En el año 2015, 193 países firmaron su compromiso político con la Agenda 2030. De esa forma daban luz verde a una iniciativa frecuentemente criticada. Pero constructiva, razonada y consensuada. Esa firma llevaba implícito el reconocimiento de que necesitamos algún tipo de horizonte común. Uno que fuera capaz de facilitar una visión de conjunto y ofrecer, a través de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 169 metas, una plataforma de soluciones a necesidades, riesgos y también oportunidades que afrontamos como planeta. Ahora entramos en la recta final del periodo de implementación de la Agenda 2030 en un mundo peor, mucho peor. A menos de cuatro años de la fecha límite, ninguno de los 17 ODS está en vías de alcanzarse. Esto no es una advertencia; es un diagnóstico. Según el Informe de Desarrollo Sostenible de 2024, (SDSN, Sustainable Development Report 2024), del total de las 169 metas ODS: apenas el 18% está en camino, el 17% muestra un progreso moderado, el 48% está estancado o avanza de forma insuficiente, y el 17% está en retroceso. Además, los ODS que ofrecen peores resultados no son los más complejos ni los que requieren inversiones multimillonarias. Algunos de ellos son los más básicos, sobre los que tenemos una larga experiencia y que habían sido objeto de enormes progresos en décadas anteriores. Por ejemplo, erradicar la pobreza, reducir el hambre, fomentar la paz y la justicia, desarrollar instituciones sólidas. En 2022, 23 millones de personas más cayeron en la pobreza extrema y 100 millones más sufrieron hambre en comparación con 2019. En paralelo, el déficit de inversión en los ODS ya asciende a cuatro billones de dólares anuales. El vacío entre lo necesario y lo que no fluye hacia donde más falta hace: cuatro billones de dólares, una brecha inimaginable hace 10 años. La confirmación que necesitaban los que vaticinaban la década perdida del desarrollo. Es indudable que los impactos persistentes de la pandemia de la covid, la escalada de conflictos, los recortes de la ayuda oficial al desarrollo y el aumento de las tensiones geopolíticas han obstaculizado el progreso de la Agenda 2030 durante los últimos años. Esas razones son bien conocidas. Se han presentado múltiples ejemplos y rigurosos análisis en esta sección. Todos ellos siguen condicionando la actualidad de la cooperación internacional. Y, sin embargo, si somos realmente honestos, explican mucho, pero no todo. La Agenda 2030 ya mostraba problemas más que evidentes antes de todos ellos. Lo que ha venido después los ha agravado, no necesariamente creado. Esa diferenciación es importante porque apunta a una asignatura no superada. Se ejecuta demasiado poco, demasiado lento, demasiado fragmentadoEl mundo sigue sobrado de declaraciones de intenciones y de discursos sobre lo que hay que hacer. Las cumbres se celebran, los informes se publican, los compromisos se firman. Llevamos décadas construyendo marcos y acuerdos multilaterales cada vez más ambiciosos, con todo tipo de medidas orientadas al desarrollo sostenible, la paz, la tecnología, la arquitectura financiera, la gobernanza global. Textos que invitan a preguntarnos si realmente hay una correa de transmisión operativa entre todos aquellos discursos tan ampulosos y nuestra capacidad para implementar lo que se acuerda. O si, por el contrario, son un recordatorio más de que el paso hacia la ejecución real sigue siendo el gran eslabón roto. Se ejecuta demasiado poco, demasiado lento, demasiado fragmentado. Los resultados que ofrecen los ODS hasta el momento exigen comprender qué no ha funcionado y por qué. Y, especialmente, qué se podría mejorar y cómo. ¿Estamos realmente dispuestos a dar ese paso?, ¿A plasmarlo gradualmente en un concepto y unas coordenadas realizables, que reconstruyan vínculos e incentiven la participación de todos? Cuanto antes empecemos, mejor. Aquí ya proponemos tres ámbitos que sin duda contribuirían a esa reflexión. El primero es la medición. La ausencia de sistemas de medición de impacto más eficaces perpetúa uno de los grandes ángulos muertos de la cooperación y uno de los principales obstáculos para facilitar la obtención de financiación, ya sea pública o privada. Los proyectos que no pueden demostrar resultados medibles y replicables quedan fuera del radar de quienes tienen los recursos para escalarlos. Ahora, el desarrollo de la IA ofrece un potencial inmenso para medir y sistematizar. Y, de paso, para contribuir a su utilización a través de un enfoque responsable, que proteja la seguridad humana, el interés público y los derechos fundamentales. El segundo es un entendimiento mucho más riguroso de lo que significan las alianzas y la colaboración. Tanto los objetivos como las metas de la Agenda 2030 pedían a gritos formulaciones capaces de vertebrar mejor los intereses de diferentes sectores y actores. Hoy, los gobiernos, el sector privado, las organizaciones de la sociedad civil y la academia siguen operando fundamentalmente en silos. Incluso si los ejemplos de ODS más relevantes son los que han logrado construir alianzas que trascienden fronteras institucionales, como es el bien conocido caso de GAVI, la Alianza para las Vacunas (ODS 3). Desde el año 2000, esta asociación público-privada, ha logrado inmunizar a más de 1.200 millones de niños y prevenir más de 20 millones de muertes, actuando en 78 países. La tercera es lograr que los criterios ambientales, sociales y de gobernanza dejen de ser un mero anexo. Integrar la sostenibilidad como estrategia de negocio, y no como reporte anual, permite escalar recursos. En España, el Instituto de Crédito Oficial (ICO) lleva desde 2015 emitiendo bonos sociales y verdes vinculados a los ODS. Casi 80.000 proyectos financiados, 550.000 empleos generados (Bonos Sociales) y más de 1,2 millones de toneladas de CO2 evitadas (Bonos Verdes). La pregunta ya no es si funciona. Es por qué sigue siendo la excepción. El mundo no necesita más firmantes de declaraciones. Necesita arquitectos de soluciones, personas comprometidas y resultados concretosQuedan poco más de tres años, no para salvar todos los ODS. Esa ventana ya está cerrada. Sino para demostrar que cuando la intención se convierte en ejecución real, las cosas cambian. Que hay actores, empresas, organizaciones y profesionales, capaces de convertir los marcos globales en muchos más proyectos concretos, medibles y financiables. El mundo no necesita más firmantes de declaraciones. Necesita arquitectos de soluciones, personas comprometidas y resultados concretos.
Firmamos todo. Cumplimos poco. ¿Son los Objetivos de Desarrollo Sostenible historia?
La Agenda 2030 afronta su recta final en condiciones cada vez más complejas por la escalada de conflictos, los recortes en la ayuda oficial al desarrollo o el aumento de las tensiones geopolíticas







