Es probable que haya oído hablar de los ritmos circadianos, sepa cómo funciona nuestro reloj interno y sea capaz de distinguir las personas alondra, que rinden mejor por la mañana, de las búho, que prefieren trasnochar. Hace un cuarto de siglo, cuando el economista alemán Michael Wieden comenzó a interesarse por el tema, nadie hablaba del tema. Desde luego, a pocos (o, seguramente, a nadie), se le había ocurrido antes que esas ideas podían servir para organizar una empresa. O una ciudad. O un país. Fue alrededor de 2002 cuando el joven Wieden decidió comenzar a trasladar los aún por entonces básicos conocimientos de cronobiología a la gestión de personal. Si cada trabajador sigue unos ritmos distintos marcados por su biología, ¿por qué todos tienen el mismo horario? ¿Por qué nunca preguntamos, ni analizamos, qué horarios se adaptarían mejor a ellos para mejorar su rendimiento? Los servicios de consultoría de Wieden giran alrededor de su gran lema: no se trata de organizar a la gente alrededor del trabajo, sino de organizar el trabajo alrededor de la gente. Es más o menos fácil hacerlo a nivel individual. Resulta más complicado aplicarlo a una empresa. Pero Wieden decidió ser aún más ambicioso y preguntarse: ¿por qué no organizamos toda una ciudad de manera que se mueva alrededor de los tiempos naturales de la población? El resultado es su idea de cronociudad, donde las empresas, los centros educativos, el transporte y los servicios públicos se reorganicen según los principios de la cronobiología para mejorar la vida de sus habitantes y, de paso, que sean un poco más productivos. “Lo más fácil es aplicarlo a nivel de empresa, porque se encuentra en un punto intermedio entre el individuo y la ciudad”, explica a El Confidencial Wieden por videollamada desde República Dominicana, donde vive. “Una empresa grande está formada por unos pocos cientos de personas, así que es más fácil llegar a cada uno de ellos”. Un sencillo ejemplo: conociendo los ritmos internos de cada trabajador, es posible saber a qué hora van a estar más despiertos para evitar accidentes laborales, cuándo deberían dedicarse a un trabajo más creativo, cuándo debería ser su hora de la comida y cuándo deberían salir porque ya no dan más de sí. En 2012, Bad Kissingen se propuso ser la primera cronociudad de la historia Wieden participará el próximo 17 de junio en Time Agenda 6, organizado por la Time Use Initiative y que se centrará en su concepto de las cronociudades. El objetivo, recoger y compartir las prácticas que han funcionado (y las que no) a nivel de organización de horarios urbanos, como Estrasburgo, que puso en marcha medidas como la semana laboral de cuatro días o la descentralización de los servicios públicos para que todo el mundo pueda acceder a ellos. Pero la cronociudad estuvo a punto de existir. Entre 2012 y 2016, no fue solo una utopía. El experimento de Bad Kissingen En 2012, Wieden conoció a Kay Blankenburg, el alcalde de Bad Kissingen que pertenecía al SPD, durante un encuentro con la Cámara de Comercio de la ciudad. La localidad con nombre de grupo de heavy metal de los ochenta se encuentra en la Baja Sajonia, en ella viven unos 25.000 habitantes y es célebre por albergar uno de los grandes balnearios. Blankenburg pareció interesado, así que decidió contar con el consultor como promotor económico para que pusiese en marcha su proyecto de cronociudad. Una apuesta arriesgada, pero irresistible desde el punto de vista del marketing y practicable dado el tamaño y las características de la ciudad. Arkadenbau con parque del balneario en Bad Kissingen. (CC/Bbb) El nombramiento de Weiden fue aprobado por unanimidad, aunque el economista advirtió: no se trata de un proyecto a corto plazo, sino que va a necesitar tiempo, esfuerzo y, sobre todo, paciencia. La idea estaba clara. Ya que como ciudad balneario no era muy atractiva ni para las empresas ni para los trabajadores, hacía falta jugar una baza distinta. Convertir Bad Kissingen en la primera cronociudad le permitía situarse en el mapa ofreciendo algo que ninguna otra ciudad del mundo tenía. Era su proyecto soñado, porque una de las grandes dificultades que se había encontrado en su trabajo con empresas es que, por ejemplo, no podían cambiar libremente sus horarios ya que dependían de los de los colegios donde estudiaban los hijos de los trabajadores. Al trabajar en toda una ciudad, la coordinación era más fácil. Así que en colaboración con las Universidades de Groningen y Ludwig Maximillian de Múnich, pusieron en marcha un proyecto piloto en el que, poco a poco, la ciudad se adaptaría a los horarios de sus habitantes. Solicitaron a los vecinos que introdujesen en una base de datos online los datos de su cronotipo y se analizaron sus patrones de sueño en relación con trabajo, dieta, ejercicio y estado de ánimo. El proyecto, desarrollado junto al doctor Thomas Kanterman, dio sus primeros pasos en colegios y hospitales. Los primeros trabajos se realizaron analizando el rendimiento de los alumnos en función de sus horarios. También a nivel de empresa, asesorando a las compañías para flexibilizar sus horarios de forma que los empleados pudiesen trabajar durante sus horas más productivas y en los hospitales, organizando los turnos en función de los ritmos de cada trabajador y aliviando la depresión posparto cambiando el tipo de iluminación. El alumbrado público también debía adaptarse para imitar el amanecer y el atardecer de la luz natural del sol. Su apuesta más arriesgada fue abolir el cambio de hora. Ahí empezaron los problemas El lugar donde más impactó el proyecto fue el instituto Jack Steinberger. Se cronotipó a los 600 alumnos y empezaron a introducirse cambios como retrasar la hora de entrada al centro hasta las nueve de la mañana o no programar exámenes antes de las diez de la mañana. Por lo general, los horarios de los colegios favorecen a las alondras y perjudican a los búhos. De esa manera se intentó adaptar los tiempos a los alumnos más activos por la noche. Una medida que, desde entonces, se ha seguido proponiendo en otros lugares, incluida España. La apuesta más arriesgada del tándem Kanterman-Wieden fue abolir el cambio de hora y mantenerse en el horario de invierno durante todo el año. “Hay un consenso científico entre los cronobiólogos de que el verano permanente es particularmente dañino para los humanos”, recuerda el consultor en una recapitulación de su paso por la ciudad publicada en su página web. La propuesta fue recibida con un gran rechazo por el sector de la hostelería, que cuantificó en millones las pérdidas en caso de abolir el horario de verano. Fue un momento crítico que provocó que el proyecto comenzase a descarrilar antes de terminar de implementarse, ya que desde ese momento, la cronociudad estuvo ligada a la idea de la desaparición del horario de verano. Muchos de los puntos propuestos fueron rechazados y Wieden decidió centrarse en un desarrollo de las empresas más convencional, como la creación de centros comerciales. A finales de 2016, el contrato entre el ayuntamiento y Wieden expiró, y este no tuvo ningún interés por renegociarlo. Centro histórico de Bad Kissingen. (Places of Germany) ¿Era una utopía? ¿Es posible aún una cronociudad? “Sí, si quieren, es posible”, responde Wieden sin dudarlo. El principal problema es político. Concretamente, “cuando un partido dice ‘es maravilloso’ y el otro simplemente se ve obligado a mantener la posición opuesta”. Si tuviese que hacer algo diferente en esta ocasión, no tiene duda en que “intentaría involucrar a todos los partidos cuanto antes”: “Al fin y al cabo, es algo que va a tener grandes implicaciones en el largo plazo, así que lo más importante es conseguir un compromiso de todos los partidos. Ese fue mi gran error”. Aunque el experimento no terminó de funcionar, la mayor satisfacción para Wieden se encuentra en el feedback positivo que aún sigue recibiendo de algunos de los que participaron en él, como los estudiantes del instituto que le dijeron que lo que habían descubierto les acompañaría toda su vida. Imagínese que Madrid es una cronociudad Suponga que el alcalde de Madrid, por ejemplo, le pidiese convertir a la capital de España en una cronociudad. ¿Qué le diría? “Le diría que hablásemos sobre ello, y le preguntaría si realmente quiere hacerlo o si quiere intentarlo: si solo quiere intentarlo, que lo haga, pero no conmigo”, responde el consultor. Es consciente que las alcaldías necesitan resultados a corto plazo, así que es demasiado común que la paciencia se acabe pronto. "Si tienes la posibilidad de dormir más tiempo, aprovéchala, no pienses en los demás" Lo primero que haría, prosigue Wieden, es pensar en cómo se podría comenzar a implementar, ya que cada ciudad es muy distinta y los posibles cambios están relacionados de forma directa con la estructura demográfica de la ciudad, su actividad económica y su tamaño. Encontraría lo que denomina “multiplicadores” [multipliers], es decir, figuras que ejerzan como intermediarios entre empresas, instituciones, colegios, hospitales, etc., a la hora de poner en marcha el proyecto. “Alguien que lo presente a empresas o a clubs deportivos que puedan pensar ‘oye, esto es buena idea para mi negocio, vamos a implantarlo”, prosigue. Si consigues empezar a arrastrar a figuras carismáticas, será cada vez más fácil que otros quieran probar suerte y ponerlos a trabajar juntos o difundir el proyecto en su entorno inmediato. Y contar con un buen equipo científico, porque como dice el alemán con sorna, “la gente no confía en los economistas, confían en la ciencia”. Usted también puede ser un gran cronotipo En los últimos años han aparecido tests como el desarrollado por la Universidad de Charité en Berlín, con quien colabora Wieden, que permiten conocer a través del análisis de un pelo las 16 variantes genéticas que influyen en nuestro cronotipo. El resultado es un informe de 25 páginas con recomendaciones sobre a qué hora debería comer, hacer deporte o trabajar el interesado y que le permitan optimizar sus horarios. ¿Cuánto dormirías si no te despertase la alarma? Seguramente, media hora más. (Foto: iStock) Como eso no siempre es posible, Wieden se dedica a asesorar a empresas que quieren introducir los principios de la cronobiología en sus horarios, además de publicar libros como Descubre tu tiempo. Pero ¿qué le diría a alguien que quiere organizar mejor su tiempo en función de su biología? “La idea clave es que la naturaleza no entiende de segundos, minutos y horas, sino de ritmos”, explica. Es decir, vivimos atrapados en un punto intermedio entre nuestros ritmos naturales, condicionados por nuestra herencia genética, y los ritmos artificiales que se nos imponen. Tomar conciencia de lo que necesitamos es un buen primer paso. ¿Algún consejo concreto? “Piensa en tu empresa, ¿vale? Hay muchas que tienen horarios de trabajo flexibles”, responde. “Mucha gente piensa que cuanto antes entre, mejor, porque si llega más tarde y sale más tarde van a pensar que es un vago, bla, bla bla. Mira, si tienes la posibilidad de dormir más tiempo, aprovéchala, no pienses en lo que van a pensar los demás”. Wieden odia los despertadores: hay pocas cosas más dañinas para nuestro descanso Uno de los grandes caballos de batalla para Wieden es que todo el mundo se despierte sin despertador. Él nunca lo utiliza, y recuerda que pocas cosas hay más dañinas para nuestro descanso, ya que nos saca de forma repentina de nuestros ciclos de sueño naturales. “Nuestro gran problema es el sueño, porque es el único proceso de regeneración que tenemos, así que hay que darle el tiempo que necesita”, recuerda. En sus proyectos ha identificado que si se le da a la gente la posibilidad de dormir todo el tiempo que quiera, suele hacerlo media hora más. Imaginemos el futuro. ¿Viviremos en algún momento ya no en cronociudades, sino en cronosociedades cuyos horarios estén diseñados a medida de nuestros ritmos internos? Wieden duda y replantea la pregunta: pensemos en el mejor y peor escenario. En el mejor, viviremos en una sociedad consciente de sí misma que empiece a tener en cuenta su organización biológica y a estar en contacto con su naturaleza interna. Dentro de 20 años, estos procesos, unidos con la IA, pueden hacer que aparezcan las primeras ciudades que sigan unos ritmos naturales. En el peor de los casos, esos ritmos serán artificiales. Ciudades digitalizadas o smart cities que no se preocupen por lo biológico, que se guíen “por “un corazón artificial que nos fuerce a seguir sus propios ritmos”. Utopía o distopía, para Wieden, el futuro está en nuestras manos.