Ayer se filtraron en redes sociales audios íntimos entre Javier Milei y Rosemary Maturana, una ex asesora vinculada al universo libertario. El material es de tono sexual y extremadamente vulgar, algo especialmente sensible tratándose de la figura presidencial. Los audios de Rosemary aparecen como una versión ampliada y descarnada del mismo lenguaje obsceno, agresivo y desbordado que domina los intercambios en redes sociales dentro de la interna libertaria. Lo que allí aparece en tono íntimo y sexual es, en el fondo, la misma lógica de brutalidad verbal, exposición permanente y degradación del lenguaje que el mileísmo convirtió en forma cotidiana de hacer política. La filtración de los audios funciona como síntoma de una forma más amplia de procacidad política que atraviesa hoy al mileísmo. El ecosistema cultural en el que aparecen: un universo donde dirigentes, trolls, streamers y funcionarios oficialistas se insultan, se humillan y se exponen públicamente en redes sociales con una agresividad cada vez más obscena. La degradación del lenguaje ya no es un exceso ocasional sino una forma de comunicación política permanente. Y en ese contexto, los audios de Milei no irrumpen como una anomalía sino como la extensión lógica de una cultura digital basada en la provocación, la brutalidad verbal y la exhibición constante.