Hace pocos días escuché que se habían filtrado unos audios del presidente conversando de forma íntima con Rosmery Maturano y no pude evitar pensar en una novela de Denis Diderot. En Las joyas indiscretas, el autor imagina al sultán Mangogul en posesión de una sortija mágica capaz de hacer hablar a las "joyas" de las mujeres –vagina, por si se requiere aclarar. Pero lo decisivo es quién tiene la sortija. La tiene el soberano. Es el poder el que escucha y fuerza la indiscreción del cuerpo ajeno. Nuestra época invierte esa escena, o quizás finge invertirla. El anillo ha pasado de manos, está disperso en los dispositivos, las plataformas, las filtraciones, los operadores, los adversarios, los periodistas, los curiosos, y ahora no es el soberano quien obliga a hablar a las joyas del palacio, es el cuerpo del soberano el que queda obligado a hablar ante una multitud. ¿Revancha histórica? Quizás. Pero podemos analizarlo porque aunque pareciera que el pueblo tiene la sortija mágica a diferencia del sultán, no tiene el poder. La filtración funciona muchas veces como sustituto degradado de la política: mientras todos escuchan al presidente en su zona más privada, nadie toca el mecanismo que permite que la vida de millones siga siendo administrada desde arriba.
Diderot y las joyas indiscretas del poder
El affaire de alcoba entre Javier Milei y Rosmery Maturano recuerda la novela de Denis Diderot en la que el rey, con un anillo mágico, logra que las vaginas de sus amantes cuenten lo que no debería salir de ellas. Juegos de palacio que distraen de los verdaderos problemas y las obligaciones incumplidas. Mientras tanto los argentinos esperan.










