Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó, junto a Israel, la "Operación Furia Épica" contra Irán, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, creyó ver una oportunidad histórica. Y podía haberlo sido. La guerra estalló en medio de las mayores protestas registradas en la República Islámica en años y de una crisis económica que asfixiaba cada vez más a la población, con una inflación cercana al 50%. Para el primer ministro israelí, aquel contexto abría la puerta perfecta para impulsar su gran objetivo estratégico en Teherán: debilitar —o incluso acabar— con el régimen de los ayatolás, al que considera una de las amenazas más directas para la supervivencia de Israel. Desde el inicio de la "Operación Furia Épica", Trump dejó claro que el objetivo militar iba mucho más allá de destruir capacidades militares o nucleares iraníes. El presidente estadounidense habló abiertamente de descabezar al régimen y favorecer una revuelta interna que facilitara un cambio de poder en Teherán. En su primer mensaje tras el inicio de la ofensiva conjunta con Israel, Trump llegó incluso a pedirles directamente a los iraníes que "tomaran el control de su gobierno". Sin embargo, prácticamente desde el inicio de la Operación, se vislumbraba que la misión iba a ser, cuanto menos, muy compleja de llevarse a cabo. Tanto por cómo el régimen iraní está cómodamente asentado en las instituciones de un país de alrededor de 93 millones de habitantes como por la forma en la que se llevó a cabo, ya que no existen ejemplos en la historia moderna de un cambio de régimen efectuado exclusivamente a través de una campaña aérea. Para Netanyahu, esta ofensiva era la culminación de una obsesión personal. Simon Mabon, director del proyecto SEPAD, centrado en el análisis del sectarismo y las dinámicas de poder en Oriente Medio, asegura que el mandatario israelí "lleva más de 30 años intentando impulsar ataques contra Irán y ha presionado a numerosos presidentes estadounidenses para que lo hicieran durante ese tiempo". Con la llegada de la actual administración en Washington, el líder del Likud "finalmente encontró a un presidente dispuesto a dar ese paso junto a él". Venezuela no es Irán y ha quedado más que expuesto que nada de los planes iniciales tanto de Tel Aviv como los compartidos por Washington se ha materializado. Con el estrecho de Ormuz cerrado y con un Gobierno iraní que ha salido más fortalecido (a pesar de la muerte del ayatolá Jomenei), Trump busca ahora acercarse a Teherán. Según una filtración de funcionarios estadounidenses de este pasado domingo, Estados Unidos e Irán están próximos a un "principio de acuerdo" que se firmará –espera Washington– "en los próximos días". Esto también refleja "tensiones más amplias entre Israel y Estados Unidos, con visiones estratégicas diferentes sobre la región y sobre la propia guerra", apunta el analista. "Israel empujando explícitamente hacia un cambio de régimen y el fin de la República Islámica, mientras que Estados Unidos parece tener objetivos algo distintos", asegura. Para la Administración Trump este principio de acuerdo —que únicamente aborda la reapertura del estrecho de Ormuz, dejando de lado la parte nuclear y los misiles iraníes— es la mejor opción dentro de lo que supone una capitulación de Estados Unidos en la guerra que Trump intentará vender como victoria pírrica a meses de la celebración de las midterm. En Israel, sin embargo, esto no podría venderse de otra forma más que como la antesala de un malogro de una agenda que a Netanyahu le obsesiona. Mabon advierte que Netanyahu "estaría muy preocupado si se alcanzara otro acuerdo", y sostiene que Bibi ya fue muy crítico con el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) firmado en el año 2015. El temor actual en Tel Aviv es que "el nuevo acuerdo resultara peor que el propio acuerdo o, en cualquier caso, menos favorable para Estados Unidos y, por extensión, para Israel, de lo que parecía estar sobre la mesa antes de los ataques de febrero", añade. Analistas como Danny Citrinowicz, ex oficial de la inteligencia militar israelí y uno de los especialistas israelíes más conocidos sobre Irán y Oriente Medio, van más allá y sostienen que esta negociación expone "el colapso de una doctrina que el primer ministro Benjamin Netanyahu creó y en la que se basó durante décadas". El principal pecado de Israel y Estados Unidos, según Citrinowicz, ha sido "el exceso de confianza" en creer que acabar con el Gobierno de los ayatolás era una operación que podía ejecutarse sin problemas y con un margen de fracaso casi irrisorio. En su artículo "Así es como la doctrina Netanyahu ha colapsado", publicado en el medio israelí Israel Hayom, sostiene que ya en la Operación se partió de una premisa equivocada: "pensar que el régimen iraní podía sufrir daños profundos sin recurrir a las principales cartas estratégicas que había acumulado durante décadas, incluso ante una amenaza explícita y pública a su propia supervivencia", afirma. Entre esas cartas, destaca especialmente su capacidad para condicionar o desestabilizar el mercado energético global. Durante años, los anteriores dirigentes iraníes habían mostrado cautela a la hora de escalar la tensión en el estrecho de Ormuz, pero "esa contención resultó ser un error de cálculo", afirma. "Cuando el régimen interpretó que se encontraba ante una guerra existencial, activó lo que consideraba su principal herramienta de disuasión estratégica: no su programa nuclear, sino el control del estrecho de Ormuz", sostiene. Este impacto en la economía global, sumado a la falta de resultados militares decisivos, ha alimentado además la percepción de un distanciamiento progresivo entre Trump y Netanyahu. Según The Guardian, la relación entre ambos líderes se habría "deteriorado gravemente", en un contexto en el que Washington habría reducido la consulta con Israel sobre los próximos pasos en la guerra y, especialmente, sobre las negociaciones de paz. "Sabemos que Netanyahu ha utilizado a Irán con fines políticos y geopolíticos durante años, presentándolo como una amenaza existencial, a punto de lograr armas nucleares en cuestión de días, semanas o meses", apunta Mabon. Por lo tanto, un acuerdo que no cumpla con los objetivos maximalistas marcados por Israel "supondría un golpe importante para él", desmantelando su principal baza de cohesión interna. En este sentido, "garantizar que Israel no actúe como un saboteador sería una parte clave de cualquier acuerdo, no solo para Irán sino también para Estados Unidos". El Líbano como llave Este escenario amenaza con provocar un efecto dominó en otros frentes, especialmente en el Líbano, donde Israel ha ordenado intensificar los ataques contra Hezbolá animado por el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, quien habla directamente de volver a una "guerra de alta intensidad". A pesar de que existe un alto el fuego en el Líbano, Israel ha continuado atacando el país alegando que el acuerdo es entre Israel y el Estado libanés y no entre Tel Aviv y Hezbolá. Sin embargo, el experto advierte del jaque mate que supondría a nivel diplomático si Trump presiona a Israel para que no vuelva a la guerra. "Si el acuerdo de Washington con Irán incluyera también un alto el fuego vinculante entre Hezbolá e Israel, Netanyahu tendría un problema mayor, ya que perdería la capacidad de usar ese frente con fines políticos internos", indica. De este modo, el dilema para el primer ministro israelí se vuelve doblemente peligroso. Por un lado, se enfrenta a la posible desaparición de Irán como el enemigo exterior que supone indispensable para generar cohesión contra un enemigo dentro de un país ya de por sí fragmentado. Por otro lado, si pierde la justificación militar en el frente norte de Hezbolá, "probablemente tendría que reorientar su foco hacia Gaza o, cada vez más, hacia Cisjordania", según apunta Mabon. Una predicción que ya estaba ejecutándose tanto el repunte de ataques en Gaza como el aumento de la violencia —cada vez más extremista— en Cisjordania. Para mitigar lo que podría ser un duro golpe, la Casa Blanca ha intentado resucitar la vía diplomática regional. Donald Trump ha vuelto a poner sobre la mesa los Acuerdos de Abraham, deslizando la idea de que, una vez terminada formalmente la guerra con Irán, los países negociadores del pacto (entre los que se encuentra Arabia Saudí) normalizarían de inmediato sus relaciones con Israel. No obstante, esta petición es muy ambiciosa. Leyla Hamad, politóloga especializada en procesos políticos en el Mundo Árabe en el CEARC asegura que, en la práctica, implica que Trump está tratando de empujar al mundo árabe y musulmán a "pasar por alto la guerra en Gaza, la destrucción del sur del Líbano y las decenas —o cientos— de miles de muertos a manos del ejército israelí", un peaje político que las capitales vecinas no pueden asumir. De hecho, Pakistán ya ha rechazado frontalmente la propuesta. "Supeditar la paz con Irán a una condición que a día de hoy es políticamente imposible para el mundo árabe. Es una forma de dinamitar el propio acuerdo desde dentro", advierte Hamad, señalando que esto le otorga a Washington una salida de emergencia para recular en un pacto que apenas le aporta ventajas estratégicas respecto a la situación previa a febrero. Hasta este momento Israel ha conseguido salir más o menos airoso de todas estas crisis. Pero las reglas del juego cambiarán si Estados Unidos así lo decide. Si Netanyahu decide oponerse frontalmente a Washington por un nuevo choque de intereses en Irán para salvar su agenda, el coste podría ser total. Israel correría el riesgo de quedarse completamente aislado, perdiendo el apoyo de la única gran potencia con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Aun así, a Israel todavía le quedan cartas con las que jugar. "La principal herramienta de boicot es el Líbano", señala Hamad. Dado que la estabilización de las fronteras libanesas se ha introducido como una condición indispensable en el marco del armisticio general, Tel Aviv conserva todavía una llave. "Si Israel decide no respetar el alto el fuego y continúa bombardeando el sur del Líbano, el acuerdo global podría quebrarse por completo", concluye.