Hace pocos días escuché que se habían filtrado unos audios del presidente conversando de forma íntima con Rosmery Maturano y no pude evitar pensar en una novela de Denis Diderot. En Las joyas indiscretas, el autor imagina al sultán Mangogul en posesión de una sortija mágica capaz de hacer hablar a las "joyas" de las mujeres –vagina, por si se requiere aclarar. Pero lo decisivo es quién tiene la sortija. La tiene el soberano. Es el poder el que escucha y fuerza la indiscreción del cuerpo ajeno. Nuestra época invierte esa escena, o quizás finge invertirla. El anillo ha pasado de manos, está disperso en los dispositivos, las plataformas, las filtraciones, los operadores, los adversarios, los periodistas, los curiosos, y ahora no es el soberano quien obliga a hablar a las joyas del palacio, es el cuerpo del soberano el que queda obligado a hablar ante una multitud. ¿Revancha histórica? Quizás. Pero podemos analizarlo porque aunque pareciera que el pueblo tiene la sortija mágica a diferencia del sultán, no tiene el poder. La filtración funciona muchas veces como sustituto degradado de la política: mientras todos escuchan al presidente en su zona más privada, nadie toca el mecanismo que permite que la vida de millones siga siendo administrada desde arriba.