En Líbano y en Gaza rige sobre el papel un alto el fuego. Sin embargo, solo en lo que va de semana, el ejército israelí ha declarado “zona de combate” y ordenado el desalojo completo del sur de Líbano, aumentado sus ataques (100 solo el martes, con más de 30 muertos) y avanzado en el país más allá del 6% de territorio que ya ocupa. Mientras, en Gaza y tras incrementar desde hace semanas la intensidad de sus bombardeos diarios, ha retomado los denominados asesinatos selectivos de la cúpula de Hamás. Ha matado a su nuevo líder militar, Mohammed Odeh, a su esposa y a dos de sus hijos, 11 días después de hacer lo propio con su predecesor, Izz al Din al Haddad. Las tropas israelíes controlan ya el 60% de la Franja, tras una nueva expansión unilateral de la que se jacta Benjamín Netanyahu, pese a vulnerar abiertamente el mapa de la tregua. Este miércoles, además —justamente cuando tanto la Junta de la Paz (que preside Donald Trump) como el primer ministro israelí presionaban a Hamás exigiendo su desarme—, el titular de Defensa de Israel, Israel Katz, ha adelantado que aplicará “en el momento y manera oportunos” el “plan de emigración voluntaria”.Ese es el eufemismo de la limpieza étnica que, sobre el papel, prohíbe expresamente el acuerdo de tregua. Katz daba así implícitamente la razón a las milicias palestinas que rechazan entregar cada rifle y pistola a cambio de promesas de futuras retiradas militares y edificios reconstruidos. En el discurso político y mediático de Israel se ha normalizado que el término “alto el fuego” signifique apenas una reducción de las hostilidades, durante la que sigue ocupando territorio y bombardeando a diario mientras exige al bando contrario que cese por completo sus ataques. El resultado: más de 900 muertos en Gaza desde la tregua firmada en octubre de 2025; más de 600 en Líbano desde la del pasado mes de abril. Lo admitió Netanyahu al señalar que había rechazado las dos exigencias de Hezbolá para un alto el fuego: la retirada de las tropas y la fórmula de “calma a cambio de calma”. El acuerdo en Gaza implicaba “la suspensión de todas las operaciones militares, incluidos los bombardeos aéreos y de artillería” ya desde la primera fase. Pero los bombardeos no se han detenido ni un solo día, ni siquiera tras la entrega por Hamás, en enero, del último de los más de 250 rehenes, con o sin vida, que tomó en su ataque del 7 de octubre de 2023. Israel, de hecho, ha aumentado un 20% sus bombardeos en las seis semanas de alto el fuego entre Irán y EE UU, causando 120 muertos; una veintena de ellos, mujeres y niños. Hamás ha ido consolidando su control e imponiendo su ley en el otro 40% de la Franja. Y como Israel y el máximo supervisor del cumplimiento de la tregua —el director general de la Junta de Paz, Nickolay Mladenov— exigen el desarme total de la milicia como precondición para cualquier otro paso, se ha generado un peligroso impasse. Ni la denominada Fuerza Militar de Estabilización ni la policía ni el Gobierno tecnocrático palestino en la Cumbre de Davos han entrado en Gaza, y cada vez se perfila más la posibilidad de una nueva ofensiva israelí.Un amplio margenEn Líbano, el pacto de tregua (que las partes han ido prorrogando desde su anuncio en abril) otorga a Israel un margen de maniobra tan amplio que abarca casi cualquier situación posible. El documento le reconoce el “derecho” a “adoptar todas las medidas necesarias en legítima defensa, en cualquier momento, contra ataques planeados, inminentes o en curso” y subraya, por si acaso, que “no se verá impedido por el cese de las hostilidades”. Es decir, le autoriza a bombardear en la práctica tanto como le permita la Casa Blanca. Y, tanto sobre Líbano como sobre Gaza, Trump ha dicho una cosa al respecto y permitido otra distinta. En la franja palestina, hace ocho meses que decretó, en sus palabras, “el fin de la guerra”. En Líbano, dos días después del cese de hostilidades, escribió en su red social, Truth: “Israel no seguirá bombardeando Líbano. ¡Ya basta!”.Washington es el garante del pacto entre Israel y Líbano, pero en la práctica pacta bajo cuerda con el primero, su gran aliado en Oriente Próximo, cuánto le permitirá vulnerarlo. Hasta ahora aplican de facto un entendimiento: libertad de acción en el sur de Líbano y en el Valle de la Becá, pero sin atacar Beirut (como sí hizo durante las guerras de 2024 y 2025) salvo para bombardeos más precisos contra líderes de Hezbolá. Lo hizo a principios de mes, con el comandante de la fuerza de élite del brazo armado, Ahmed Ali Balout, y Netanyahu aprovechó para presumir en hebreo, ante los suyos, de la carta blanca de la que goza: “[Balout] debió leer en la prensa que tenía inmunidad en Beirut. Bueno, lo leyó”, dijo. Israel tiene prisaEl foco militar en Líbano es también un asunto de prisa y de manos atadas. Prisa porque Netanyahu es consciente de que, de la noche a la mañana, Trump puede sorprenderlo con un acuerdo con Irán que el israelí no desea, que podría obligarlo a parar en Líbano y que quedaría muy lejos de lo que soñaba cuando lanzó esta guerra, junto con EE UU, en febrero.De manos atadas porque el nuevo avance militar israelí no cambia notablemente el equilibrio de fuerzas. Parece más una forma de mostrar músculo a cinco meses de unas reñidas elecciones allí donde Netanyahu puede, dado que Washington le veta actuar masivamente en Irán o Beirut. Líbano es “el premio de consolación que Netanyahu necesita políticamente”, en palabras del comentarista de asuntos militares del diario Haaretz, Amos Harel. La diferencia entre una y otra tregua es, principalmente, de respuesta. En la devastada Franja, las milicias llevan desde 2024 prácticamente sin lanzar proyectiles contra territorio israelí. Sus emboscadas contra las tropas en Gaza son casi anecdóticas. En Líbano, sin embargo, Hezbolá (que se sumó a la guerra en apoyo a Irán) sigue lanzando cientos de proyectiles contra los militares y a las localidades del norte de Israel. El comentarista de asuntos militares del diario Maariv, Avi Ashkenazi, lo definía así este miércoles: “El problema es que todo el mundo está operando actualmente bajo un alto el fuego, pero esta es ‘la guerra del alto el fuego”. Ante su evidente incapacidad para frenar el avance de las tropas, la milicia libanesa se está centrando en atacarlas, sobre todo aprovechando el talón de Aquiles que ha encontrado: lanzarles silenciosos y baratos drones por cable. Ha matado a 10 soldados y a un operario pagado por demoler edificios a toda prisa, por si acaso Trump manda un día parar. El titular de portada del periódico Israel Hayom el pasado día 15 resumía este concepto de tregua: “¿Alto el fuego? La amenaza de los drones en el norte se extiende”.El asunto de los drones ha generado, además, una nueva bronca entre los estamentos político y militar, con Netanyahu afirmando que advirtió hace ocho años de la amenaza, sin explicar qué pasó después (ha gobernado casi todo ese periodo) y sugiriendo que una suerte de Estado profundo obstaculizo sus planes. Las imágenes de soldados de uno de los ejércitos más poderosos del mundo cubriendo vehículos militares con una red (actúa como una tela de araña para evitar que el dron impacte), tratando de atinarlos con armas largas o escapando de ellos a la carrera han causado vergüenza e indignación en el país. DisuasiónPor eso, como a menudo en Israel, una palabra domina estos días el debate: disuasión. Consiste en la ficción de que sus enemigos aún lo atacan porque no ha empleado suficiente violencia como para que teman más el precio de hacerlo. En los últimos meses, el ejército israelí ha desplazado a más de un millón de libaneses de sus hogares; convertido aldeas en escombros (donde los soldados están robando vehículos y otros bienes en las casas abandonadas a toda prisa, según sus testimonios anónimos) y lanzado una brutal oleada de bombardeos para subrayar ―por medio de 160 bombas que mataron a más de 300 personas en 10 minutos el 8 de abril― que Líbano quedaba excluido en la práctica del alto el fuego entre Irán y EE UU.Los ministros de la coalición de Netanyahu compiten sin embargo por la propuesta más maximalista para “disuadir” a Hezbolá de no lanzar un solo dron explosivo más. El ministro de Finanzas, el ultranacionalista Bezalel Smotrich, pide derribar “diez edificios en Beirut” por cada aeronave no tripulada que se dirija contra los soldados. “No se responde a una amenaza estratégica solo con protección, sino cambiando las reglas y la ecuación. No podemos cubrir de redes todo el Estado de Israel ni protegerlo con ametralladoras […] Cobrar al enemigo un precio disuasorio y desproporcionado debe ser parte del esfuerzo para defender a nuestros combatientes”, argumenta. El titular de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, ha ido más lejos al abogar por “retomar una guerra encarnizada” y dejar Líbano a oscuras, cortando el suministro eléctrico. Como en Gaza, que sigue a oscuras tras siete meses de alto el fuego con Israel bloqueando la reconstrucción, como palanca de presión a Hamás y castigo colectivo.
Israel vacía aún más de contenido las treguas en Líbano y Gaza
Netanyahu incrementa los bombardeos, movimientos forzosos de población y asesinatos de líderes de Hezbolá y Hamás ante un posible pacto entre EE UU e Irán












