone de una terracita estupenda para saldar cualquier necesidad con un tentempié; en cuanto al salón de té, es famoso el chocolate con melindros, con todo lo que eso significa en una ciudad que no regala elogios en materia de bollería.Konstantin Kopeikin y Zhanna Kopeikina regentan desde 2024 La Licorera 1932Xavi JurioEn la calle Sants, 41, la joyería Roé cumplió el año pasado un siglo de vida. Francesc y Emilia (Emi) García Roé son hermanos, cuarta generación y copropietarios de un establecimiento donde se han criado. De estilo neoclásico, en las paredes cuelgan obras de Joan Roé, que era pintor además de joyero. El negocio ha cambiado, “porque antes se concentraba en épocas de bodas y comuniones y ahora las ventas se han desestacionalizado”, cuenta Emilia. Entre los materiales que manejan relucen el oro, la plata y los diamantes, y también arreglan relojes. Aquí uno encuentra algunos asiduos de toda la vida, gente de Sants y de otros puntos de Barcelona, cuyos antepasados ya venían a comprar. Asesoramiento, años de confianza y conocimiento del cliente son desde luego sus principales virtudes.Ahí va uno de los más genuinos del Poblenou. La Licorera 1932, en el 91 de la calle Taulat, abrió el día de Sant Ponç (patrón de los apicultores) de ese año y durante décadas fue conocida popularmente como El Loro del 36, por la mascota que se convirtió en seña de identidad del local. Tras la muerte de Julia Cahué en el 2023 –tercera generación de la familia al frente de esta tienda de licores y espirituosos–, Zhanna Kopéikina y su marido, Konstantin Kopeikin, tomaron el relevo con una muy clara premisa: tocar entre poco y nada. Esta pareja, que viene de Rusia, cuenta que ha aprendido el idioma y ciertas costumbres a marchas forzadas, “por respeto a los antiguos propietarios, a todos sus años de historia y al barrio del Poblenou”. La oferta va de vinos nacionales a referencias internacionales para todos los gustos y bolsillos, y sigue siendo posible tomar una copa en el local o llevarse las botellas a casa.Mireia Jufresa posa frente a l negocio familiar, que conserva la farola negra de las farmacias de antañoJoan Mateu Parra / ShootingLa droguería Rovira (Madrazo, 27), abierta desde 1910, hace apenas unas semanas fue distinguida como ganadora nacional de los Global Innovation Awards 2025-2026, un reconocimiento que la sitúa entre las tiendas de productos para el hogar más destacadas del mundo. Ramón Segarra Rovira, el propietario actual, señala como uno de los 30.000 objetos que más llaman la atención a los visitantes el enganyamarits, expuesto en el escaparate: una suerte de batidora manual cuyo nombre viene de la posguerra, cuando las mujeres convencían a sus maridos de haber batido más de un huevo. “Solo a los clientes que tienen a partir de 80 años les suena el nombre”, ironiza Segarra, que constata efectivamente que los que se ahorraron vivir ciertos episodios ya no saben lo que es. Aquí también hallamos cepillos de bigotes o herramientas muy específicas para limpiar mejillones, objetos que difícilmente aparecen en ningún otro punto de la ciudad. El abuelo de Ramón había ejercido de boticario, pues a principios del siglo pasado las droguerías compartían no pocos productos con las farmacias.El solemne interior de la Farmàcia JufresaJoan Mateu Parra / ShootingLa antigua competencia de la droguería la podríamos encontrar pues en el 133 de la calle Comte Borrell. La farmacia Jufresa abrió en 1901, aunque fue una remodelación en 1973 la que le devolvió todos sus elementos modernistas. Mireia Jufresa, hija de los propietarios, nos habla sobre la farola exterior pintada de negro, de la que ya solo existe un ejemplar igual en toda Barcelona, en la farmacia Bolós. Antes de que la cruz roja se convirtiera en el símbolo de las farmacias, ese tipo de farola era la que orientaba a la clientela. El interior es solemne y oscuro (entrar aquí tiene algo de litúrgico) y aún conserva secretamente una colección de botes con medicamentos de principios del siglo XX. Cuando entran arquitectos, se quedan absolutamente prendados –cuenta Mireia–, “aunque más de uno no ha tardado en detectar que el suelo de baldosas es de la reforma del 73”. Siempre hay alguien que sabe demasiado.