Sin haber atravesado las largas estaciones que moldearon a Andrés Manuel López Obrador —los éxodos, los plantones, las campañas, los fraudes, el desafuero—, Andy López Beltrán creyó que el apellido podría abreviarle buena parte del trayecto. Obrador fue un hombre de derrotas. Obrador fue un hombre de trabajo. Obrador fue un peregrino. Solo algún distraído lo tacharía de improvisado. Ignorando aquel maratónico deambular, su segundo hijo —tocayo de nombre y de primer apellido— creyó que la popularidad residiría en el mote. Que la estimación permanecería adherida al patronímico. Que las plazas públicas lo recibirían como una prolongación de aquel. Que la gratitud acumulada se le transferiría. Se equivocó. Si López Obrador fue, durante décadas, una suerte de padre apócrifo para miles de militantes que aprendieron junto a él la disciplina de la derrota y la obstinación, de Andy solo pudo ser padre natural. ¿Heredar el nombre o heredar la experiencia? Incapaz de comprenderlo, López Beltrán confundió el orden natural de las cosas: quiso resumir el tiempo, suprimir casillas, quemar etapas. Fue nombrado secretario de Organización de Morena sin haber conocido derrotas propias ni construido un nombre individual. Andy fue Ícaro y, enfundado en unas alas que no había fabricado, se echó a volar. La historia de Ícaro suele narrarse como una parábola sobre la desobediencia: el hijo insolente que ignora la advertencia del padre y termina cayendo al mar. Pero el mito admite otra lectura: la del crío que, desinteresado por aprender a volar, se deja encantar por la altura y permite que el sol derrita sus alas. Dédalo, su padre, había construido el laberinto de Creta para el Minotauro y, más tarde, las alas con las que padre e hijo intentaron escapar de él. Antes de emprender el vuelo, Dédalo —quiero decir Andrés Manuel— le advirtió a Ícaro —me refiero a Andy— no descender demasiado: la humedad volvería pesadas las plumas; ni ascender en exceso, el sol terminaría por consumir la cera que las sostenía. —¿A qué altura puedo volar, padre? —A la altura justa: ese territorio intermedio que los hombres desprecian por miedo a la mediocridad. Pero Ícaro —lo mismo que Andy— nunca ha tenido demasiado interés por el punto medio. Intuye que a los tibios los expulsa la historia, que nadie premia a quien avanza sin prisa, que el trayecto entero es humillación para quien ha visto el mundo desde arriba y que él no será nada menos que la imagen y la semejanza de quien lo precedió. Andy no es paciente ni obstinado, pero acaso la culpa no sea enteramente suya. La perseverancia y la terquedad no engendran descendencia; las virtudes políticas no viajan a través de la sangre. Así, mientras Andy ascendía en la organización —secretario de Organización del partido, posible candidato a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México—, el sol comenzó a desfigurarle. Cada metro de altura lo descompuso en una versión menos reconocible de sí mismo. Durante su paso por la secretaría de Organización de Morena, acumuló tensiones internas dentro del partido, señalamientos por la fallida operación electoral en Estados como Durango y Veracruz —donde el partido fundado por su padre perdió 20 municipios— y cuestionamientos por su participación en la megacampaña de afiliación partidista. López Beltrán perdió e irá de vuelta: caminará antes de poder reclamar unas nuevas alas. Andrés Manuel López Obrador entendió presto algo que Andy tardó en captar: que la política pertenece al más largo de los tiempos. Es resistencia antes que explosión. Aguante antes que premura. Retroceso antes que progresión. Lenta acumulación de enseñanzas antes que aceleración artificial de los vientos. Obrador no dedicó su vida entera a ganar y ganar, sino que aprendió a ganar perdiendo. Por eso el intento de Andy de convertirse en una réplica de su padre —lo mismo le ocurrió a Marcelo, a Noroña, a Adán Augusto— produce un cierto regusto de extrañeza. Porque no hay otro como él. Porque nadie puede llenar un vacío que permanece ocupado. Ocupado, primero, por el ordenamiento simbólico de AMLO incluso desde el retiro; y ocupado también por Claudia Sheinbaum, presidenta y continuidad moral del movimiento. A Andy el nombre de su padre no le asiste, sino que lo perseguirá. Pueden preguntárselo a Cuauhtémoc Cárdenas. Tras el quemazón —y el episodio japonés de bonanza republicana del que difícilmente Andy logrará rehabilitarse— Ícaro buscará ser diputado de Morena en la húmeda cuna de su padre. Al fin y al cabo que Tabasco es agua.
‘Andy’: quemar etapa
Andrés López Beltrán perdió e irá de vuelta. Caminará antes de poder reclamar unas nuevas alas












