El concepto Inmunofitness puede parecer, a primera vista, una idea creativa y sencilla frente a un problema complejo: las bajas coberturas vacunales en los mayores —frente a la gripe, neumococo, coronavirus, herpes zoster...— pese a la creciente evidencia científica sobre los beneficios en salud que aporta la inmunización. La idea de un sistema inmunitario al que “entrenar” con vacunas se promociona así como la mejor vía para un envejecimiento saludable si se acompaña de una vida activa, buena alimentación y descanso adecuado.La estrategia, sin embargo, no está exenta de riesgos si se tiene en cuenta que son las farmacéuticas las que promueven el Inmunofitness, a menudo con campañas publicitarias con el logo de las compañías (en este caso GSK) y una comunicación similar a la de los gimnasios y productos de gran consumo. El peligro, alertan los expertos, está en que estos mensajes dejen de ser vistos como una recomendación sanitaria y sean percibidos como una campaña comercial más. “La confianza en la industria como fuente de información científica es significativamente inferior a la del personal sanitario e instituciones científicas públicas”, expone Celia Díaz-Catalán, socióloga e investigadora de la Universidad Complutense de Madrid. La afirmación se basa en la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología, que desde hace más de dos décadas realiza la Fundación Española para la Ciencia y Tecnología (FECYT) con el apoyo del Ministerio de Ciencia.“Cuando una empresa con interés directo en la venta de vacunas lidera o financia el encuadre del mensaje, se activa el denominado razonamiento motivado. El público reencuadra la información ya no como un consejo sanitario, sino como publicidad. Esto puede degradar la credibilidad, lo que ocurre incluso entre personas sin reticencias previas”, añade Díaz-Catalán. Intentar que las coberturas de los mayores, personal sanitario y embarazadas se acerquen a los niveles de las infantiles, casi siempre por encima del 90%, es un objetivo largamente perseguido por sociedades científicas y administraciones. Los datos del Ministerio de Sanidad muestran que la meta aún queda lejos. Los mayores de 65 años que se vacunan de la gripe son el 58,5%. Del neumococo lo hace cerca del 95% de los niños, pero apenas el 48,4% de los mayores. Y frente al herpes zóster, las comunidades autónomas se mueven entre el 35% y el 50% de la población diana (quienes cumplen 65 y 80 años en la mayoría de ellas).Frente a esta realidad, y también para impulsar ventas, la propuesta del Inmunofitness ha sido muy promocionada. GSK ha liderado la apuesta —con campañas publicitarias, series de televisión patrocinadas...—, pero casi todos los demás fabricantes han abrazado la idea. Aunque la publicidad de fármacos de prescripción médica no está permitida por la legislación, las campañas difunden mensajes y canales que siempre llevan a vacunas concretas.Jaime Jesús Pérez Martín, presidente de la Asociación Española de Vacunología (AEV), expone las razones que explican las menores coberturas de los adultos: “Una es histórica. Las familias llevan décadas vacunando a los niños y tienen muy claro el beneficio porque aún se recuerdan los estragos de la polio y el sarampión. Las vacunas del adulto son más recientes y la percepción del riesgo es menor. En parte porque tendemos a pensar que a nosotros no nos va a tocar. También influye que las del coronavirus o la gripe no evitan siempre la infección, pero sí previenen casos graves y mortalidad”.La AEV organizó la pasada semana en Plasencia (Cáceres) con la Junta de Extremadura y Sanofi el encuentro ForoVax, al que EL PAÍS ha sido invitado y en el que profesionales y administraciones compartieron estrategias para avanzar en la inmunización. En una presentación llamada Inmunofitness en población adulta, Esther Redondo, jefa del Centro Vacunación y Salud Internacional de Madrid Salud, destacó la creciente evidencia que apoya a las vacunas en adultos.“Protegen frente a los patógenos para las que han sido desarrolladas. Pero tienen otros efectos beneficiosos y esto se ha visto más a nivel cardiovascular, con datos cada vez más sólidos. Hace 80 años, los primeros estudios observacionales [que identifican una correlación, pero no demuestran causalidad] nos decían que los picos de los síndromes gripales coincidían con excesos de mortalidad por cardiopatías. Ahora ya podemos afirmar que vacunarse de la gripe previene infartos e ictus”, sostiene esta experta, que también es miembro del Área de Vacunas de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen).Nuevos estudios observacionales han detectado ahora otra correlación prometedora: los aparentes beneficios de algunas vacunas frente al alzhéimer y la demencia. “Es una hipótesis cada vez mejor respaldada: algunas vacunas podrían proteger al cerebro al reducir la inflamación, reactivaciones virales y eventos sistémicos que aceleran el deterioro cognitivo. La del herpes zóster es el caso más convincente. Una publicación en Nature muestra una reducción del diagnóstico de demencia de 3,5 puntos porcentuales a 7 años. Pero también hay señales con las vacunas de la gripe, neumococo y virus respiratorio sincitial que justifican más investigaciones“, afirma Federico Martinón-Torres, investigador clínico experto en vacunas.El papel de la industria farmacéutica en la promoción de la inmunización es un tema que genera debate entre los propios expertos. Martinón-Torres y Redondo coinciden en que, para evitar un efecto contraproducente, es necesario “separar claramente la base científica que apoya estos mensajes del uso comercial que se hace” de ellos. “La población debe percibir que nacen de la evidencia científica y persiguen un beneficio sanitario real, que no se trata solo de estrategias comerciales. Si se mantiene ese equilibrio, pueden ayudar a normalizar la prevención en adultos”, añaden. Carmen Román, de la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Salud Pública y gestión Sanitaria (SEMPSPGS) incide en la contribución que la industria puede hacer con sus recursos en “la difusión de mensajes para mejorar la salud de la población, pero siempre que estén avalados por la ciencia”. Ángela Domínguez, coordinadora del Grupo de Trabajo de Vacunas de la Sociedad Española de Epidemiologia (SEE) pone por su parte el foco en el personal sanitario: “La efectividad de las recomendaciones sanitarias se logra gracias a la relación entre el profesional y el paciente. Una campaña alineada con la evidencia científica y las autoridades no tiene por qué ser un obstáculo, pero nunca debe pretender sustituir al profesional, a las autoridades ni ir más allá de sus recomendaciones”.Un portavoz de GSK explica que “Inmunofitness fue una iniciativa divulgativa desarrollada entre 2021 y 2025, orientada a fomentar el envejecimiento saludable y proporcionar a la población mayor herramientas prácticas y conocimiento accesible para mejorar su salud". La compañía añade que “su diseño contó con la participación de profesionales sanitarios y se realizó sobre la base de literatura científica contrastada, sin pretender sustituir en ningún caso el consejo del profesional sanitario y conforme a la legislación española y al Código de Buenas Prácticas de [la patronal] Farmaindustria”.Celia Díaz-Catalán coincide en que “la vacunación adulta es un objetivo necesario de la política sanitaria”, pero destaca que “lo que está en cuestión no es la meta, sino el riesgo de alcanzarla mediante un marco comunicativo diseñado con criterios comerciales”. En este sentido, considera necesario que sean “las administraciones las que desarrollen estrategias con voz propia, basadas en evidencia robusta, mediadas por profesionales de atención primaria y libres de la contaminación que produce la proximidad visible con el interés corporativo”. Esta experta incide en que “ampliar el calendario en mayores supone añadir vacunas en un segmento de población que ya gestiona una carga de seguimiento médico”. En este contexto, sigue, “existe un fenómeno bien documentado: la fatiga vacunal y sanitaria derivada de recomendaciones percibidas como excesivas o poco jerarquizadas”. Esto lleva a algunas personas a alejarse “de algunas recomendaciones aunque no exista un rechazo previo”, algo que es “especialmente relevante en clases trabajadoras y sectores con menor capital cultural sanitario, para las que el acceso al sistema sanitario y la gestión del tiempo constituyen barreras estructurales”. “La confianza pública en las vacunas es un bien común frágil y las ganancias de cobertura a corto plazo no justifican el riesgo de erosionarla a largo plazo”, concluye Díaz-Catalán.