Existe el riesgo de hacer sociología barata así que mejor proceder con cautela: da la sensación estos días de que la gente se casa más. O de que, desde luego, lo hace más espectacularmente. Esto último es clave y serviría para alejarse preventivamente de posibles discursos en torno a ese gran repliegue conservador: el hipotético incremento de las bodas estaría relacionado con fenómenos como la moda de la religión o las tradwives solo en la medida de compartir paisaje. Las redes sociales, vaya, quintaesencial teatro de vanidades donde influencers y artistas pop convierten sus enlaces en grandes eventos que acaparan nuestra atención toda vez que forjan un relato aspiracional.

Esta percepción de espectacularidad generalizada y extravagante despliegue de medios es la que reforzaría una idea —el repentino gusto más o menos compartido entre millenials y Gen Z por el casorio— que tampoco precisa del apoyo de cifras estadísticas o inversiones monetarias para asentarse y fructificar. Lo que importa es lo que se ve, lo que vemos. Y esta noción encaja con la propia celebración del matrimonio, ahora y siempre. Una boda no es nada sin sus testigos ni sus invitados. Para que una boda sea una boda precisa que alguien esté mirando y admire una serie de valores. La riqueza y el buen gusto, claro. Si acaso, por qué no, el amor compartido.