Antes de que se pusiera de moda el cine de autor y la convicción de que el director es la auténtica estrella, la gente iba fundamentalmente al cine para gozar de la compañía de actores y actrices que poseían imán y que tempranamente o con el tiempo alcanzaban dimensión mitológica.En la mayoría de los casos ese permanente atractivo duraba mucho y la memoria sigue agradeciendo su recuerdo. Funcionaba la promoción, el marketing (aunque entonces no se llamara así algo que el negocio del cine considera fundamental), pero estaba claro que los espectadores se enamoraban de una gente que poseía algo especial, la capacidad de hipnotizar todo el rato a los mirones. Te enamorabas de su presencia, de su gestualidad, de lo que expresaban, de lo que parecían o sugerían y de lo que tal vez ocultaban. La cámara, tan sabia o caprichosa ella, les quería y ese amor se lo contagiaba a los espectadores. Y vete a saber cómo eran fuera de la pantalla. Daba igual. Solo importaba lo que transmitían en las películas. Encuentro genial la respuesta de Cary Grant a un periodista original que le preguntó su opinión sobre Cary Grant: “Ya me gustaría a mí ser Cary Grant”.Y fiel a mis amores de siempre en el cine, la música o en la literatura, intento averiguar, sin dedicarle excesivo esfuerzo, dónde radica el infinito encanto, arte supremo y capacidad comunicativa de gente que enamora a la juventud de cualquier lugar: Bad Bunny, Taylor Swift, Rosalía. No pillo el punto que los convierte en ángeles. Problema mío, de mi estrechez mental, de una vejez que no ha aprendido nada. Y dentro del cine, flipo con las toneladas de información y culto sobre una actriz llamada Zendaya. Es guapa, de acuerdo. Posee un rostro exótico y una expresividad que puede ser misteriosa, con facilidad para insinuar las tormentas del alma. Pero yo no percibo nada legendario en ella. Al parecer, va a ser la reina en las películas del presente y del futuro. Las chicas se identifican con ella hasta el paroxismo. La desea todo cristo. Pues vale.Ella es la protagonista de El drama. La vi hace tres días y ya me cuesta horrores recordar su argumento. Eso sí, le sobran pretensiones y sofisticación psicológica. Habla de los preparativos de una boda a la que parece bendecir el porvenir. Pero hay zonas oscuras en la dama. Que vienen de la infancia y de la adolescencia. Incluidos instintos homicidas. No siento ni frío ni calor ante la retorcida intriga. Rodada con afanes de retorcida personalidad por el director noruego Kristoffer Borgli. Como me aburro, me da igual el pasado, el presente y el futuro de esta pareja. Y tampoco aguanto a Robert Pattinson, que interpreta a su enamorado, desconcertado y afligido novio.Pero tratando de entender el fenómeno de Zendaya, veo con estupefacción la primera temporada de la serie Euphoria, que dicen las modernas y los modernos que es la bomba. Y alucino con esta corte de adolescentes tarados. Todos están colgados. De drogas, de los putos móviles y de la pornografía en las redes. Algunos follan mucho, aunque de forma muy rara. Abunda el sadismo, el masoquismo, la violencia, el desquiciamiento y la depresión activa o pasiva. Los padres, de clase media acomodada, son igual de tontos que sus vástagos. Y la tal Zendaya, que ya anda embarrada con el fentanilo, todo el rato enloquecida o sufriendo. Hay mucho público al que el tratamiento que ofrece esta serie sobre esta gente tan rarita le parece el colmo de la subversión, el retrato realista y veraz sobre el sexo, las sustancias y la adicción a la tecnología en la que está enganchada cantidad de adolescentes y “joveznos”. Yo no los aguanto. Pasando de ellos. Incluida Zendaya.El dramaDirección: Kristoffer Borgli.Intérpretes: Zendaya, Robert Pattinson, Alana Haim, Mamoudou Athie, Hailey Gates.Género: drama. EE UU, 2026.Duración: 105 minutos.Estreno: 29 de mayo.