Después de que Donald Trump afirmara que las negociaciones con Irán avanzaban favorablemente y que su secretario de Estado, Marco Rubio, señalara que un acuerdo con Teherán era cuestión de días, Israel reanudó esta semana su ofensiva contra Líbano, con más furia si cabe.

El primer ministro Benjamín Netanyahu anunció el martes que su ejército estaba “profundizando sus operaciones en Líbano” y los medios locales informaron que las tropas habían extendido su actuación más allá de la zona que ocupan en el sur del país vecino.

Al día siguiente, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) ordenaron la evacuación de todos los habitantes del área al sur del río Zahrani –incluida la ciudad de Tiro, donde antes de la guerra residían más de 200.000 personas– y la declararon una “zona de combate”. Este jueves, el ejército hebreo lanzó múltiples ataques, incluido uno en Beirut, que mataron al menos a 16 personas.

De esta forma, la ofensiva sobre el terreno vuelve a la situación anterior al alto el fuego que Trump impuso en Líbano el 16 de abril, que permitía a Israel un amplio margen de acción (según el texto, puede adoptar “todas las medidas necesarias en legítima defensa”). Desde entonces, el ejército israelí no se retiró del sur de Líbano ni dejó de atacar objetivos en suelo libanés, pero esta semana volvió a la guerra de alta intensidad, lo cual pone fin de facto a la tregua y afecta a las posibilidades de un acuerdo más amplio en Medio Oriente –Irán exigió que cualquier pacto para el fin de las hostilidades se aplique a Líbano–.