A falta de directrices, andan las gentes desconcertadas haciendo lo que pueden, que a menudo es el ridículoAgentes de la Guardia Civil abandonan la casa del exsecretario de Organización del PSOE, Santos Cerdán, en Milagro (Navarra) tras un registro.
Villar López (EFE)El Gobierno está tardando más de lo habitual en encontrar un argumentario para afrontar la imputación del expresidente Zapatero. Es un problema porque hay que llenar las horas del llamado análisis, que crecen hacia el infinito y exceden la realidad analizable. Y, sin directrices, andan las gentes desconcertadas haciendo lo que pueden, que a menudo es el ridículo. El frente lunático sugiere conspiraciones, un experto en comunicación ejerce de portavoz autorizado del expresidente y un presentador de la televisión pública insinúa que 10K igual no significaba diez mil sino diez kilómetros, cuando claramente se refería a Joseph K. y sus nueve primos. Se recuerda el respeto a la presunción de inocencia: así que a callar, por lo visto. A continuación se exhiben asombro y profunda tristeza. La sorpresa sorprende, puesto que hace tiempo que circulan informaciones inquietantes sobre Rodríguez Zapatero.Pero da que pensar la teatralización de esa pena. Quien viera en el expresidente un faro moral, ¿no debería sentirse indignado ante la traición a los principios compartidos? Otros lo consideran demasiado ingenuo como para hacer las cosas que figuran en el auto. ¿Alguien que fue siete años presidente del Gobierno de España no conoce los resortes del poder? ¿Un hombre que se pasa los días hablando de ética anda por la vida con semejante despiste? Le engañan hasta creando mecanismos para borrar las huellas. Otro método es una variación de lo que Adorno llamaba la táctica del salami: niegas aspectos menores para destruir la credibilidad del conjunto. La táctica inversa es diluir el caso en generalizaciones. La versión más tosca es “Solo hay indicios y ya veremos, pero los otros (sobre los que no hay ningún indicio) hacen cosas peores”. Una finta más sofisticada señala la necesidad de un rediseño: hay que regular los lobbies (¿?), el papel de los ex (como dice David Mejía, es enternecedor pensar que quien no se siente constreñido por el Código Penal respetaría el estatuto de los expresidentes). Para no hablar del asunto concreto, se amplía la preocupación: el papel de los exmandatarios, instituciones que de pronto nos importan, nuestra naturaleza caída. Pero no hace falta ascender tan deprisa en la cadena del ser: antes me preguntaría cómo se tardó tanto en detectar este grado de corrupción, por qué se considera que la financiación irregular es peor que, por ejemplo, chantajear a funcionarios que realizan investigaciones incómodas, y si tantas presuntas tramas de corrupción no acabarán siendo, en realidad, una sola.Archivado EnOpiniónGobierno de EspañaJosé Luis Rodríguez ZapateroCorrupciónCaso KoldoSantos CerdánTheodor W. AdornoLobbyGobiernoMinisterio de la PresidenciaPSOEPlus Ultra















